El otro día, platicando de futbol con Héctor de Mauleón, caí en la cuenta de que —a diferencia de mi marido, que recuerda hasta las alineaciones de los equipos y los resultados de los partidos— en mi historia mundialista olvido fácilmente quién jugaba con quién. Eso sí, mi disco duro guarda otras memorias: las canciones de los mundiales, las emociones por las que pasé, los asombros que viví, las fotografías que tomé y los lugares que descubrí por primera vez. Y eso es lo que vengo a contarles.
Mi marido dice que la vida es lo que ocurre entre Mundial y Mundial, su existencia gira en torno al balón. Nos conocimos en el 85 cuando yo tenía dieciséis años —así como la canción de La novicia rebelde: “I am 16 going on 17”. Sacando cuentas, llevo cuarenta y un años de evangelización pura y dura. He sido muy afortunada de presenciar en primera fila una pasión que lo desborda y se lo he dicho entre risas y bromas: “te he visto gritar y emocionarte en incontables partidos de futbol a diferencia de cuando nos casamos o cuando nacieron nuestros hijos”.
Los caminos del futbol son insondables. Él me invitó a mi primer Mundial en vivo, al México 86. Nos gustó tanto a mi familia nicaragüense la cuestión futbolera que cambiamos el beisbol por el futbol y vimos varios partidos en el estadio Azteca: el México-Bélgica, donde todos coreábamos “México es más belga” —léase al ritmo de conga y repítalo—, el México-Bulgaria, donde Manuel Negrete metió un golazo de tijera, el Argentina-Inglaterra donde Maradona hizo el gol de “La mano de Dios” y luego el inolvidable “Gol del siglo”. Sigo sin creérmela que viví ese partido en carne y hueso.

Recuerdo como si fuera ayer la final Argentina-Alemania: mi mama, mi hermana y yo llevábamos la bandera nicaragüense, la cual es muy parecida a la argentina —haría falta más de una década para que yo me nacionalizara mexicana. Por supuesto que íbamos con los argentinos, pero recuerdo a varios mexicanos que le iban a Alemania, “porque los argentinos eran unos pesados.”
Cuando terminó el partido me vi cargada en los hombros de un desconocido mientras ondeaba la bandera nica. Sobre el periférico sonábamos los cláxones de los autos, ondeábamos banderas, cantábamos “México 86, México 86, donde se vive la emoción, México 86, México 86, el mundo unido por un balón”, todo era risas, era la fiesta de México. Seguimos la juerga en El Arroyo entre mariachis y cantos.
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Para Italia 90 recuerdo dos hitos fundamentales. El malo, México no participó en ese Mundial por el escándalo de los cachirules, todos anduvimos tristes y enojados, y el bueno, la canción más hermosa de los mundiales, “Un’estate italiana”. Todavía se me eriza la piel al cantar “Notti magiche inseguendo un gol, sotto il cielo di un’estate italiana, e negli occhi tuoi voglia di vincere, un’estate, un’avventura in più”. Escribo esto cantándolo y me dan ganas de llorar.

En 1994, en el Mundial de Estados Unidos, ya tenía dos años de casada. Mi marido y yo vivíamos en Inglaterra. Yo había estudiado una maestría en la London School of Economics y trabajaba en la sucursal inglesa de un banco mexicano. Él hacía su MBA en la London Business School. Llegó el día de su graduación —justo un par de días antes de la final del Mundial— y su mamá llegó a la ceremonia desde México. No le habían dado el título de maestro en negocios cuando ya estaba montado en el avión que lo llevaría a Estados Unidos para ver la final.
Habíamos vivido de becas por nuestras excelentes calificaciones —somos un par de nerds y nuestras familias jamás hubiesen podido pagar ni estudios ni vivienda en el extranjero. Como ya tenía mi flamante trabajo de banquera le invité el viaje y cuidé de mi suegra. A partir de ese momento me haría acreedora al título de santa y esposa ejemplar.
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Para el Mundial de Francia 98 compramos los boletos de avión en cuanto salieron —once meses antes— pero no calculamos que los bebés se cocinan en nueve meses. Mi pequeño Albert fue ochomesino y nació diez días antes de la inauguración. Por supuesto que mi marido se fue con mi compadre José Carlos y yo me quedé cantando “Tú y yo, allez, allez, allez, go, go, go, allez, allez, allez”. Eso sí, gocé desde la calidez de la lactancia la transmisión del concierto de Los Tres Tenores (Pavarotti, Domingo y Carreras), uno de mis momentos favoritos de ese Mundial. Me gustó que la Copa quedara en el país sede, me imagino la fiesta que fue eso.

