ocito riko

CUENTO: El extraño caso del Ocito riko

Regresa la sangre fría del detective Roberto Portugal para cumplir la venganza de Ali, quien juró destruir al hombre que se dejó encantar por una escuincla

El día que Ali encontró los mensajes de una tal Vi, decidió que de ahí extraería el veneno para destrozar a Santiago, por eso maceró las palabras juguetonas con que esos dos concertaban citas y las filtró hasta obtener el concentrado perfecto, lo usaría en el momento apropiado. Exportó los textos y guardó con ellos su furia sanguínea, sólo contenida, no saciada. Vendría el aluvión y arramblaría a ese infeliz.

¿Quién se había creído para andarse revolcando con una imbécil que además tenía el descaro de llamarlo “Ocito riko”? Era cualquier escuincla, seguramente sólo sabía abrir las piernas. ¿Pero de veras, quién se creía Santiago para arrastrar la fidelidad de siete años y además cometer el descuido de dejar a la vista su teléfono abierto mientras se bañaba? ¿La creía estúpida?

Ali fraguó su venganza sin miramientos: lo destruiría, le sacaría el corazón, todos habrían de conocer la clase de tipo que era ese que una vez la quiso enamorar con poesía, flores, música… Un hombre como los que ya no hay, ¿no? Un príncipe, capaz de esperarla con paciencia monástica, sí, el cenobita en oración incapaz de robarle un beso, el que la sí la quiso. Cuando se decidió a estar con él, Ali no conoció a otro hombre pese a las numerosas propuestas, amontonadas tentaciones y socarrones coqueteos de los que fue objeto. Al final, ella y su rostro de luna otoñal atraían miradas desde cielos y rincones. Nada le hubiera costado mantener una vida liviana pese a aceptar a Santiago, el maldito Santiago. Se preguntó qué tan tonta podía llegar a ser. Las recriminaciones le horadaron el corazón y la mente, no podía sino rumiar la traición desgastándose el esmalte dental. Sí se sentía estúpida.

Al final, decantarse por Santiago la arrojó a las fauces de sus peores miedos, esos que no saben hablar. Logró volcar el pánico en desvelo y esa noche se impregnó de odio. El hombre que nunca la echaría de su vida la había cambiado por una desaborida veinteañera llamada Vi, ni siquiera tenía un nombre completo para maldecir. Él fue el elegido para decidirse a dejar su largo recorrido por los placeres de sábanas ajenas, él fue el elegido y deshizo su compromiso, lo rompió en nevisca sucia. Ella, quien se prometió seguir un derrotero de deleites pasajeros, apostó por él y perdió.

Cuando todo terminara podría conmiserarse, cuando asestara el golpe, pero hasta entonces su máscara de normalidad prodigaría sonrisas desde los buenos días hasta el momento de darle la espalda en la cama, en la noche, sin tocarse.

Requería a alguien despiadado para su cruel cometido, detenidamente pasó el lápiz sobre los nombres de su pasado, aquellos amores marcescibles enmarcados en hoteles, encuentros furtivos donde si alguno no llegaba, siempre había un plan B para pasar el rato. Sólo conocía a alguien capaz de investigar a cabalidad el asunto, llegar hasta el fondo y darle las armas para destruir a Santiago, pero el precio era elevado, y no sólo se trataba de dinero. Durante horas caviló. La única opción era dejarse encontrar por Roberto Portugal.

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Crédito: Xinhua

***

Tomó un auto por aplicación, cuando llegaron al sitio el chofer preguntó si estaba segura de bajarse ahí a medianoche, ella le dio las gracias y se apeó. Lució su intacta silueta estatuaria para adentrarse en un edificio semiabandonado en los linderos de La Lagunilla. Nunca antes le habían cobrado el acceso a un sarao clandestino, pero había estado alejada de la escena, seguro ya nadie podría reconocerla, por eso se sorprendió cuando un muchacho de tal vez dieciocho años, atlético esteroideo, adornado con distintos tatuajes tribales, la detuvo. ¿Ali?

Si alguien le hubiera adelantado que el pequeño halcón Chucho se vería así en sólo siete años… Lo pensó y se sonrió. Luego del saludo él preguntó si le habían cobrado. Si ella era de la casa, faltaba más, ya mismo regresaban el dinero. Ali se negó a aceptar la cortesía, lo besó en la mejilla, como cuando él se subía a las escaleras para alcanzarla.

