Sulli

El sedoso adiós de Sulli, la estrella coreana

En el momento en que el mánager llegó a la residencia de la cantante y ésta no le abría ni contestaba las llamadas, temió lo de costumbre, un final trágico

El mánager condujo a toda velocidad en su deportivo hasta las afueras de Gyeonggi Seul, en un berrido de sus robustas llantas del lujoso Hyundai Equus bajó casi sin tocar el piso y tuvo un repentino sobresalto al sentir la escurridiza sombra de Globin, el gato de Sulli, recorriendo el patio entre sus pasos como las hojas arañando ese frío octubre.

Dentro, en la mansión, Sulli se colocó con toda la sensualidad sepulcral de la que son capaces sus frágiles dedos, una blanca y larga media de seda en un perfecto nudo corredizo que ha atravesado su pálido y larguísimo cuello y la desplomó en el acto al umbral de la muerte. Las dos negras y brillantes pupilas naufragaron en las arenas movedizas de su cabeza, las finas y largas piernas se le doblaron con ese placer del ahorcado y en una última sacudida eyaculó en un delgado hilo escurriéndole entre las piernas.

Afuera el mánager tecleó con evidente nerviosismo el número de emergencias. En el momento en que llegó a la residencia de Sulli y ésta no le abría la puerta ni le contestaba las llamadas desde hacía un par de días, le hicieron temer lo de costumbre, un final trágico.

Los bomberos llegaron y se tomaron su tiempo, porque sabían que ya era demasiado tarde por ese indescifrable sexto sentido que los caracteriza. Con parsimonia abrieron la cerradura que cedió después de unos cuantos segundos y con dramatismo entraron en el inmenso lobby, tan pálido como su propietaria. Daba un poco de frío. El mánager arrebujó las manos dentro de los bolsillos de su abrigo. Los pisos de mármol daban un aspecto de lujoso mausoleo. Al subir las amplias escaleras se percataron de una delgada sombra reflejada en el corredor de las escaleras, filtrada a través de la ventana desde la habitación más próxima. Sulli estaba ahí colgada en esa desolada e inmensa mansión en su pequeñísimo vestido cosplay, fría y silenciosa, como barco fantasma flotando en la oscura bruma de sus sueños estrellados y hechos añicos contra los riscos de la depresión.

Años atrás, el día en que por fin el amor llegó a la actriz y cantante Choi Jin-ri, mejor conocida como Sulli, fue en forma de un rasposo rap y de palabrería en modo de besos prometedores. Él era 14 años mayor que ella y un famoso cantante. Se conocieron cuando Sulli y las Fx fueron embajadoras de Armed Forces Friends y Choiza realizaba su servicio militar. A ella no le estaba permitido tener novio dentro de la industria del K-pop, la agencia le controlaba todo, su vida tanto fuera como dentro de ese mundillo del espectáculo. No podía tener vida privada, su alma junto con sus cincuenta kilos de peso les pertenecían por completo. Su madre desaprobó el noviazgo y se distanciaron hasta ese fatídico día de octubre, cuando su mánager le dijo que escogiera entre ese imposible romance o su carrera como cantante e integrante de Fx,

¿Qué más podía hacer una chica con esa carencia? Así que ella se decidió por el amor, salirse del grupo de K-pop, concentrarse en su carrera de actriz y como un deshojado bonsái cultivar ese amor, el débil hilo de su depresivo corazón del que pendía inminente esa espantosa cabeza del suicidio, entre Werther y Romeo y Julieta había muy poco trecho dentro de su torturada telenovela.

Ya para cuando el mundo se enteraba de su furtivo romance de dos años y medio, los tres años más felices de su vida según el diario de la artista, los fans supieron por un descuido de él, al olvidar su billetera en algún lugar público en la que llevaba en lugar de efectivo, fotos de los dos tórtolos. La persona que halló la billetera subió ipso facto esas fotos a las redes sociales para que los fans se encargaran de hacer picadillo la relación, por lo que sólo medio año más duró ese bizarro y acaramelado amorío.