Regresé a los mundiales en vivo en el Corea del Sur y Japón 2002 y a partir de ahí no he faltado a ninguna final. Soy una privilegiada. Llegar a Japón fue un viaje sideral: como si en vez de haber tomado un avión hubiese viajado en una nave espacial y llegado a otro planeta. La diferencia horaria es de 15 horas adelante: uno no sabe en qué dimensión se halla. La primera barrera fue el idioma ya que muy pocos hablaban inglés o español. Moríamos de hambre y para nuestra primera comida el chef tuvo que dibujar al animal que nos comeríamos.
Pintó un pollo y yo estuve de acuerdo, pero llegó una cosa rarísima con forma de flor, ¡era el estómago del pollo! Después de ese primer encuentro con un menú en japonés y morir del terror, debo confesar que en Japón se come extraordinario, cuidan los ingredientes y hasta el más mínimo detalle. Me volví fan de la cerveza Asahi y de la Kirin Ichiban y, sobre todo, fan de la cultura y de su civilidad. Me causaba tremenda gracia que los japoneses sacaran de la nada sus cámaras fotográficas y nos pidieran fotos.
Vimos varios partidos en bares. En uno de ellos nos atendió un japonés muy joven y sonriente, nos dijo su nombre y sólo entendimos “Tamagochi”. Así lo llamamos y él se carcajeaba. Le pedimos limones y no había, así que nos encargó el bar y se fue al súper por suministros, se comunicaba a señas y seguía sonriendo. La confianza es fundamental en la cultura japonesa. Llegó el día de la final y nos desgañitamos animando al equipazo brasileño —no me pregunte cómo quedaron ni quiénes golearon—, y lo que sí recuerdo con toda emoción es que Brasil ganó su pentacampeonato.

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En 2006 el Mundial se jugó en Alemania. Confieso que tengo dotes de bruja y me siento incómoda si alguna desgracia ocurrió en el lugar que visito. En Berlín me daban ataques de llanto en las esquinas y varias veces sentía un zapatazo oprimiéndome el pecho. Regresé a Berlín después de muchos años para comprobar que los exabruptos de tristeza ya eran muy pocos y que el aire se respira mucho más liviano.
Regresando a 2006, una tarde caminamos por la zona roja de Berlín, se me metió el diablo y me susurró al oído: “Ligia, siempre te ha dado curiosidad de saber cómo son los table dance, estamos súper lejos de México, propón la visita, al fin que nadie nos va a conocer”.
La propuse y entramos, éramos un grupo de tres parejas y un chavo. Los hombres estaban escondidos en una esquina y las mujeres la pasamos alegrísimo, bailando y echándole porras a las bailarinas ¡cubanas! que bailaban como en la película de Coyote Ugly sobre la barra del bar. Para la final casi pierdo a uno de mis mejores amigos, Álex, quien iba con los franceses y yo con Italia, por lo que todavía me echa en cara la “traición”.