Franqueó la puerta deshaciéndose de la chamarra blanca, varios ojos pulieron el mármol de su piel. Lo dicho, atraía las miradas como una delgada flama nacida entre la penumbra, con tal fulgor que apabulló las luces del lugar sólo al balancear la cabeza siguiendo vibrantes tonadas. Alzó los brazos, siguió la música y su goce y gracia dibujaron el éxtasis celestial que encendió el deseo en la galería. Muchos, incluso aquellos aplaudidos pinchadiscos locales, conocieron ahí mismo el embeleso. Se regocijaba al bailar y que la vieran, y no haber perdido encanto, pues, además, eso necesitaba para hacerse notar. Si Portugal estaba ahí, en algún momento aparecería. Hablarían. Santiago estaba perdido.

Alguien la cubrió con su chamarra, deteniendo por un instante el flujo de aire viciado por hierba y humores malintencionados. Era Chucho, le dio indicaciones para seguir por las escaleras, pero la previno: no iba a encontrar al mismo hombre que dejó años atrás. O él la había dejado a ella. En todo caso no importaba, apenas reconocería al ex asesor de seguridad moreno ojiverde, capaz de matar y de plantarla, a sangre fría, en una esquina bajo la lluvia. Chucho endureció la expresión, sólo, alertó, ten cuidado, ahora se pone loco más rápido.

La tufarada no dejó mentir al muchacho. Tirado en un colchón roído, arrellanado con semblante exámine pero la mirada fija, se encontraba Roberto Portugal luego de quince días exactos en el mismo sitio entreteniéndose con jeringas, cucharillas, encendedores y ligas.

Alicia Jenifer (con una ene) Altamirano Velásquez, hija del tendero Jaime Norberto y la secretaria Alicia, con estudios truncos de ciencias sociales, un lunar al filo del costillar izquierdo, cosquillas en el derecho y un terrible gusto para los hombres, según recuerdo. Vienes desencajada, te esmeraste en la ropa, pensaste mucho en venir y quieres esconderlo de mí con ese perfume dulce y horrible. Seguramente el gordo caballeroso te está… sí, eso es. No me interesa tu caso, hay mejores cosas por hacer que perseguir a un adinerado infiel, hasta acá apesta a la culpa de tu marido. Sí, claro que se casaron, ¿pensaste que no lo averiguaría, Ali? Bueno, Jen, tu esposo te dice Jen. Cuéntale por qué estás con él, con eso bastará para hacerlo trizas y arreglarte sobre el dinero y las cosas. Debiste quedarte con Odiseo, es más, si quieres te digo en qué congal pondrá su consola hoy, aunque la música no le deja, sino lo que vende. Toma mi consejo, es gratis para gente tonta. Ahora, largo.

Ella le pateó el tobillo. Levántate, egoísta hijo de puta, me lo debes. Portugal arqueó una ceja, sus ojos recorrieron el horizonte previo al desmayo y quedó bocabajo. Ali ya estaba ahí, se vistió para ello, bailó, no se iría así nada más.

Bella y menuda como el filo del alba, convenció a Chucho y a otros dos que halló en la pista de sacar a Portugal del cuarto. Ayúdenme, no sean así, les pidió con tono de orden. Creyó que el efecto del último arponazo le daría tiempo suficiente. Se va a poner grave, Ali, y me va a correr cuando despierte. Las quejas del muchacho resbalaron y éste no sabía bien a bien por qué debía hacerle caso. Su parte era obedecer y así lo hizo.

***

No era la primera vez que Portugal acababa en un hotel secuestrado por una mujer. Pensó en esa triste costumbre mientras esperaba a que su captora reapareciera. Desde luego, deshizo sin esfuerzo las ataduras que, alguien creyó, lo detendrían. Se dio un duchazo. Oriundo de Tacubaya, hecho con reciedumbres de la calle y más tarde de entrenamientos diseñados por mercenarios, se sentó en la cama con una toalla a la cintura. Entró Ali, él no se movió. Ella le aventó chocolates y Portugal apuró las barras. ¿No traes leche? Hubiera sido amable de tu… Bien, no estás para bromas. ¿Deberte? No te debo nada más que el taxi en el que llegaste a nuestra cita, pero si así te me voy a quitar de encima, trabajaré en tu caso. No escondas nada, eres buena mentirosa pero sabes que me daría cuenta.

Ella le envió los textos robados del celular. ¿Es todo? Ali asintió. Bien.

El detective leyó. Ándale, Chucho, pásate, me pones de malas nomás ahí parado tras la puerta, no te voy a hacer nada. Siguió con los ojos clavados en la pantalla. No sé cómo el Ocito riko se quedó contigo si le encantan las analfabetas cursis que aman El Principito, seguramente esta piensa que contiene ilustraciones de perritos besándose. Ali tiró un puntapie hacia los testículos, Portugal bloqueó el golpe con la mano, sin dejar el teléfono. Chucho le extendió un bote de leche fría. Vete a tu casa, antes de entrar échate un buche de alcohol y besa a tu gordinflón, que te huela. Yo te busco.

