Monica Ramírez Cano

La fascinación por la violencia en la pantalla

Existe una fascinación inexplicable por series, películas o programas que cuentan crímenes, la vida de criminales y los modos en los que llevaron a cabo tanta atrocidad

Es común que cuando estoy dando una conferencia surjan diversas preguntas de suma importancia, pero quizá la más recurrente es por qué existe una fascinación por el contenido violento en la pantalla, ese que parece haber cobrado fuerza en los últimos años.

La respuesta, aunque no es sencilla, es clara y la conocemos. Además de que es un hecho lamentable que la violencia se ha recrudecido en el país y se ha vuelto más visible en los últimos años, esto ha dado lugar a la producción de programas, series, películas en las que el ejercicio de la violencia es el principal protagonista.

Lo anterior está relacionado con diversos factores, como son los avances tecnológicos, que han permitido que a través de las redes sociales un hecho se distribuya prácticamente al momento en el que ha ocurrido y en una extensión territorial que cruza los límites continentales.

Por otra parte, la narcocultura, que cobró auge a principios de la década de los dosmil, proporciona gran variedad de temas para crear contenido multimedia, generando en el espectador una falsa sensación de que lo que está viendo es lo que tiene que reproducir en su vida, porque “está de moda” y es lo que la sociedad espera de él, fomentando y propiciando así ideas incorrectas sobre el desarrollo humano, logro de metas, convivencia familiar, social y coexistencia con otras especies.narcoseries

Entre otras cosas, el ser humano posee una serie de neuronas llamadas espejo: “cuando realizamos una acción o sentimos una emoción son las que se activan en nuestro cerebro”. De la misma manera, “se activan cuando vemos a alguien actuando de cierta manera o sintiendo una emoción” (Garrido, 2020), y en la mayoría de los casos pareciera que lo que vemos lo estamos experimentando nosotros mismos y es mediante esa posibilidad que decidimos, actuamos y resolvemos hipotéticamente lo que está viviendo el protagonista.

Por tanto, estas neuronas espejo juegan un papel de suma importancia en el desarrollo y experimentación de la empatía, emoción necesaria y fundamental para nuestra socialización y trato con el resto de los seres humanos, básica para nuestro trato hacia los animales y seres sintientes y para la estructura de vínculos y lazos afectivos saludables.

La empatía debe enseñarse, fomentarse y desarrollarse mediante la vereda del comportamiento y sentimientos prosociales, para los cuales nacemos con las bases neuronales sobre las cuales éste germinará. Y es precisamente éste el que en conjunción con otros factores relevantes, actúa como inhibidor de conductas violentas y disruptivas hacia la sociedad.

Al respecto, las neurociencias han hecho lo suyo en las últimas décadas, dándonos luz a los profesionales de la salud mental respecto a muchos dilemas, gracias a lo cual hemos podido reforzar nuestras teorías y desarrollar otras, así como definir nuevas líneas de investigación para atender de manera integral, acertada y eficaz, la salud mental de nuestros congéneres.

Muchas de las personas privadas de la libertad a quienes he entrevistado y quienes me han llevado de la mano por el transcurso de su vida aseguran que pueden sentir “culpa”, pero no “remordimiento” por sus delitos; por tanto, difícilmente se arrepienten de lo que han hecho, y si observamos con atención, desde luego que no mediante el ejercicio de acciones tan extremas como las que han cometido mis entrevistados, nos sucede a cualquiera.narcoseries

Aquí un ejemplo sencillo, aunque debo resaltar que ningún acto de violencia es justificable: llego a casa y veo que están violentando sexualmente a mi madre, tomo cualquier objeto que me sirva como arma para alejar al perpetrador y que deje de agredirla, éste evalúa la situación y huye. Honestamente dudo que me arrepienta de lo que he hecho, con seguridad me sentiré culpable, pero no tendré remordimientos por haber salvado a mi madre.

El problema con mis entrevistados es que los actos que ellos llevan a cabo no conducen a un sentido de supervivencia propia, son actos de violencia extrema con la intención de herir, provocar sufrimiento o matar a alguien, pero el proceso experimentado es el mismo que he ejemplificado. Las y los criminales tienen su propio código interno al que son fieles.

Ted Bundy confesó a los investigadores que la primera vez que actuó con sus impulsos homicidas estaba horrorizado por haberse expuesto de manera tan evidente a que le atraparan. ¿De la víctima? Nada importó. Era un mero objeto de deseo para él. Cuando ellos violentan sus propios códigos, sienten un profundo desasosiego y es en ese momento en el que tienden a cometer los errores por los que acaban detenidos, casi siempre no por su carrera delictiva, sino por otros delitos.

Así “el atractivo de la ficción radica en que es buena para nuestra supervivencia”, ver contenido violento y la fascinación que genera “permite a nuestro cerebro practicar las reacciones a los desafíos que han sido y siempre serán cruciales para el éxito y la supervivencia de nuestra especie. La ficción nos ayuda a sobrevivir, porque nos recuerda dónde están las amenazas y cómo deberíamos proceder para ser más eficaces a la hora de repelerlas” (Garrido, 2020). Por tanto, ver contenido violento nos ayuda a “resolver” situaciones en extremo estresantes y angustiantes en las que nos situamos hipotéticamente, y eso nos hace sentir bien.fascinación

Por otra parte, el ser humano cuenta además del instinto de vida en el que Sigmund Freud compila todas las acciones orientadas a la supervivencia del ser humano, con el instinto de muerte, en el que engloba todas aquellas conductas autodestructivas que solemos llevar a cabo durante nuestra vida. De acuerdo con Hobbes, el ser humano es “malo por naturaleza”, pero debe aprender a inhibir y controlar esa maldad con la finalidad de convivir en sociedad de manera saludable y adecuada. Rousseau, por su parte, afirma que el ser humano es “bueno por naturaleza”, pero al vivir en sociedad tiende a corromperse y “volverse malo”.

Esta narración no se decanta por los extremos, pretende ofrecer una postura integral de las diversas que ya existen, y el concepto de “maldad” al cual nos referimos no está relacionado con constructos religiosos: en la psicología popular “se considera un agente responsable de la comisión de actos antisociales e inmorales que merecen una retribución extrema” (Garrido, 2020).

Lo cierto es que, en efecto, existe una fascinación aparentemente inexplicable por series, películas o programas que nos cuentan crímenes, la vida de criminales y los modos en los que llevaron a cabo tanta atrocidad. La reflexión a la que les invito en este texto es a pensar en lo que “suma” que nuestros hijos, que nosotros mismos estemos inmersos en estos contenidos, en la facilidad con la que estos programas llegan casi a cualquier persona que quiera verlos y que terminan posicionando a los criminales como si fueran estrellas de rock, olvidándonos de lo que verdaderamente importa: las víctimas y la revictimización de la que son objeto en estos programas.

Claro, a nadie le gusta “ponerse en el papel” de una víctima, preferimos al malo de la película, pero esto no nos da derecho a revictimizar a quienes los protagonistas de estas historias han hecho tanto daño y siguen luchando por superar.

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