Cuando no me necesiten por Carlos Sanchez Moran

Cuando no me necesiten

Sólo una persona había salido viva después de las inauditas detonaciones que mataron a otras mil 340, sólo quedaron cenizas de quienes se encontraban ahí manteniendo la huelga

Cuando no me necesiten

Los vecinos se creyeron ignorados cuando Fernando Joaquín pasó de largo sin hacer caso a sus llantos y preguntas sobre algún otro sobreviviente a la catástrofe de la planta ensambladora de procesadores autónomos que marcó el año 2045. Abrió la puerta de su casa y se encerró, desde luego, no escuchó el timbre o los toquidos frenéticos avivados por la desesperación de los deudos.

En verdad, sólo una persona había salido viva después de las inauditas detonaciones que mataron a otras mil trescientas cuarenta, únicamente quedaron cenizas de quienes se encontraban ahí manteniendo la huelga para evitar un despido masivo, lo que significaba el fin del trabajo humano en casi todo el país.

Los habitantes del lugar, familiares y amigos de los fallecidos, pronto pasaron del asombro al horror al recordar que en la planta no se utilizaba ningún tipo de combustible que pudiera estallar, mucho menos con esa potencia ensordecedora.

Entre el dolor y los escombros, la pausa exactamente igual que separó cada uno de los estrépitos fatales llevó a un par de personas a pregonar que una inteligencia, natural o artificial, estuvo encargada de programar la masacre.

Y aunque la hipótesis pasó por la mente de varios, decidieron repudiar a aquellos que la propusieron y tacharlos de paranoicos insensibles a la tragedia. Preferían el olvido mientras rascaban entre la tierra buscando algo de aquellos a los que amaban.

Ese día, apenas después del evento fatal, a unos trescientos metros del último muro pulverizado, envuelto en la tintineante intimidad que sólo pueden experimentar las víctimas de trauma acústico, Fernando Joaquín yacía sobre un pequeño prado nevado por partículas de la ensambladora destruida. Una lágrima, no cualquiera, sino de aquellas que aparecen ante el desengaño, escurrió hasta la hierba. A veces le sabía mal tener la razón, pero nunca se había sentido así. Entendió que la tristeza le duraría más que la vida. A veces le sabía terrible tener la razón.

Mientras reconocía la conmiseración lastrando su alma, pensó si valía la pena levantarse del pasto. ¿Pudo hacer algo más? ¿Debió lanzar una alerta mayor y gritar: Destruirán la planta con todos adentro? ¿Dónde estaban los dueños queriendo salvar su patrimonio? ¿Su omisión lo hacía culpable de todas esas muertes? ¿Sobrevivir sin buscarlo era una maldición? Como la sordera no acallaba sus pensamientos, se incorporó cojeando y se dirigió hacia su pequeña vivienda.

Paso a paso, las ideas intrusivas se arremolinaban reclamando espacio hasta que una se impuso a las andanadas de voces. Recordó aquella mañana bruñida por el sol y la lluvia de septiembre cuando los trabajadores votaron ir a la huelga como una medida desesperada. Esa era la única acción que, pensaron, aplicaría presión a la empresa para obligarla a vender algunos activos y así liquidar a la plantilla conforme a la ley y no sobre una propuesta que tasaba los pagos en salario mínimo. ¿Cuántos empleados iban a quedar después del recorte? Uno.

Mil trescientos cuarenta habrían de ser despedidos, esa fue la información que dio a conocer la vocería de la dirección mediante un correo que se replicó en los distintos sistemas de mensajería para que ninguno de los involucrados se quedara sin saber la noticia.

Un par de semanas antes, la empresa había completado, vía una subsidiaria, la instalación de los nuevos equipos de armado de procesadores, esenciales para el funcionamiento autónomo de casi todas las operaciones industriales que dotaban por completo de productos y servicios a las ciudades.

Así se cerraba la pinza, pensaron al atar cabos entre las nuevas máquinas, aún más grandes y sin espacio para albergar un trabajador, y ser echados a la calle.

