Dylan

Rimbaud frente a Dylan: “Yo es otro”

Sólo hay algo peor que toparse cara a cara con la muerte y eso es toparse cara a cara con el ‘enfant terrible’

Dylan ya no era Dylan, así iba mutando constantemente de mascaradas para luego negarlas, sólo así se podría sobrevivir a la fama, afirmaba el cantante. Derribando los mitos que se habían creado a través de esos personajes. Ahora había decidido cambiar la guitarra acústica y la armónica por electricidad, hasta su pelo era encrespado y eléctrico, usaba gafas oscuras para que la luz del trip no lo cegara en su viaje de rock star, era como una piedra que rodaba en anfetas.

Decidió no ser más el chico de oro del folk y pasó de lo político a lo personal. Nunca quiso ser un esclavo más del sistema ni estaba dispuesto a entregarles su alma, así que les dejó la respuesta flotando como un acertijo en el frío viento.

—No se puede hacer nada con la política… ¡A la mierda la política! —sentenció.

En su más reciente concierto lo habían abucheado los puristas llamándolo “judas del rock & roll”, porque los abrumó con todo el frenesí eléctrico. Sólo tocó tres canciones y ya no más, regresando para cantar “Its all Over Now Baby Blue”.

El cielo estaba cargado de rosáceas nubes, muy renacentista, y desperdigados libros retozaban por toda la habitación. Dylan miró a través del cristal de su puerta que daba al jardín cubierto de maleza. Un dolor de cabeza ocupaba toda la habitación y su vista parecía untada en Vaporub. Con la mano escayolada casi hasta el codo. La maraña de enredaderas de recuerdos de la intensa temporada anterior se le trepaba por el cuello hasta atestar su mente, podía sentirla recorriendo con sus miles de dedos en todo su cuerpo, menos en la mano izquierda, ni siquiera la sentía como suya.

¿Cómo pasó todo?

Era mediodía un julio del 66, Dylan andaba arrastrándose por el jardín. El whisky se había evaporado con las anfetaminas. Atravesó el solar hacia un arriate de flores campestres por donde andaban sus perros y caballos. El graznido ahogado de una gaviota hendió el aire. La suave lluvia comenzaba a mojar su rostro, así que regresó a casa y se dirigió al estudio, tomó un libro al azar, eran las Iluminaciones de Arthur Rimbaud. A pesar de haberlo leído hacía ya tiempo, se echó en su mullido sillón y se sumergió en la lectura. Bob Dylan leía como si entrara en trance, sólo así le sabía. De pronto, lo asaltó la sensación de que el tipo tenía una ventana abierta a su alma. Le decía:

—Deberías hacerlo así.

Y se sintió iluminado, todos sus sentidos volvieron. Un gran fuego ardía ante sus ojos y el viento lo hacía aullar.

Quería ser un innovador osado como aquellos que solían cantar como si navegaran en barcos ardiendo. Fue ahí cuando decidió pasar una temporada en el infierno con Rimbaud. Decisión un tanto osada, si tomamos en cuenta cómo era el enfant terrible… muy terrible y un profesional de la grosería, como en alguna ocasión le llamó el Gabo.

Como dijimos, Bob Dylan estaba ensimismado en Iluminaciones, se levantó como si saliera de un sueño profundo y narcótico. En la puerta lo esperaba Rimbaud en modo zombi, hundieron los tacones de sus botines en la carretera, rugió la moto y el copiloto en esta ocasión era el poeta maldito. Se encaminaron al infierno, sondeando la carretera como un fósforo sobre la lija de la cajetilla, dejando una estela de fuego tras ellos. La carretera era oscura, boca de lobo, y en una próxima curva brillaba una pequeña luz. Era un bar de donde salía una música extraña y sincopada. Entraron. El zombi pidió absenta, Bob sólo whiskey. Ya iban colocados de anfetas y de pronto le estalló el chocho a Arthur, comenzó a insultar a todos y se burló del libro que estaba escribiendo Zimmerman (Tarantula), que con tanta ilusión le había dado a leer para tener su poética opinión.

—¡Quémalo! —le espetó el francés, rompiéndole el manuscrito en la cara.

Bob Dylan se puso más colorado que el diablo más coludo del infierno. Rimbaud miró a los ojos furiosos de un Dylan que apretaba los puños y farfullaba algo indescifrable como urraca. El poeta zombi le pidió disculpas, abrazándolo y llenándolo de ámpulas en el abrigo, y además olía horrible, como a muerto de dos siglos.

—Lo siento… debería agradecerte por traerme de vuelta al mundo mortal —decía con su boca explotada por las ámpulas, dejando ver sus dientes de desnuda calavera—. ¿Quieres saber cuál es el secreto para la alquimia del verbo? Extiende tu mano sobre la mesa.

Y sacó su navaja reluciente de mil ochocientos, clavó varias veces la navaja en la mano al cantante y huyó por la puerta a carcajadas.

Afuera se escuchó el rugido de su Triumph T100. Bob fue a por él, pero al salir notó su guitarra rota por el diapasón en el piso. El viento húmedo del alba le dio en la cara, ya no sentía la mano, levantó su guitarra y se dirigió carretera arriba en las colinas. La luz de la Luna iluminaba las hojas relucientes cuando llegó a un negro bosque donde aullaban furtivos coyotes y los pájaros gorjeaban en las copas de los espesos arboles a esa hora crepuscular. Sólo tuvo que seguir el intenso olor a opio de la pipa de Rimbaud. Ahí estaba con esa sonrisa siniestra, fumando sobre una tumba musgosa en medio del rumoroso bosque. La botella de absenta vacía a un costado y la navaja manchada de sangre descansando junto.

¿Cómo se acaba con un poeta zombi maldito? ¿Cómo regresarlo al mundo inmortal de su negra poesía? Como se hace con un vampiro, clavándole una estaca en pleno corazón.

Dylan se acercó, y aunque bajo sus botas crujía la yerba, el francés, en su estupor, nada escuchaba.

Le clavó el roto diapasón en el plexo empujando con un duro guitarrazo. Rimbaud sólo aulló: “¡Merde!”

Se desvaneció como esos zombis de las películas, consumiéndose en una espesa nube de humo.

Bob Dylan trepó a su moto, con la mano hecha un despojo, y condujo como un barco ebrio hasta su casa en Woodstock. Todo se empezaba a desdibujar en un turbio claroscuro. En una curva muy cerrada, las iluminaciones lo habían cegado, yéndose de bruces a una temporada en el infierno.

Al día siguiente despertó ya en su cama, no sabía si todo había sido un mal sueño, el dolor de cabeza yacía junto a su cama con los sentidos desarreglados y varias vértebras quebradas, un daño óptico temporal, aparte de la tasajeada que había sufrido en la mano.

Sólo hay algo peor que toparse cara a cara con la muerte y eso es toparse cara a cara con el enfant terrible. Y es que si uno pasa una temporada en el infierno con un anfitrión de ese calibre, aún con la promesa de besar el cielo, es imposible no salir chamuscado.

Esto lo llevó a cancelar los cerca de 60 conciertos que tenía en puerta y pasar recluido y sacado de onda dos años en su casa. Para luego regresar como era su costumbre… siendo otro.

Dylan
Ilustración: Manjarrez
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