Ali siguió las instrucciones, Roberto, bueno, Portugal, era el ejemplo vivo de cada defecto descrito en las escrituras sagradas de toda cultura, pero sus planes siempre resultaban, si lo sabría ella. Al día siguiente respiró profundo antes de abrir los ojos. Santiago dispuso café directo de la prensa francesa, agua mineral, un bisquet y dos aspirinas. No la despertó, sólo dejó la bandeja. A esa hora ya estaba en su empresa despachando los asuntos cotidianos. Descarado. A las diez en punto, junto con el segundero emparejado, sonó el timbre y Ali revisó la pantalla empotrada al lado del interfono. Al principio pensó que era un niño pidiendo limosna, luego vio el ramo de rosas enarbolado por la pequeña figura apuntando hacia la cámara de seguridad. Abrió. Ante ella apareció una muchachita esmirriada de cabello rubio corto y gruesos lentes tipo mosco que le extendió las flores. Portugal quiere verte a las siete de la noche en el restaurante Amaris de Polanco, dijo que sabías llegar. Alí tuvo que tolerar varias cosas más, primero la inspección visual de la que fue objeto y luego el mensaje final: las rosas son gratis para las cornudas, ni me veas con esa indignación, me ordenó espetar esas palabras. Ponlas en agua, no tires el papel. No sé bien qué tanto te vio, pero son sus gustos de adicto.

Ali dio un portazo en las napias de la mujercilla. ¿Que qué le vio? Carajo, ni ella lo sabía, ya no, pero lo que fuera se desvaneció entre el juego contrastante de miosis y midriasis en el que Portugal quedaba atrapado: una marisma anegaba sus ojos y ahí adentro únicamente habitaba una bestia. A ella nunca le dio miedo, pero sí le provocaba una oquedad en el pecho excavada a golpes de tristeza. Tal como lo imaginó, en la cara interior del papel encerado, pintado a tinta fabricada con extracto de cebolla, se encontraban las instrucciones. Pasó su encendedor a una distancia prudente y se reveló el secreto. Esa técnica la utilizaron varias veces para dejarse recados en cuarteaduras, en las grietas, en los picaderos de la ciudad con el fin de ponerse de acuerdo en los trabajos a ejecutar: ella sólo debía darle alas a un tipo o tipa, de esas charlas Portugal extraía la información necesaria, y luego, como él mismo decía, irse a la cama con ellos era decisión propia, un asunto y negocio suyo. Esa técnica de la tinta invisible, también, lo había olvidado, servía para enviarse un beso cuando no se iban a ver. En esa ocasión el mensaje se trataba de cómo debía vestirse y comportarse en el momento de encarar a los investigados. ¿Tan rápido? ¿Los halló tan rápido? Bueno, al final, era él, detective non, un hábil matón aunque no lo reconociera, hijo del hambre, del asfalto, del barrio con panchitos enloquecidos en desbandada. Siguió las instrucciones, se puso un vestido de escote sin tirantes y malla empalmada en gris y negro con aplicaciones doradas, su delicada figura haría lo demás. Tomó un auto hacia el restaurante. Durante el viaje rumió los recuerdos de la tarde en que Roberto la plantó y sintió un gran alivio de no haberle dicho el asunto que iba a tratar con él. Al final, eran socios y hasta ahí, y un día él iba a morir por sobredosis o asesinado. ¿Odiseo? Odiseo servía para reventar, conseguir la fiesta. Santiago tenía el dinero, ella lo sondeó a petición de Portugal y sabía cuánto le gustaba ella a ese gordo comedido que cursimente le abría la puerta del auto. Era un buen plan de retiro ya que no habría más trabajos de espionaje industrial.

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Crédito: Xinhua

***

Ali llegó al Amaris al dos para las siete, descendió del vehículo con gracia despreocupada y centelleante. A nadie le daría el gusto de verla descoyuntada, nunca, para eso tenía un cementerio abisal de emociones, ahí donde nada crece. Tomó la escalinata y ascendió llevada por un viento negro. Su plan era exhibir a Santiago en todos sus círculos, pero si la ofensa lo ameritaba pediría su cabeza, estaba decidido. Un valet la condujo hacia el privado principal, un sitio reservado para saciar los más profundos apetitos de los clientes que podían permitírselo. Le enseñó la entrada y ella avanzó, paso a paso aparecieron ante ella una mesa y dos siluetas que charlaban con desparpajo, su mente se revolucionó. Desgraciados, que Roberto los mate, no sé por qué vine aquí, debí traer un cuchillo. A corta distancia, entre los claroscuros del pequeño salón distinguió a Portugal y a la muchachita pelicorta, él bebía leche y ella un whisky brilloso generosamente servido. Ali abrió mucho la boca, como si la hubieran espantado, pero apenas pudo contener la cólera que le causaba esta burla. Gracias por llegar a tiempo, Ali. Te presento a Vi, aunque su nombre es Reina (con i latina), es una escritora que me ayuda y definitivamente sigue muy ofendida por haberla hecho redactar mensajes como si fuera una, ¿cómo?, ah, sí: analfabeta cursi que ama El Principito porque piensa que contiene ilustraciones de perritos besándose.