Fernando Joaquín sabía algo que los demás no. El memorando sobre el recorte de personal no estaba en sus distintas bandejas de entrada y nunca le llegó. Con el peso de las ausencias venideras encima y convenciéndose de algo parecido a la solidaridad, se unió al movimiento en defensa de sus derechos.

Se pensó varias veces en ese lugar, completamente rodeado de artefactos y robots, sólo para volver a casa a recrear la escena. El vacío no succiona, te hunde hasta rendirte.

Un regusto gregario surgido debajo de sus ideas lo hizo levantarse junto a sus compañeros. Al final, tal vez la empresa no lo descartaría en ese momento, pero iba a suceder en una fecha cercana.

Sin embargo, pronto lo asquearon las discusiones rebasadas sobre si era cierto que ya no era necesaria la mano de obra humana. Estaba convencido, aunque de forma muda, de que lo único que los millonarios querrían de ellos serían sirvientes, y no cualquiera, sino los que pudieran mitigar, no necesidades, sus deseos.

Han estado más de dos décadas, rumiaba para sí mismo, viendo la manera de mandarnos al carajo y estos pinches cobardes siguen con su cantaleta de que ni modo que no haya trabajo para nosotros y que los del dinero nos necesitan para sobrevivir. Lo único que nos va a quedar es el empleo propio, de lo que sea, pero ni siquiera sé si la ciudad vaya a sobrevivir para cuando la vida de los ricos sea autosustentable, si no es que eso ya pasó. Nos vamos a quedar aquí a tragarnos la tierra hasta que no necesiten ataúdes en los entierros.Cuando no me necesiten por Carlos Sanchez Moran

Y esa fue la tónica, recordó, de las conversaciones. Tal fue el hastío, que comenzó a rondarlo la tentación de revelar que él era el elegido para quedarse solo en la planta y ser capataz de los fierros esos que ahora armaban los procesadores sin pedir tregua ni agua ni tiempo para ir al baño. Sin sueldo.

Al menos les taparía la boca a sus compañeros.

Pero luego de considerarlo, mejor salía de las instalaciones a caminar por ahí. Siempre a la misma hora. La empresa no parecía interesada en romper el paro y la policía era un vago recuerdo azul en historias de corrupción abolida por las tecnologías de identificación. En verdad, no importaba demasiado la actividad del hampa cuando toda transferencia de dinero era electrónica y los víveres se distribuían con las redes de drones en funcionamiento desde principios de la década.

La indiferencia sobre el futuro de los empleados, el equipo renovado y el edificio sin vigilancia tendría dos explicaciones, según sus conjeturas. O habría un movimiento relámpago de los directivos para recuperar sus cosas, o se había dado todo por perdido, en cuyo caso no sólo se habría extinguido el trabajo humano para los grandes corporativos, sino la necesidad de que la población en general les sirviera incluso como clientela. Tal vez, temió, los del dinero ya tenían todo lo necesario para seguir adelante solos.

Advertisement

Pero no lo registró su mente, se quedó sin digerirlo durante unos días, sin embargo la oscuridad había despertado en su alma con el gélido irradiar del miedo. ¿Y si de veras no nos necesitan para nada?, se incomodó como pensando en secreto.

Meditó, mientras contaba sus pasos, a la misma hora de siempre, en por qué no iban a despedirlo. Caviló durante las tres semanas de huelga en que día tras día alargaba su paseo hasta un pequeño prado más allá del estacionamiento donde ya nadie dejaba autos.

Y acaeció ese martes de las explosiones, en un octubre de aire pesado con la cúpula celeste garabateada en grises. Ya cerca de la hierba, Fernando Joaquín notó dos extraños sucesos que se hilaron.

El primero, que llegó a su bandeja de entrada un mensaje de la empresa, el cual no pudo abrir porque en ese instante ocurrió el segundo evento, se perdieron las comunicaciones. Nada, no había señal ni redes satelitales disponibles por ningún lado.

