Los ojos prohibidos

Son el lugar de las grandes verdades, de los inconfesados secretos. Ahí hay respuestas que rehusamos a escuchar, parajes abiertos por donde no queremos deambular…
Ivette Estrada amigo imaginario

¡Ah, el poder de los ojos!, de esa geografía misteriosa llena de historias silentes, de emociones guardadas, de narrativas interminables… pozos donde uno se pierde, donde tenemos la osadía de desnudar verdades sin pudores ni miramientos.

Los ojos son el lugar de las grandes verdades, de los inconfesados secretos. Ahí hay respuestas que rehusamos a escuchar, parajes abiertos por donde no queremos deambular. Está el amor inconfesado, la renuencia a olvidar. Ahí yacen las explicaciones de las preguntas milenarias, se guarnecen las aventuras vividas e inventadas.

Por eso hay pupilas que rehusamos. Las sabemos laberintos con fauna sin nombre que mata: así es el poder de las revelaciones

En los ojos no hay sólo almas. Están seres de otras geografías y tiempos, imploraciones, desvelos, desazones. En los ojos viven las creaturas más fantásticas de todas: el amor y el tiempo.

Por eso hay pupilas que rehusamos. Las sabemos laberintos con fauna sin nombre que mata: así es el poder de las revelaciones.

Mirada
En los ojos no hay sólo almas. Están seres de otras geografías y tiempos, imploraciones, desvelos, desazones. Foto: Xinhua

Me ando con cautela. No quiero tropezar otra vez con tus ojos. Me rehúso a hallarme de nuevo encandilada con la historia que tejiste para ti mismo, me niego a creer de nuevo. ¿Creer en qué? En tu vieja y falaz promesa de no hacerme sufrir.

Encontrar la ausencia del brillo cómplice, la indiferencia que hiere, la total incuria de los nuestro, de lo que fuimos y quisimos construir

Pero sufrimiento es mirar tus ojos y encontrar la ausencia del brillo cómplice, la indiferencia que hiere, la total incuria de los nuestro, de lo que fuimos y quisimos construir. De lo que no fue.

No importa la gentileza del encuentro social ni el saludo cordial en una reunión fortuita. En tus ojos ya no hay nada, ni amor, impaciencia, enojo… sólo la vacuidad de cuando decides que ya no hay nada, que el ayer se desvanece como los amaneceres; sin rastro, premura ni nostalgia, con un borrón tajante y limpio, tal como la sabiduría cercena la efigie del dolor, como el tiempo pulveriza los huesos.

No voy a ver tus ojos. Serán pozos profundos, agua anegada que ahogó incipientes historias.

¿Y qué pasará si la cotidianeidad hace que nuestros ojos, inopinadamente se encuentren? Nada. Verás la actriz más creíble cuando desvíe mi mirada y halle paisajes diferentes a tu rostro. Serás un desconocido, alguien que nunca estuvo en mi historia.

No es vano: enseñé a lo largo de muchas noches a que mis ojos no divulgaran nada. Que tras el primer parpadeo evadieran preguntas y borraron senderos. Que incluso aparecieron con un dejo de lejanía y hasta fastidio. Nunca lograrás escudriñarlos. La verdad de mis ojos para ti está vedada.

El mensaje que transmitirás es “no me mires”. Seré una nueva Medusa. No te convertiré en piedra, te arrastraré conmigo a las horas de desencanto

El mensaje críptico que tienen, empero, está lleno de contradicciones y auto censura, de pasos apresurados que resuenan en pisos de madera. El mensaje que transmitirás es “no me mires”. Seré una nueva Medusa. No te convertiré en piedra, te arrastraré conmigo a las horas de desencanto cuando rompiste promesa tras promesa.

No me mires porque yo no olvido, porque aun creo, porque el amor no se ha ido. No me mires por eso. No me mires porque podrías hallar en mis ojos lo que siempre evadiste, porque es posible que no logres desprenderte ya de ellos.

Y con tal convicción busco nuevos caminos para que no encuentres mis ojos. Ya no de nuevo.

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