Reconfiguración del éxito y de las iglesias

Un “influencer” que determina cómo actuar para “parecer” inteligente o bello tendrá mayor reconocimiento que un maestro de escuela
Ivette Estrada paraguas

El éxito es una palabra subvaluada. La volvimos sinónimo de dinero o riqueza. Esto resulta absurdo al evaluar personas, arte y hechos. Ejemplifiquemos con las iglesias. Una visión parcializada y superficial las cataloga por el monto de fondos recaudados o el tamaño de su congregación. Pero el éxito no se limita a una cifra, ésta no abarca implicaciones, significado ni dimensiones.

Así, un estudio en Cambridge, Reino Unido, que concluye que un tercio de los edificios de iglesias cuesta más dinero cada año de lo que pueden recaudar y sólo uno de cada cinco es financieramente rentable, no resulta revelador ni concluyente. Da una idea equívoca de la iglesia como elefante blanco.

El informe elaborado en la diócesis de Ely concluye: las iglesias deberán ser útiles para las comunidades y encontrar formas innovadoras de ser financieramente sostenibles si se quiere asegurar su futuro.

Los edificios de iglesias y museos deben buscar el uso comunitario más amplio.
Los edificios de iglesias y museos deben buscar el uso comunitario más amplio.

Sin embargo, las iglesias desempeñaban un papel importante en las comunidades y el cierre de la iglesia local tendría un “impacto devastador”. No sólo es un lugar para proporcionar servicios de ritos de paso, ser un lugar para el culto religioso y ofrecer un espacio tranquilo para la reflexión, el pensamiento y la meditación. También tiene simbolismos y estructuras en la vida de cada persona. La sola sostenibilidad financiera no es éxito.

Y si la riqueza no es sinónimo de éxito, ¿qué si lo es? El servicio y el bien común, el permitir que otro encuentre respuestas, construya sus alas, cree la narrativa de su propia vida y llene sus horas de significados. Eso blinda del paso del tiempo y la obsolescencia.

Si no se considera una perspectiva de servicio o bien común, llenaríamos el mundo de centros comerciales y derribaríamos iglesias, bibliotecas, galerías y centros de arte. El mundo se limitaría a crear especulaciones y casas de bolsa, bancas, instituciones financieras y otros sitios consagrados a la riqueza.

Sin embargo, el sentido de la vida está en el amor y en el trabajo. Cualquier referencia para encauzarnos en esto es exitoso. Toda persona que nos recuerda la propia grandeza de una tarea y lo trascendental que puede ser, es exitosa.

Pero mientras nuestro mundo esté plagado de hechos efímeros e insustanciales, un “influencer” que determina cómo actuar para “parecer” inteligente o bello tendrá mayor reconocimiento que un maestro de escuela que enseña a leer y escribir y así traza la senda para que cada uno establezca las propias pautas estéticas y de comportamiento.

En las paradojas de nuestra era, los edificios de iglesias y museos deben buscar el uso comunitario más amplio y enfocarse en el bien común.

Replicar eventos que generan una gran afluencia, usar las redes sociales para llegar a un público más amplio e integrarse con la comunidad al asociarse con escuelas y coorganizar eventos para niños en edificios y salones de iglesias son algunas ideas para lograrlo, para ser exitoso según una concepción más holística y permanente.

Blindarse de la obsolescencia obliga a instituciones y personas a reinventarse continuamente a través de la vigencia de sus capacidades. La brújula que debe marcar nuestras rutas es cómo servir más y mejor. La respuesta es el significado real del éxito.

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