Entonces, en una secuencia macabra, ocurrieron las detonaciones en el interior de la ensambladora, cuyas fieras ondas alcanzaron los tímpanos de Fernando Joaquín, quien se dejó caer al suelo esperando no levantarse. Pero después de un rato abrió los ojos. Se encontró con una lágrima rodando hasta la hierba nevada con partículas de la planta combinadas con cenizas de algunos de sus compañeros. Le pesó hasta la tumba tener la razón.

Así que ese día, tendido ahí, sobreviviendo sin quererlo, se levantó cojeando y dio pasos cortos hacia su pequeña casa codo a codo con aquellos recuerdos vívidos de los días de huelga, vislumbró su hogar al final de la calle junto a una masa de sombras de la que emergían aspavientos de brazos y piernas que parecían llamarlo, pero no hizo caso. Entre tanta muerte y olor a metales y concreto, entró percibiendo un rugido seco que lo hizo desplomarse sobre su cama.

Segundos después, reaccionó por las alarmantes vibraciones de su teléfono. La señal regresó por un momento. Luego de leer, su rostro quedó contracturado.

La dirección hace responsable al señor Fernando Joaquín de cualquier vicisitud o accidente que pueda ocurrir en la planta Guayabitos II, de nuestra propiedad, ya que él quedó encargado de su funcionamiento desde antes de iniciado el movimiento laboral que la empresa ha respetado de forma total.

Manos, él sintió miles de manos que lo atenazaron para arrojarlo por la puerta hacia la calle. La furia amartillada en un puño, la vara y el azote. El destemplado eléctrico al lacerarse el nervio. Lo único bueno, pensó, es que no puedo escuchar mis lamentos. La nube cerniéndose sobre sus ojos lo protegió de una áspera postal de un anaranjado atardecer sangrando los cerros.

Ya ni siquiera sentía los golpes, y como era imposible escuchar los reclamos de la turba, tampoco articulaba nada. ¿Habría suficiente Fernando Joaquín para aplacar a los vecinos? Sabía que no. ¿Para qué echarle la culpa si al fin esa ciudad estaba condenada a volverse un fantasma?Cuando no me necesiten por Carlos Sanchez Moran

Como todo sucedió según lo programado por una inteligencia, natural o artificial, nadie o casi nadie pudo darse cuenta de que algunos drones de víveres se habían llevado a los niños pequeños, con no más allá de tres o cuatro años, sin que nadie intentara detenerlos mientras asesinaban a Fernando Joaquín. Los drones jamás volverían, los niños tampoco.

Días después, cuando el hambre apretaba y hasta la carne del linchado parecía apetitosa, llegaron noticias gracias a personas que viajaron en busca de alimento. Todas las fábricas o complejos que quedaban habían sido detonados dejando miles y miles de trabajadores muertos y, sobre todo, la tecnología inutilizable. Ni siquiera podrían construir una nave para huir y el combustible de yerba usado por los vehículos ya escaseaba. De los dueños, nadie sabía dónde estaban.

El último de los pensamientos de Fernando Joaquín le causó una levísima risa. Y yo con tanto miedo a que no me dieran trabajo, a que me desplazaran las máquinas… y ahora resulta que los ricos no me quieren ni para comprarles nada.

Hubo niños secuestrados en todos lados con la misma estrategia del asesinato sumario. Por cierto, los raptados fueron esclavizados en los grandes palacios de gozo visitados por aquel puñado de millonarios que sólo producían lo que requerían para ellos. Por eso tenían pequeños que se dedicaran a saciar los más depravados apetitos de quienes no los necesitaban para ninguna otra cosa.

Fernando Joaquín tenía razón.

Total
0
Shares
Previous Article
Claudia Curiel promete nueva ley de cine en febrero

Secretaria de Cultura promete enviar nueva ley de cine al Congreso "sin falta" en febrero

Next Article
Microcuento Parecidos y Amor(tero) escribe filostre

Microcuentos: 'Parecidos' y 'Amor(tero)'

Related Posts
Total
0
Share