En la Bienal de Venecia: yo, jurado (III y último)

El evento se quedó sin jueces días antes de la inauguración, porque las cinco mujeres de obvia tendencia “woke” elegidas para el jurado renunciaron en bloque por la inclusión de Israel y Rusia
miguel barberena dominio extranjero Bienal de Venecia

Me llega por el correo electrónico la boleta para votar por los ganadores del León de Oro, el gran premio de la Bienal de Venecia de arte contemporáneo, que se desarrolla del 4 de mayo al 22 de noviembre. No que sea yo afamado crítico o personalidad de las artes, simplemente ocurre que este año, y por primera vez en los 131 años de historia de la Biennale, el evento se quedó sin jurado por razones políticas y será el público visitante el que vote a los ganadores de la codiciada distinción, que este año se llama León de los Visitantes.

El pabellón de España en la Bienal de Venecia
El pabellón de España en la Bienal de Venecia Foto. Miguel Barberena

Bastará haber comprado el boleto de entrada y asistido a las dos sedes del evento, el Arsenal y los Giardini, para recibir el formato y emitir el voto, aunque nunca antes hayas ido a un museo o seas un analfabeto en esto del “arte contemporáneo”. Dos únicas casillas: se elige al Mejor Pabellón Nacional (para mí, el de España, de catalán Oriol Vilanova), y Mejor Artista Individual (en mi juicio, el afro-estadounidense de Chicago, Nick Cave). Breve explicación de mi voto más adelante. La votación cierra el 22 de noviembre, fecha de la clausura de esta atropellada Bienal, y los resultados se darán a conocer ese mismo día.

La Bienal 26 se quedó sin jueces unos días antes de su inauguración. Las cinco mujeres de obvia tendencia woke, escogidas por la curadora Koyo Kouoh para el jurado, renunciaron en bloque en protesta por la inclusión de Israel y Rusia entre los 99 países con “pabellones nacionales” en esta 61 edición. La dirección no se amainó y decidió entonces que los premios se sometieran al voto popular. Como era de esperarse, unos 80 artistas (de entre los 111 presentes) y 22 países exigieron ser retirados de la boleta de votación y no participar en una mascarada ajena a todo criterio profesional. Y con esto, todo se degradó por completo, por no decir que se convirtió en una zona de desastre, y no sólo por la situación política antes mencionada, sino por la calidad misma de las obras expuestas en toda la exhibición, que en mi modesta opinión, y en la de otros verdaderos especialistas en esta materia, dejó mucho que desear. Algunos llegaron a preguntarse incluso qué sentido tiene seguir montando este evento y de esta manera…

Pabellón de España, detalle en la Bienal de Venecia
Detalle del Pabellón de España en a Bienal de Venecia. Foto: Miguel Barberena

La Bienal 2026 empezó mal desde un año antes, en mayo de 2025, con la muerte repentina de su curadora, Koyo Kouoh, mujer de Camerún, educada en Suiza, primera negra en curar, como debe decirse, una Bienal de Venecia. Tras su muerte, su equipo de trabajo de cinco personas, o “la escuadra de Koyo, como ellas se definen, siguió con el proyecto, en principio lo más apegado a las ideas directivas de la difunta, pero en realidad nunca sabremos si esto que vemos desplegado en la exposición central del Arsenal es lo que la curadora africana hubiese querido exactamente. Bautizó a su Bienal con una expresión musical, In minor keys, o sea, “En clave menor”, una invitación, según escribe la propia Koyo en el catálogo de la muestra, “a bajar el ritmo y sintonizar” con las frecuencias de las tonalidades menores. “Porque, aunque a menudo se pierde en la ansiosa cacofonía del caos actual que azota el mundo, la música continúa. Las canciones de quienes crean belleza a pesar de la tragedia, las melodías de los fugitivos que se recuperan de las ruinas, las armonías de quienes sanan heridas y mundos.” 

Parecía muy noble e interesante el concepto de una exposición sintonizada en las tonalidades menores, alejada del estrépito y la grandilocuencia, pero el caso es que no se recuerda una Bienal menos apacible, tan ruidosa y grandilocuente como esta. Ahí tenemos el lío político en que se metió por la presencia de Israel y Rusia, debate que devino todo un problema internacional, incluida Giorgia Meloni, la Unión Europea, el grupo punk ruso Pussy Riot y el capítulo ucraniano del colectivo Femen de mujeres desnudas, todo esto con fondo de banderas palestinas y esloganes antijudíos. Selló la crisis la renuncia del jurado, aquello del voto popular, y el degradado León de los Visitantes.

