Dalí

Dalí, Michael Jackson y un ocelote

El Capitán Moore convenció al pintor para que salga de su ostracismo y vaya a Nueva York a dar una clase magistral por medio millón de dólares

Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domènech despertó solo en el lujoso Hotel St. Regis del que era asiduo visitante. El olor a rosas y discretos claveles incensaba los majestuosos pasillos, las paredes con tonos acaramelados que salpicaban los refinados muebles. En una de las mullidas alfombras retozaba su mascota junto a la cama, un ocelote cachorro, al que renovaba cada año, tenía que ser de la misma edad y con las mismas características físicas. Decía que éste era un gato común al que había pintado magistralmente para parecer un ocelote. Su primer ejemplar lo adquirió en Colombia en los años sesenta y lo bautizó Babou. Fue fiel compañero en su primer viaje a la ciudad de los rascacielos.

En cambio, en sus viajes a París sustituía al ocelote por un oso hormiguero, al que también paseaba por las amplias y pululantes avenidas parisienses atado a una cadena de oro. Llevaba 40 lustros haciendo este viaje habitual para refugiarse del invierno catalán en la Gran Manzana. Viaje que hacía religiosamente con su musa y esposa, Gala, quien pocos años antes había dejado este mundo. Dalí se había recluido en su castillo en Púbol. Entonces el Capitán Moore, que era un Avida Dollars (divertido anagrama con el que Breton tundió al pintor, que hasta se lo festejó) igual que él, le convence para que salga de su ostracismo y vaya a Nueva York a dar una clase magistral por medio millón de dólares.

—Pero que no dure más de 15 minutos —condicionó el histrión anciano, de 82 años.

Y ahí estaba otra vez este obsesivo genio en el St. Regis, que muchos años fue su estudio en el invierno. Despertó con el estremecimiento que le dejaba ese recurrente estupor onírico, en el que el pintor escuchaba a lo lejos la ópera Tristán e Isolda de Wagner. Entonces, al ir recorriendo con su mano temblorosa un cuerpo perfectamente pálido y desnudo, la música iba subiendo de intensidad y poseído por un placer inenarrable, se daba cuenta de que ese suave cuerpo era del führer Adolf Hitler. El sueño tenía tintes húmedos. Se sacudió la imagen arrojando las sábanas de seda al piso y se incorporó desnudo. Su cuerpo era más esquelético que de costumbre, con los cueros transparentados y apenas recubriendo como manchado papel maché sus largos huesos.

Se puso su capa dorada de abejas muertas, tomó su bastón y pidió un huevo pasado por agua al mayordomo que tenía en la planta, unos erizos frescos de mar y su infaltable agua Vichy, que, según él, tenía todas las propiedades antioxidantes del acido desoxirribonucleico. Se dirigió al baño colocándose una flor de jazmín en la oreja, luego miró largo rato sus heces y metió su esquelética mano para desmenuzar un trozo grande, a fin de pintar con el dedo índice su firma en el tanque del toilet. Un año después de la muerte del genio, esa pieza fue subastada por un millón de dólares, comprada por la artista conceptual Yoko Ono y colocada en uno de sus lujosos departamentos de Dakota. Otro fantasma más se sumaba a la gran tradición de aparecidos en esa mansión: el de Dalí. A veces se escuchaba que tiraban de la cadena sin que nadie estuviera ahí.

Regresemos al año de nuestro relato, 1987. Ya enfundado en un impecable traje hecho a la medida por su amigo Christian Dior, aunque ahora le quedaba un poco holgado, echó una moneda de dólar dentro de su calzado como religiosamente lo hacía cuando iba a tener un evento importante. Bajó por el elevador. Antaño lo hacía rodando por las escalinatas de mármol hasta el lobby, a veces usando como resbaladilla el pasamanos de brillante bronce, pero esos eran otros tiempos. Gala lo incitaba a hacer esas cosas, como buen surrealista, pero ella ya no estaba. Al salir del elevador no pudo evitar levantar y extender los brazos algo encorvado, con el bastón en alto ante los curiosos huéspedes que esperaban a que saliera el excéntrico pintor.