Sulli tuvo que pagar el precio por tratar de independizarse de una gleba tan escrupulosa y con tantos prejuicios morales como la coreana y terminó enredada en las redes que la habían entronizado, con millones de seguidores que se voltearían contra su bebé gigante, como le llamaban, que a pasos torpes y con la bandera en alto del movimiento “NoBra” se volvió su portavoz, por lo que no usaría sostén como signo de libertad y empoderamiento de las coreanas. Pero los fans matarían tres veces a su idol antes de que pretenda convertirse en alguien independiente, con aires de libertad, así que su celular se convirtió en una bandeja receptora de haters, insultos, amenazas y toda la mierda de la que es capaz de lanzar el ser humano contra el más odiado.

Eran las tres y media de la madrugada y el insomnio llenaba su torturada noche. Llevaba un par de meses en la enorme residencia que acababa de comprarse para sustituir sus pérdidas, pero había pasado esos incipientes meses más sola de lo que jamás se sintió. Metida entre rancias sábanas de seda en la oscura habitación, el televisor había estado encendido durante esos tres meses y proyectaba una luz mortecina sobre una cama entre píldoras, somníferos, antidepresivos y ropa tirada por doquier. Los sollozos acababan en llantos ahogados contra la suave almohada, apenas y se levantaba para ir al baño con la habitación cabeceándole a cada paso y cuando por fin comenzó a agarrar fuerzas y parecía que salía de ese estupor y amodorramiento de melancolía, que incapacita cualquier movimiento o decisión, se paró a bañarse y escoger de su inmenso armario un diminuto traje cosplay tipo Sailor Moon. Se dijo que ya no quería medicarse y telefoneó a Goo Hará, su mejor amiga, con quien compartía ese macarra insaciable llamado depresión.

Sulli sujetó el celular bajo la barbilla, mordió un durazno sin sabor y arrojó el libro que pretendía leer a un costado de la cama. “Ya ni los duraznos me quieren”, pensó.

El móvil de su amiga timbró, con ese tono especial que había puesto al número de Sulli, y contestó adormilada, asustada… —¿Todo bien?

Con un mohín entre eterna tristeza y evanescente entusiasmo rumió al celular:

—Algo se ha roto dentro de mí.

Tal vez esa cuerda frágil que ataba a su convulso corazón de veinticinco años dejaba grandes secuelas en una chica solitaria de la que la depresión había sido siempre su compañera más cercana, devorándola lenta y torturada mente… Se le veía esa mirada perdida en el ojo hueco de la muerte que tantas otras veces los fans pudieron contemplar sin encontrarse, excepto Goo Hará, su melancólica amiga, quien sí entendía ese abismo.

Sulli
Ilustración: Manjarrez

—No sé por qué me atacan, si no soy ese monstruo que dicen, o … ¿sí lo seré? —Y preguntando esto se cubrió los rosas botones que se le reflejaban erectos en el enorme espejo del tocador—. Esto apesta, soy una esclava, tienes que satisfacerlos insaciablemente.

—Hagamos una fiesta para que te distraigas —le decía su amiga, echándole un salvavidas.

—Seguramente nadie vendrá —susurró.

Y echó una triste ojeada a su diario mientras pasaba sus trémulos dedos por las paginas infladas por la humedad de sus lágrimas.

—Creo que mi diario está lleno de dolor y de cursilerías baratas, al fin y al cabo, es todo lo que he aprendido en esta industria de proxenetas del espectáculo, me han vuelto una escort redituable de una cultura tan ridículamente autómata, como si su reputación dependiera jodidamente de mí.

—No te preocupes, bebé, todo va a estar bien ­—le dijo Goo Hará­—, todo esto quedará atrás.

El tono era una conspiración contra esa insipida mortal. La sombra marchita de su mirada en la selfi ya no se quería marchar nunca más.

—A veces pienso que esos haters y spams son orquestados desde la misma agencia para manipularnos y no salirnos de su depredador redil —replicaba la amiga.

