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Matisse, por siempre joven

La exposición en el Grand Palais está dedicada a los años postreros del pintor y ofrece una síntesis de sus ocho décadas como creador

París. Recorro en el Grand Palais la exposición Henri Matisse: 1941-1954, dedicada a los años postreros del pintor, y pienso en la teoría del estilo tardío que el ensayista palestino-americano Edward Said (1935-2003) desarrolló en su libro póstumo On Late Style: Music and Literature Against the Grain (2006).

Según esto, ante la cercanía de la muerte, la obra y el pensamiento de algunos artistas (Beethoven, Lampedusa, Genet y Cavafis son sus ejemplos) adquieren un nuevo lenguaje, “un estilo tardío”, caracterizado no por la serenidad y la reconciliación que debería aportar la cercanía de la muerte, sino por lo contrario: la rebeldía ante lo inevitable, la disonancia frente al mundo: “En el estilo tardío, se insiste no en el mero envejecimiento, sino en una creciente sensación de aislamiento, exilio y anacronismo,”, dice Said. La vejez artística y la madurez creativa como algo negativo: “intransigencia, dificultad, contradicción”, en palabras del autor referido.

Dominio Extranjero: Henri Matisse, por siempre joven
‘El Caracol’. Foto: Miguel Barberena

Busco este tipo de late style depresivo en la obra tardía de Matisse, la de los últimos trece años de su larga vida, de 1941 a 1955, de los 72 a los 85 años de edad, pero más bien encuentro lo contrario: no dificultad y contradicción, sino sencillez, simplificación, armonía. Es un artista con la energía vital renovada, liberado de toda convención, la imaginación desbordada. Un estilo tardío que no mira al pasado, se abre al futuro, a todo lo novedoso y sorpresivo que nos depara la vida, hasta el último aliento.

“Espero morir joven, sin importar los años que viva”, dijo Matisse a los 80 años. Logró su cometido…

Matisse se sometió a una intervención quirúrgica de emergencia en enero de 1941, en Lyon; lo que parecía una oclusión intestinal resultó ser un tumor canceroso en el abdomen. Sobrevivió a la agresiva extripación, pero las secuelas lo dejaron en silla de ruedas o postrado en cama por el resto de sus días. Para cualquiera, aquello habría significado el fin de una vida creativa. Pero no para Matisse.

Desde su apartamento en el Hôtel Régina, en Niza, adonde se había mudado en 1917, y a partir de 1944 en la villa Le Rêve, en Vence, un pueblo cercano a Cannes, con la guerra y la ocupación de Francia por los nazis como telón de fondo, transformó su convalecencia en un renacimiento.

“La terrible operación me ha rejuvenecido por completo y ha hecho de mí un filósofo”, escribió Matisse. Sufría también de artrosis en las manos. Tuvo que transformar su método de trabajo. En vez de pintar, hacía a sus asistentes cubrir pliegos de papel con pintura gouache de tonos brillantes, luego recortaba todo tipo de formas con unas tijeras; finalmente pegaba esas siluetas sobre otro soporte de papel. Son los espléndidos collages que dominan esta exposición.

Dominio Extranjero: Henri Matisse, por siempre joven
La famosa foto de Robert Capa, 1949

Matisse llamó a esta técnica découpages o cut outs, “recortes”, diríamos en español, “pintar con tijeras”, también. Es, literalmente, como si hubiese vuelto a la primera infancia, al kínder, a recortar papelitos de colores y a pegarlos en el cuaderno con resistol. Así era el estilo tardío de Matisse: casi octogenario descubría un nuevo idioma plástico, rebasaba a todas las vanguardias…

Con Matisse, siempre y antes que nada, es cuestión del color, pero en estos découpages el artista se supera a sí mismo. Su audacia cromática es asombrosa. ¿Quién más se atrevería con ese profundo azul cobalto, con aquel rosado intenso que también se hace llamar fucsia, con el amarillo chillón, el negro aterciopelado, y ese rojo que sólo puede definirse como “rojo Matisse”, y que yo descubrí hace muchos años en el MoMa de Nueva York en el cuadro El estudio rojo (1911), que considero una de las obras fundamentales de la historia del arte?