— ¡Dalí… está… aquí!

Pero eso ya no lo entusiasmaba. La gente seguía vitoreando sus histrionismos y él la hacía de Dalí un rato (o más bien de Hitler, del que se sabía de memoria cada espectacular gesto y ademán y que tan bien interpretaba cuando estaba ante las cámaras), un tanto apocado ya. Así que en lugar de salir por la puerta principal del hotel, donde ya decenas de fans y de curiosos se agolpaban para verlo, esta vez decidió salir por la puerta de servicio del sótano para escapar del asedio.

Fue a caminar por la 5th Avenue y pasó por la nueva torre Trump, donde estaba el Bontwitt Taller, la tienda más glamurosa de la Gran Manzana, donde hacía años el pintor había roto el cristal del escaparate en un arrebato paranoico crítico.

Quería hacer tiempo en lo que llegaba la gente para tomar su clase magistral. El ocelote cachorro lo apuraba jalándolo con la cadena de reluciente oro. Al pasar por Tiffany se topó con El Rey del Pop, quien salía de grabar unos shoots para el comercial de Pepsi y decidió dar un paseo por la Quinta, donde por la tarde-noche practicó un poco del pole dance en una esquina. Dalí llevaba de milagro su block de notas y una descarga lo estremeció desde la punta de sus ralos y largos cabellos hasta la suela de sus costosos mocasines. No pudo evitar hacer unos trazos al ritmo de las caderas del mismísimo Michael Jackson, quien había ido a grabar su entonces más reciente video, “Bad”, que dirigía el neoyorquino Martin Scorsese sobre gran parte del Harlem. Después del insuperable “Thriller” era su regreso más áspero, más roquero del Rey del Pop. La gente en Nueva York, con su agitado ritmo de largos pasos, no se detenía a ver, pensando que tal vez eran algunos imitadores de ambos genios, así que nadie los molestó. En agradecimiento por los trazos, Michael Jackson mandó al artista, a Púbol, una cámara hiperbárica de oxigenación y rejuvenecimiento.

Ya de regreso Dalí hizo su magistral entrada al St. Regis acompañado por el ocelote y una supermodelo que vestía un largo abrigo de despeinadas pieles, sin nada más. Pasaron a grandes zancadas entre los expectantes y ansiosos alumnos y ya al frente, con un magistral pase de torero, el pintor le quitó el abrigo a la guapa modelo, dejándola completamente desnuda.

—¡Pín-ten-la! ­—vociferó.

Pasados unos minutos, exigió:

—¡Ya… pásenme sus trabajos!

Entregaron: muchos apenas con unas cuantas y temblorosas líneas, otros con algunas manchas que acaso sugerían las formas de la hermosa modelo. Y ahí estaba sentado Dalí, frente a un escritorio de nogal y palosanto, con relieves de carey, que perteneció al monarca Felipe IV de España y llevado al St. Regis exclusivamente para que el divino pudiera usarlo 15 minutos.

Dalí sacó un bolígrafo del bolsillo de su impecable saco Dior, pieza en la cual se había orinado dejando, según él, exquisitos dibujos. Con grandilocuentes movimientos les estampó su firma en sus inacabados bocetos y… au revoir, se despidió.

Por esta “clase magistral” de 15 minutos cobró medio millón de dólares. A los 84 años, a pesar de la cámara hiperbárica, Dalí se reunió con su mujer, su musa y el gran amor de su vida, Gala. O si se había portado lo suficientemente mal, quizá se reuniría con su obsesión onírica, el Führer. O tal vez los tres serían dignos huéspedes del infierno y organizarían candentes orgías, azotándose mutuamente con estrafalarios utensilios eróticos hechos con el pálido cuero del Marqués de Sade.

Dalí
Michael Jackson y Salvador Dalí. Ilustración: Manjarrez
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