Susto

Era una corriente de vida vertiginosa y verde que subía inundando mis piernas, cosquilleando mi torso y eclipsando mi corazón
Michael Sledge Susto Oaxaca

Cuando llegué a vivir a México me hice la promesa de someterme sin reservas a las costumbres de mi país de adopción. Si no, ¿para qué había venido? Luego tuve un accidente que hizo que mi coche saliera volando de la autopista y por un momento la muerte me sostuvo la mirada. Me dijeron que había tenido un susto y que una limpia me curaría el alma. Yo sabía lo que era una limpia, claro, pero, ¿qué era exactamente un susto? La palabra fright no parecía transmitir su verdadero significado.

En el momento del susto, me explicaron, el alma se desarticula del cuerpo y vaga a la deriva. Vulnerable a otras energías, puedes entonces convertirte en algo distinto a tu verdadero yo. Una limpia guía el alma de vuelta a su lugar. Y así sucedió: en los días posteriores a mi susto, empecé a sentirme muy extraño: brusco, iracundo, con la lágrima suelta. La limpia se había convertido en algo más urgente que un mero entretenimiento folclórico.

En mi pueblo vivía un profesor de filosofía de la cercana escuela normal que resultó ser también un poderoso curandero. Joel era ikoots, un grupo indígena del Istmo de Tehuantepec, en Oaxaca. Decidí visitarlo y cuando entré a su casa me mostró un cuadro que representaba la creación de su pueblo. Eran dos sensuales figuras haciendo el amor, entrelazadas: una representando el viento y otra el Oriente. De su unión nace un bebé pararrayos que instantáneamente se transforma en serpiente. “Vaya historia de origen”, dije. Para mi sorpresa, Joel rio con calidez.

Me dijeron que había tenido un susto y que una limpia me curaría el alma. Yo sabía lo que era una limpia, claro, pero, ¿qué era exactamente un susto?
Tuve un accidente que hizo que mi coche saliera volando de la autopista y por un momento la muerte me sostuvo la mirada. Foto: Michael Sledge

Le expliqué que el accidente había removido algo muy dentro de mí. También le hablé un poco de mi pasado, de cómo había dejado mi país y venido aquí, al valle de Oaxaca, en busca de otro tipo de vida.

Estuvo de acuerdo en que una limpia de tres sesiones podría ayudarme con mi susto. Te has desviado del camino correcto, me explicó, ahora te devolveremos a él. Mientras hablaba, una emoción misteriosa hizo temblar mi cuerpo. Las sesiones incluían algunas prácticas inusuales. Primero, Joel me leyó las venas, recorriéndome los antebrazos y las piernas mientras murmuraba en un idioma que yo no reconocía. “¿Qué sientes?”, le pregunté.

No lo entenderías.

Luego me dio un curioso masaje con un palo que nunca tocaba mi cuerpo y después me golpeó por todas partes con albahaca mojada en líquido verde. Casi con cariño, me frotó el cuero cabelludo con la albahaca mojada hasta que sucumbí a una sensación de trance. A pesar de sus extraños métodos, Joel me transmitió calma. Era un hombre culto, con el que sentía más nuestras similitudes que nuestras diferencias. Nos unía nuestro amor mutuo por los libros. Me impresionó su historia personal de haberse marchado de su pueblo pesquero a los catorce años para abrirse camino en el mundo. Sin embargo, él era descendiente de un bebé serpiente pararrayos; yo, producto de los suburbios estadunidenses. Me pregunté si la amistad, como yo la entendía, era posible a través de semejante brecha.

En nuestra última sesión, Joel anunció que era hora del soplo. Me lavó las manos en un cuenco de agua templada y la intimidad del acto volvió a adormecerme. De un segundo cuenco, tomó un bocado de agua y me lo escupió en la cara con todas sus fuerzas. Luego me escupió más agua en la nuca, en la oreja derecha, en la izquierda. Diré tu nombre tres veces, me indicó. A la primera, levántate. La segunda, da un paso adelante. La última vez, avanza también con la otra pierna. Esto significa que estás entrando en el camino correcto de tu vida.

Al escuchar mi nombre, obedecí sus instrucciones. Entonces sucedió algo para lo que no tengo explicación: una energía salió de la tierra y me hizo cosquillas en los pies. Era una corriente de vida vertiginosa y verde que subía inundando mis piernas, cosquilleando mi torso y eclipsando mi corazón. Cuando llegó a mi cabeza, todo mi ser se encendió en euforia y sentí una plenitud conmigo mismo y con el universo vivo. Mi alma ya no estaba perdida. Había vuelto a casa.

 

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*Autor de Al sur: crónica del Valle Encantado y cofundador del proyecto Oax-i-fornia en San Jerónimo Tlacochahuaya, Oaxaca.
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