El propio Matisse hablaba de la “radiación benéfica” de sus colores, de sus poderes curativos. En efecto, se siente esa radiación de luz, esa carga de energía, ante obras maestras como El caracol, La caída de Ícaro o las variaciones de sus fantásticos Desnudos azules.

Dominio Extranjero: Henri Matisse, por siempre joven
‘Polinesia, el cielo’, 1946. Foto: Miguel Barberena

La reinvención de Matisse en su “tercera edad” no se quedó en los découpages. La exposición abunda también en pinturas al óleo, dibujos, grabados, libros ilustrados, o “decorados” (como el titulado Jazz, realmente extraordinario), textiles, los vitrales de la capilla de Vence: un total de 300 obras, provenientes muchas del Centro Pompidou (cuya sede estará cerrada hasta 2030), y otras más de museos de todo el mundo y colecciones privadas, algunas que se exhiben al público por primera vez.

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Se trata de una producción artística portentosa, un fenómeno sólo comparable al de su amigo/rival (o frenemie, como se diría hoy) Pablo Picasso, el otro pilar sobre el que descansa el arte moderno, otro longevo que creó hasta el último día de su vida, a los 91 años, en 1973, en un estilo tardío positivo, lleno de goce, audacia, sensualidad…

La exposición ofrece la síntesis de la obra de Matisse, de sus ocho décadas como creador. Pudo haber muerto en 1941 y seguiríamos hablando de él como el artista definitorio del arte siglo XX, junto a Picasso. Aquí está todo él: sus inicios como pintor fauvista; sus cuadros de interiores, bañados por la luz del Mediterráneo; el orientalismo de sus viajes a Marruecos y Andalucía; la luminosidad que se trajo de su estancia en Tahití en 1930…

Dominio Extranjero: Henri Matisse, por siempre joven
Maquetas originales del libro “Jazz”, 1944. Foto: Miguel Barberena

La exposición, presentada en orden cronológico, abre con La blusa rumana (1940), un hermoso cuadro con los colores de la bandera francesa (azul, rojo, blanco), la manera sutil de Matisse de expresar su patriotismo, su resistencia al invasor alemán. En 1944, la Gestapo arrestó a su esposa, Amélie, y a su hija, Marguerite, por pertenecer a la Resistencia, acaso también por su relación con un artista que los nazis calificaban de “degenerado”. La muestra termina con la que Matisse consideró su obra culminante: la decoración de una pequeña capilla de monjas dominicanas en Vence.

Entre 1947 y 1951, se sumergió en este proyecto –“la última etapa de una vida entera dedicada al trabajo”, según escribió a su amigo, el poeta Louis Aragon–. Concibió la capilla de Santa María del Rosario de Vence como una obra total, “un paraíso donde pintaré murales”. ¿Tal vez sentía el influjo de los sublimes frescos que Giotto pintó en la capilla Scrovegni de Padua entre 1300 y 1305?

No hay murales en la capilla de Vence (su estado físico no le permitía a Matisse andar trepado en escaleras y andamios), pero todo lo demás fue diseñado por él: el crucifijo y el altar, el resto del mobiliario, las Estaciones de la Cruz, las vestimentas sacerdotales y, sobre todas las cosas, los sublimes vitrales, que inundan la pequeña capilla de colores matisseanos y evocan pureza y espiritualidad: azul, verde, amarillo. El papel gouache recortado se transforma aquí en una obra monumental. Así termina obra y vida de Henri Matisse; he aquí su magnífico estilo tardío.

Dominio Extranjero: Henri Matisse, por siempre joven
Foto: Miguel Barberena

La imagen de aquel hombre tan debilitado físicamente, pero con una mente que seguía creando mundos, es para mí el símbolo de la resistencia artística. Matisse no se rindió nunca. Continuó trabajando hasta el último de sus días, acompañado desde 1932 por la fiel rusa Lidia Delektórskaya, su asistente, secretaria, musa, modelo, tal vez amante.

Matisse dejó tras de sí un legado que demuestra que el arte, cuando nace de lo profundo, no necesita de un cuerpo sano: basta con un espíritu decidido y fuerte. Nunca es demasiado tarde para un nuevo comienzo.

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