Recuerdo la sorpresa que nos provocó la expulsión de Zidane, nosotros estábamos en la tribuna muy arriba y las pantallas no mostraron el tremendo cabezazo que le propinó al defensa italiano. A pesar de que odio las series de penales —porque sé que algún jugador nunca se perdonará haberlo fallado— fue un partido lleno de emociones donde Italia se coronó campeona del mundo.
Pasaron cuatro años y llegamos a Sudáfrica 2010. De ese Mundial evoco lo maravilloso y alegre de su gente, el asombro que me provocaban los idiomas nacionales y dialectos reconocidos, sobre todo el xhosa, esa lengua bantú que incorpora chasquidos o clics. Yo no podía dejar de escucharlos, aunque no entendiera nada. Me la pasé sonriéndole a todo mundo y amaba ser correspondida con esas sonrisas de un blanco sin competencias. La final la jugó España contra Países Bajos y ganaron los españoles. Me llama la atención que tengo memoria de la alineación de varios de los jugadores de España: Iker Casillas, Gerard Piqué, Carles Puyol, Sergio Ramos, Xabi Alonso y mi superídolo Andrés Iniesta.
Para esa final coincidimos con mi editor de narratio, Celso, él vestía una camiseta de Holanda que tenía un león y una tela que se alzaba simulando su rugido. Decía que no iba con España porque su padre, un vasco, “no era español”. Encogí mis hombros y sonreí con la alegría de los vencedores. Después de la final nos quedamos algunos días de visita en el parque nacional Kruger.

Fui muy feliz al ver amaneceres y atardeceres donde el sol parece una inmensa pelota naranja, admiré animales y tomé vino sudafricano. A mis dos hijos varones y a mí nos embelesó la belleza de los baobabs —mi hija Lix no quiso “tomar un avión de mil horas para ver un simple partido de futbol”. Luego corregiría para siempre el camino, aunque se demorara sólo un Mundial.
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Por motivos del trabajo de mi marido estuvimos a punto de perdernos el Mundial de Brasil de 2014. Afortunadamente sí pudimos ir. En el Holanda-Costa Rica le gritábamos a Robben con todo nuestro fervor “¡no era penal!”. Los mexicanos llevaban todo tipo de disfraces y carteles aludiendo al fatídico momento. Yo iba en apoyo de mis hermanos costarricenses y moría porque acabaran con los holandeses, el partido estuvo muy cerrado y Costa Rica perdió en penales. Otro partido que recuerdo como si fuera ayer fue el Brasil-Alemania en el Estadio Mineirão de Belo Horizonte donde Brasil perdió siete goles a uno.
La rabia e impotencia de los aficionados se volcó en abucheos y protestas contra la presidenta Dilma Rousseff, a quien le gritaban “Dilma, vai tomar no cu”. A la mañana siguiente compré los periódicos deportivos del “Mineiraço” y entre los titulares se lee: “¡Qué humillación!”, “Histórica masacre”, “La mayor vergüenza de la historia”… todavía los conservo. Los brasileños estaban de luto.

En Salvador de Bahía me pasó una cosa terrible: estaba atando una cinta en la Basílica do Senhor do Bonfim cuando una mujer totalmente drogada —y sin motivo alguno— me tiró un puñetazo rápido y seco en la frente. Quedé confusa por varios minutos antes de soltar un llanto impotente.
Se me hizo un chipote del tamaño del Pão de Açúcar y me dije que jamás volvería a Brasil. No he vuelto, pero estoy aprendiendo portugués. En la final, en el estadio Maracaná de Río de Janeiro perdió Argentina contra Alemania, mi corazón estaba roto porque quería que Messi levantara la Copa, pero mi tristeza amainó cuando recordé mis paseos en bicicleta por Río cantando a todo pulmón la “Garota de Ipanema”, canción que superó —por mucho— a las oficiales de ese Mundial.
Rusia 2018 fue entrañable porque conocí Moscú y San Petersburgo. Para una exiliada que vivió una guerra civil y un miedo heredado a la censura y a la represión comunista, ir a Rusia era impensable. ¡Los pasaportes de Nicaragua, Cuba y Venezuela no necesitaban visado! Todos los demás sí. Había que llegar a la embajada mostrando los boletos y el Fan ID y esperar unas semanas. Eso sí, a pesar de ser la única de la familia con pasaporte nicaragüense vigente, saqué mi visa en el pasaporte mexicano. Las fronteras y los agentes migratorios me causan pánico escénico.