La indignación de Ali renació en ira, pero el detective cortó el momento. Si acaso te debo algo es una explicación de por qué estoy haciendo esto, y es por el dinero que me pagó tu esposo, quien tuvo a mal asociarse con el cliente por el que lo investigamos hace siete años. Ajustaré cuentas con esa persona. Pero, te decía, así fue como Santiago accedió al expediente y se enteró de que esa tarde te mojaste esperando a un disc jockey narcomenudista llamado Odiseo, ibas a pasar la noche con él pero no llegó al encuentro y decidiste usar el plan B. Casi me siento mal por él. Hace unos días me contactó tu gordo y tuvimos una cita, me ofreció una cantidad suficiente para no tener que salir nunca del cuarto donde me visitaste la última vez sólo por deshacerme de tu amiguito Odiseo. Y aquí estamos, Ali. Hacerte caer fue más fácil de lo esperado…

Una encarnizada bofetada cortó el aire y la explicación. Eres un infeliz, hijo de puta, me alegro de que ese día prefirieras clavarte una aguja a ir a verme pero ojalá te hubieras muerto en tu mierda y vomitado, ojalá no hubiera llamado a Chucho para que fuera a verte. Ali apoyó las manos sobre la mesa y sus dientes destellaron. Está muy bien que te sinceres, ahora podemos ser honestos por completo, Alicia. A las siete y cuarto entrará por esa puerta el gordo que te mantiene, quien nunca fue infiel y ha soportado las acusaciones de su socio hacia ti, su fin era reventarlo y quedarse con el negocio, así que sugiero que te calmes y aceptes lo que él viene a decirte. Reina, aquí terminamos.

Ambos marcharon, se cruzaron en la puerta con Santiago, que cedió el paso ante el caminar implacable de Portugal. Entonces la vio, bella y delgada como el filo del alba y tuvo que decírselo entre gimoteos. Yo sé que no fui tu primera opción, seguramente ni siquiera la segunda y no quiero hacer cuentas porque si acierto o equivoco los cálculos todo saldrá mal. Jen, Ali, como sea, ese día que me llamaste hace años, me emocioné tanto que dejé botado un negocio importante en la oficina, se lo encargué a los becarios, lo hicieron pedazos y no me importó. Comprendí que yo ni siquiera te gustaba y sospechaba que me espiabas, pero después, al despertar a tu lado, y verte ahí dormida, fui feliz. No importó nada. Hace poco leí el informe que hizo Portugal para mi socio, supe que antes de llamarme ibas a pasar la noche con un tal Odiseo… y no sé, no sé, enloquecí, únicamente podía pensar en que Odiseo regresaría y te ibas a ir con él. Le pedí a Portugal que se encargara, que desapareciera al maldito narco. Pero no quiso, me dio instrucciones, hice lo que me dijo y ahora estoy aquí esperando que no me dejes.

A Ali le regresó el alma al cuerpo, no había fallado en su apuesta. Tomó por las mejillas a Santiago, le aseguró que todo estaba perdonado y secó las lágrimas del hombre con sus labios. Dio por pagada una deuda, se abstuvo de preguntar cuánto habían costado los servicios del detective.

En tanto, por las calles de Polanco, Portugal y Reina buscaban un lugar para cenar. Habían cobrado bien, debían celebrar.

—¿Sabías lo que te iba a decir ese día que la plantaste?

—Claro, lo noté antes de que me pidiera hablar, se le veían opacos los ojos.

—¿Por eso no fuiste, por eso…?

—No fui porque sospechaba que la criatura era de Odiseo, la sobredosis fue un accidente.

—Sí, se te metió una aguja por casualidad en la vena… El Gato también se cae seguido sobre botellas de güiscol.

—No seas tonta.

—Tonta, tu abuela… ¿Ya acabamos o vamos a seguir componiendo tus relajos? Te expusiste mucho al estar tanto tiempo cerca de las jeringas nada más para complacerla, ahora estás limpio.

—No fue para tanto, vamos a seguir componiendo mis relajos mientras no haya otro caso.

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