Antes de comenzar quisiera saber si alguien aquí no sabe quién es el Coco, ¿les asusta el Coco? ¿Sí? ¿No? Bueno, pues les diré que el Coco no es un solo Coco sino que hay muchísimos, demasiados, bastantes. Y uno de ellos puede estar debajo de tu cama. No tengas tanto miedo si eso sucede, porque una vez pasó que había un Coco en el piso, y por arriba, sobre el colchón, un niño, un niño que nunca nunca en su vida había sido espantado por ese ser así de temible.
Y es que su encuentro con el Coco no fue viendo unos ojos rojos y amenazantes o garras terribles que de pronto le tocaban los pies. Fue distinto. Javier, así le vamos a llamar al muchachito, solía dormirse con calcetines. Ajá, como lo oyen, pero a la mitad de la noche se los quitaba, medio dormido medio despierto, así que a veces alguno de ellos quedaba debajo de la cama, escondido, casi casi no se veía.
La mamá de Javier ya se lo había advertido: No te duermas con calcetines si te los vas a quitar, luego no los encuentro.
Así que no debía perder uno más. Si no, sería castigado.
Entonces fue que pasó. A medianoche despertó y se dio cuenta, sólo había un calcetín al lado de la cama.
Oh, no, pensó mientras se asomaba para ver si por ahí había quedado, en algún lado del cuarto o sumergiéndose entre las cobijas, con la esperanza de encontrarlo ahí. No quería ser castigado, necesitaba recuperarlo.
Entonces, y como último recurso, se tendió de panza para ver debajo de la cama. Y lo que vio ahí no lo asustó, pero sí lo dejó helado. Había una criatura extraña, con ojos rojos y garras temibles aferrada a su calcetín, temblando y roncando al mismo tiempo. La extraña aparición en una noche fría de enero lo dejó con muchas preguntas.
No rescató su calcetín. Esperó. Esperó un rato hasta que decidió despertar al raro visitante. Mjú mjú, carraspeó primero tímidamente, después un poco más fuerte y al final, casi lastimándose la garganta.
Pero nada sucedió.
Al final, lo dijo así: Disculpe, ¿qué hace debajo de mi cama?
El Coco entreabrió los ojos y luego se quedó petrificado. ¿Habíase visto alguna vez que un niño espantara al Coco? Pues sí, y no era la primera vez que sucedía. Peor aún, este Coco en específico ya tenía tres procesos abiertos en el Gran Consejo de Cocos por ser tan flojo que se dormía en el trabajo, dejarse ver por los papás de una muchachita y… ser espantado por un bebé que gateaba hacia él a toda velocidad. Ahora sí lo iban a correr, no sólo eso, sino que probablemente lo meterían a la Cococárcel, la temida prisión de su país. (Dicen que ahí sirven café con leche sin pan de dulce. Son unos monstruos).

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Y bueno, Javier se quedó muy quietecito esperando a ver qué hacía el visitante, quien ensayó un desesperado buuuu que no sobresaltaría a nadie nunca.
Bien, ahora estaba acabado.
¿Me puedes devolver mi calcetín?, preguntó Javier en tono amable, pero firme.
Con una mezcla de resignación y pesadumbre, la criatura extendió la pequeña prenda, seguida de unas tres o cuatro más que tenía más al fondo, detrás de él.
—Con que tú te robabas mis calcetines —exclamó el chico mientras revisaba que la tela y los resortes estuvieran bien.
—No me los robaba, los guardaba para estas épocas —respondió el Coco.
—¿Cómo que para estas épocas? —reviró Javier.
—Sí, acá abajo hace mucho frío y tu casa no ayuda en nada, es como un congelador… Y además, no es un pecado ser friolento.
—Pues no, no es pecado, eso creo —respondió el niño mientras pensaba en sus clases de catecismo.
Entonces, el Coco comenzó a relatar la historia de su mala pata, la injusticia de sus jefes y la poca suerte con niños a espantar.
—Todo comenzó —relató— cuando era un Coquito, muy chiquito. Casi no conocí a Mamá Coca y Papá Coco daba mucho miedo, él sí que era aterrador y lo mandaron a muchos lados a enseñar cómo asustar de a de veras mientras que yo fui al Internado de Cocolandia a prepararme para ser un gran Coco. No sé muy bien por qué, pero desde entonces comencé a sentir frío y más frío. Ahora piensan que soy flojo y que no quiero trabajar.
—Entonces —preguntó Javier— ¿sólo tienes frío?
—Siempre siento frío, respondió el Coco al borde del llanto.
Javier lo pensó un momento. Se necesitaba un poco de calor y no perder los calcetines.
—Puedes ponerte los calcetines que yo me quito en la noche y entonces te subes a la cama. No me vas a espantar, pero te mantienes calientito y así mi mamá no me va a castigar —resolvió el chico.
Y resultó.
El Coco y Javier se hicieron buenos amigos, no volvió a pasar frío y nunca más se perdieron los calcetines.
*Idea original de El Coco flojo: Carlos Sánchez Morán y Erandi Cerbón
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— Fusilerías (@fusilerias) December 19, 2025