—No lo dudes, como presión para controlar nuestras conciencias, yo les he mandado cartas para que hagan algo, para que me protejan de esos haters y es una lástima que sea más grande el ego de la industria que nuestra salud, somos sustituibles por cualquiera que reúna nuestras características, como simples números o engranajes de una maquina surcoreana.

Y se descubrió los rosas pezones, reflejándose erectos en el enorme espejo del tocador.

—Para ellos somos un medio para beneficiarse y conseguir poder, un jodido poder coreano.

Decía todo esto desde la tina de baño por el auricular wifi conectado al toilet, mientras se paseaba la esponja melancólicamente por todo su cuerpo, tan blanco como la leche que en ese momento lengüeteaba en su bebedero el gato Globin.

—Piensan que así, con ese dolor, funcionamos mejor que poner a flor de piel nuestro sentimiento y logramos transmitir más, y Dios, no se dan cuenta de que se nos obliga a pasar estos calvarios en beneficio de ellos.

sulliMaldiciendo salió del baño, pisando sin querer una de las heces de su gato, que estaba sobre la mullida alfombra Axminster que a esas alturas era un campo minado. Se sentó a la orilla de la cama junto a su depresión, que la contemplaba con una sonrisa burlona, juzgándola.

—Te visitaré en tus sueños, querida Hará, yo sólo quería que me quisieran —y dejó caer el móvil sobre una de las enormes cacas de Globin.

—¿Sulli? ¿Hola? ¿Estás ahí?

Se puso primero la falda, enseguida la blusa sin brasier, y extendió una pierna para enfundarse sensualmente una de las largas medias de seda blanca. La otra la ató con la misma sensualidad ante el inmenso candelabro de Ganeed con cristales cortados que pendía en el centro de su habitación.

Así decidió. Con paso seguro, presionando varias veces antes el atomizador vintage de la botellita de perfume, rociando su cuello que invitaría a romperse colgándose de la dulce seda de su media regalo de Choiza. Podía haberse suicidado ingiriendo las cien pastillas que venía acumulando en todos esos meses, pero prefirió hacerlo de una manera más romántica o cursi, si la muerte puede tener ese lado blando en algún resquicio de sus raídos huesos, con la media de seda regalo de su único amor.

***

Mientras afuera se acordonaba el área el mánager huyó de la escena tan rápido como llegó en su flamante Hyundai Equus. Telefoneó a la madre de Sulli para enterarle de la noticia y no volvió a dar la cara nunca más. Una lluvia de golondrinas cimbró con ese seco rumor de alas los cristales del candelabro y azotó las ventanas desde las que se veía ahí colgada, pálida con su cabellera lisa e incandescente como radiante foco que atrae a la cigarra para morir. Los bomberos bajaron el cuerpo y trataron de reanimarla, pero ya no había nada que hacer, la fina media casi había cercenado el pálido cuello.

Enseguida entró su madre con el aliento contenido y se derrumbó ante sus pies, tan sola, sin poder correr al regazo de su madre a refugiarse, y ahora su madre corría al regazo de su hija ahí tendida. Al levantar el cuerpo para abrazarla, la cabeza se desprendió y rodó en un giro de cuarenta cinco grados recargándose en la pierna de la señora, quien le lloró y se lamentó durante una hora que estuvo a solas con el cuerpo, patético llanto atrapado en un murmullo sin vida entre las copas de vetustos árboles que franqueaban un cielo sin nubes, como aquellos que tanto fascinaron a Yukio Mishima una tarde para morir.sulli

La agencia que representaba a Sulli, SM Enterteinment, guardó silencio durante días, como el mánager, quien se suicidaría lentamente de alcoholismo como homeless, tirado e irreconocible en una calleja de Corea del Sur.

Como pasa con los soldados que traicionaron la confianza y fracasaron en defender a su señor emperador, Goo Hará, la mejor amiga de Sulli, pretendía quitarse la vida el mismo día que aquélla, pero falló porque su representante la rescató de una habitación llena de humo. Se quitó al final la vida un mes después, también en honor al Soft Power del sucio K-pop.

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