Leonard Cohen

Leonard y Janis, amor de elevador

El famoso Chelsea Hotel, ubicado en Nueva York, fue refugio amoroso de tantísimas almas hambrientas de creación

Voyeuristas de todo el mundo se deleitarían si observaran por la cerradura del famoso Chelsea Hotel y miraran a las tantísimas almas hambrientas de creación que pasaron por ahí, alimentadas por la cúpula del mismísimo surrealismo que rezumaba por todas sus húmedas paredes, con sus felaciones de ocasión en camas desordenadas y esas desesperadas visiones de cuadros dejados a cuenta, colgados, desahuciados. Estrechos pasillos con diminutas habitaciones dentro de un victoriano y gótico edificio brownstone, inmenso, que se hallaba entre la séptima y la octava, en el centro del distrito de los teatros en Nueva York.

Leonard Cohen llegó al Chelsea gracias al dinero prestado por un amigo, acompañado de su entonces pareja, Marianne, con su vieja gabardina azul y su Olivetti verde: en ella escribió su entrañable “So Long Marianne”, con la que terminaba su amorío de seis años. Incapaz de atarse a nadie, con una afiliación por las mujeres como amante errante, en muchas ocasiones lavó sus ojos brillosos y gitanos bajo la lluvia neoyorquina.

Cohen pronto se volvió asiduo de la factoría de Andy Warhol, donde llevaba récord de ligues con las chicas jipis que visitaban el lugar en busca de alguna oportunidad dentro del mundillo underground del arte, la moda, o quizá sólo en pos de drogas y sexo ocasional con algún furtivo rock star. Ya la factoría había sido origen de varios amoríos y uno que otro corazón roto abandonado en alguna desordenada habitación del Chelsea. Recordemos a Nico, la cantante de Velvet Underground, y sus escapadas pasionales con Jim Morrison a la habitación 110 del hotel donde Pamela, extraviada entre esos enjutos pasillos, los encontró en medio de una nube de polvo blanco, dando ella tremenda mamada a su Rey Lagarto en el ascensor.

También fue refugio amoroso de Bob Dylan y Eddie Sedgwick, la hermosa y acaudalada modelo superstar warholiana, quien siempre vestía leotardos negros con diminutos vestidos y grandes pendientes coronados por el platinado de su pelo. Warhol pondría todas las trabas e injurias para que ellos nunca pudieran estar juntos, lo que rompió el corazón a ella y orilló a Dylan a casarse con Sara Lowlands. Dentro de esa habitación del Chelsea, el ahora Nobel literario había escrito la resollante balada de amor “Sad Eyes Lady of the Lowlands”, dedicada a Edie.

Volvemos a 1968. Leonard estaba en su cuarto, el foco alumbraba lúgubremente su rostro reflejado en el espejo del lavamanos, abrió la llave y después de un ruido destartalado y fuerte escupió una especie de coágulo de agua oxidada que salpicó el lavabo y parte de la camisa blanca de Cohen. Contempló su rostro tratando de leer las líneas que el tiempo había surcado a sus 32 años, apagó el antiguo televisor y se puso un saco de pana. Se sentía solo, desadaptado y salió a la calle a sacudirse esos pensamientos. El cielo era plúmbeo. Decidió entrar en un sucio restaurante y pidió una hamburguesa con queso, que no le ayudó en nada. Luego se dirigió al White Horse Tavern en busca de Dylan Thomas, pero ya en el altar del bar, con trago en mano, recordó que el poeta estaba muerto.

Después de algunos whiskis en homenaje al fenecido regresó al Chelsea. Afuera el frío cortaba como una navaja de afeitar nueva. Los callejones solitarios donde la luz de una farola moría alumbraron unos versos en su mente. Eran las tres de la mañana cuando cruzaba el famoso lobby del hotel en el que había visto antes a una mujer madura y emperifollada camino a su habitación, acompañada de un oso y un enano estríper. En otra ocasión vio a un anciano sin piernas en una modernísima silla de ruedas con cuatro mujeres que lo acompañaban para tener una velada interesante.

El caballo pintado en el cuadro que pendía de una de las paredes del pasillo seguía al taciturno cantante con la mirada hasta el lento ascensor, que abrió sus chirriantes puertas y entró Cohen. Antes de que se cerraran las puertas se volvieron a abrir abruptamente dejando entrar un perfume de piel joven y el dulzón olor de alguna droga indescifrable.

El cabello salvaje de Janis Joplin se unió a la soledad del incipiente cantante, ella enfundada en un ajustado y diminuto vestido rojo que dejaba ver sus rollizas piernas y un escote que le empezaba a quitar el aliento al poeta. Al presionar el botón de su piso, las azuladas y rosáceas plumas de su tocado se habían restregado sin querer en el rostro de Leonard, haciéndole cosquillas en aquella gran nariz. Ahí comenzó el fugaz romance que, según cuenta Cohen, “sucedió de una manera decidida y sin tapujos entre la joven cantante y el maduro poeta, terminando al alba en una larga mamada en la desordenada cama de la cantante”, mientras la limusina esperaba para llevarla a los estudios de Columbia donde se encontraba grabando su disco Cheap Thrills.

O tal vez la versión original sea que… Cohen en el elevador le preguntara:

—¿A quién buscas, guapa?

Y ella, con la bravuconería que le caracterizaba, le contestara:

—Obvio a ti no, busco a Kris Kristofferson.

Y él le respondería:

—Señorita, está de suerte. Yo soy Kris Kristofferson.

Y enseguida, para comprobar, le recitaría algunos de sus poemas al oído.

Para cuando el ascensor se detuvo en el cuarto piso, en respuesta a sus poemas, ella le diría:

—¿Y estás en la ciudad para leerle poesía a las viejitas?

Ella se alejaría moviendo su tocado de plumas en el enrarecido ambiente del hotel.

Él le alcanzaría a gritar desde la puerta del ascensor:

—Pues yo buscaba a Brigitte Bardot.

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