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A pesar de todo, siguió adelante y ahora nos piden a los asistentes elegir.

Mi fallo, obviamente personal y subjetivo, es el siguiente:  León de Visitante para el mejor pabellón nacional: España, con la instalación del catalán residente de Bruselas Oriol Vilanova (1980), titulada Los restos, que son nada menos 50 mil postales turísticas de todo tipo, de toda proveniencia, pegadas a las paredes del grandísimo pabellón de España, instaladas según una jerarquía temática y cromática: aquí una carta postal de un ídolo maya junto a uno egipcio y otro chino; allá una cartolina de un rebaño de ovejas bajo el Mont Saint Michel o de unos cisnes en un lago de los Alpes; o de Lincoln, de Lutero, de la Pietá de Miguel Ángel o los iris de Monet; de muñecas austriacas, de un florero, de un mister Universo, del poeta Shelley y así hasta contar 50 mil: lo que ustedes quieran o imaginen, este hombre lo ha coleccionado en forma de postal. 

El efecto es fantástico: una especie de seudomuseo o enciclopedia visual que me ha fascinado, sobre todo porque soy de los de la vieja escuela que aún envía postales a sus amigos cuando anda de viaje y que tiene cajas llenas de las que ha ido recopilando por el mundo. Oriol ha llevado esta adicción al siguiente nivel: a lo largo de veinte años ha adquirido 200 mil, así que aquí muestra sólo una cuarta parte de ellas en los mercadillos de Barcelona y Bruselas. Cierto, esto de las postales es una costumbre en desuso, pero Oriol le da aquí una nueva vigencia. ¡Bravísimo, Oriol Vilanova, aquí tienes mi León de Visitante! De las pocas instalaciones que de verdad me entusiasmaron, junto a la de Serbia y la de Italia.

Nick Cave en en la Bienal de Venecia
Nick Cave en en la Bienal de Venecia Foto: Miguel Barberena

Bienal de Venecia; No confundir con Nick Cave

En cuanto al Mejor Artista Individual, mi León va para el afroestadunidense Nick Cave (1959), no confundir con su homónimo, el excelente músico de rock australiano. En primer lugar, porque es de los muy pocos artistas en esta Bienal de los que ya tenía alguna referencia. Me lo topé por primera vez en 2018 en la ciudad de Nashville en una retrospectiva que le dedicaba el First Art Museum, titulada Feat. Me llamó la atención este artista multidisciplinario, a sus anchas tanto en la escultura, como en las instalaciones de video y performances, todo centrado en la identidad racial, la justicia social, la violencia armada, temas caros a la comunidad negra de Estados Unidos. 

Nick Cave se presenta en la Bienal de Venecia
Nick Cave presentó siete esculturas en bronce que tituló «Two points in time-At once». Foto: Miguel Barberena

Son emblemáticos de su obra los Soundsuits (que se han definido como “trajes sonoros” o “trajes textiles protectores”, y que son esculturas portátiles, carnavalescas, multicoloridas, que funcionan como armadura para ocultar la raza, el género y la clase social. Pero en Venecia, Cave ha propuesto algo diferente: siete esculturas en bronce que tituló Two points in time-At once, que según se explica en el catálogo, representan las siete etapas del duelo y el posterior renacimiento. Difícil de describir este conjunto escultórico, que fusiona el cuerpo humano con la naturaleza. Me gustó mucho la figura humana sentada que culmina en un árbol cuyas ramas habitan flores exuberantes y aves de todo tipo. No veo la conexión con el duelo (¿tal vez el color negro, que se aleja del típico estilo tan colorido del artista?) pero hay un trabajo escultórico impresionante. Sólo por eso Cave recibe mi León del Visitante, algo que podrá incluir en su hoja curricular.

Ya volveré a escribir sobre la Bienal de Venecia 2026 en noviembre, una vez que se den a conocer los resultados finales de esta accidentada edición “en clave menor”.

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