En Moscú me asombró la belleza de la Plaza Roja, el Kremlin, la Catedral de San Basilio, el parque Gorky y ¡hasta el metro! La economía estaba bullente con tiendas elegantísimas, restaurantes y cafés. En San Petersburgo me enamoré del Museo del Hermitage, de la Iglesia del Salvador y la impresionante avenida Nevsky.
Fuimos a un partido a Sochi —de verdad no me acuerdo quién jugaba— y lo que sí tengo grabado es una pareja de amigos argentinos que en medio de un estacionamiento gigante y después de caminar por horas le decía uno al otro: “che, fíjate si ves un carrito de choripanes”. Yo les contesté que si lo veían me avisaran y soltamos la carcajada. La final se jugó en el estadio Luzhniki de Moscú entre Francia y Croacia.
Estaba la mar de emocionada de ver a Mbappé —quien era un jovencito— y al enorme Luka Modrić. A la salida del estadio caminamos kilómetros y de nuevo moría de hambre y de cansancio. Entendí lo que significaba el confort food, porque unos nuggets de pollo del McDonald’s me supieron a gloria (hubiera preferido, y por mucho, los choripanes).

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El Mundial de Qatar 2022 me provocaba angustia. ¿Debía cubrirme? ¿Podría tomarme mis vinos? ¿Correr sola por las mañanas en mi ropa deportiva? Me conflictuaba lo que se decía acerca del maltrato a los trabajadores migrantes para construir los estadios. Temía. Sin embargo, ha sido uno de los mejores mundiales que he vivido y sin duda, la mejor final. No hubo necesidad de cubrirnos, me pude tomar mis vinos y salí a correr sin problemas. Al ser Qatar un país relativamente pequeño, podíamos ir a dos partidos en un mismo día —uno de mis hijos, José, presenció hasta tres en un mismo día y rompió la marca de su padre de partidos en vivo en un Mundial.
Los estadios son magníficos y el transporte público, excepcional. La canción oficial, “Hayya Hayya” (Better Together) sonaba hasta en el metro. Me aprendí rapidísimo la canción de “Muchachos” —con el hecho de nombrarla no podré quitármela de la cabeza por un par de días— y me convertí en hincha argentina. La final entre Argentina y Francia ha sido la más espectacular que recuerdo, mis hijos, mi marido y yo celebramos cada gol, gritamos y nos abrazamos con toda la fuerza que da la alegría.
Y aquí está de nuevo mi familia futbolera, feliz de llegar al Mundial del 26 con la expectativa de celebrar muchos goles de México. Fuimos a la inauguración y nos dimos el abrazo más entrañable que se puede dar y recibir. Cantamos el Himno Nacional con otros 80 mil corazones y fue una experiencia única. Escribo estas letras desde casa viendo el partido Estados Unidos-Paraguay, con mis hijos y mi marido sobreexcitados. La cancha es un reguero de emociones donde se muestra la condición humana, esa que me gusta escribir en mis novelas.
Mucha gente considera que el futbol es irrelevante y sí, tal vez es lo menos importante, pero tengo la inmensa fortuna de tener una familia unida y apasionada que hace una pausa cada cuatro años y vuela desde donde sea para celebrar la vida. Estoy convencida que en estos tiempos es lo que le falta a esta gran nación: unirse a pesar de las diferencias, porque en lo sustancial —lo hemos probado en las alegrías y en las adversidades— los mexicanos somos únicos y nacemos donde nos da la chingada gana.
Hablemos de vinos, burbujas, Champagne Taittinger, Brut Réserve. pic.twitter.com/spDBDd6EQn
— Ligia Urroz (@Ligiaurroz) June 18, 2026