París. El lugar donde le tout Paris tenía que estar el pasado 8 de abril era el teatro de La Scala, por rumbos del bulevar Sebastopol, para ver y escuchar a Michel Houellebecq, el escritor más famoso y controvertido de Francia, abrir la primera de diez presentaciones de su nuevo disco, Souvenez-vous de l’Homme (Recuerden al hombre), que reúne doce poemas, musicalizados por el compositor Frederic Lo, provenientes de un también nuevo libro de poemas de Houellebecq, Combat Toujours Perdant, que puede traducirse como “Combate perdido de antemano”.
Los que conocen a este escritor habrán captado el sentido del título: el combate que, nada más nacer, el humano ya ha perdido ante la muerte, pero que antes nos va a llevar por el camino de la decadencia moral, la explotación capitalista, el erotismo insatisfactorio, la decrepitud física y la aniquilación final hacia la nada.

Combates, pugnas, batallas: así ha sido siempre con Houellebecq, una lucha constante, y perdida de antemano, contra la decadencia de Occidente y otros horrores de la vida moderna (Ampliación del campo de batalla, se titula su primera novela, de 1994; Le Sens du Combat, El sentido del combate, un poemario de 1996).
Combates que lo han dejado, a los 67 años, en el estado físico que vemos en el escenario de la La Scala y que me deja impresionado. ¡Cuánto y qué mal ha envejecido desde aquel 2009!, cuando lo vi “en vivo”, en un recital parecido, en la Casa del Lago del bosque de Chapultepec, con sus textos orquestados por Alfonso Arreola, del grupo de rock La Barranca.

De enfant terrible de la literatura de Francia ha pasado a ser un vieillard horrible. Un viejo horrible es hoy Houellebecq: un hombre de 67 años, pero que parece de 80: enjuto, con el lomo encorvado, el cabello ralo, la voz tétrica, manos temblorosas y esa boca que parece un hoyo negro. Es como si este Houellebecq tardío hubiese absorbido o mimetizado las miserias y enfermedades, físicas y espirituales, que describe en su literatura.
El señor es una ruina, o une épave, para decirlo en términos de Charles Baudelaire (1821-1867), que tituló así, “Les épaves”, el conjunto de poemas prohibidos por “faltas a la moral” que tuvo que excluir de la primera edición de Les Fleurs du Mal (1866), el histórico poemario que revolucionó ese arte.

La mención de Baudelaire no es gratuita. El mismo Houellebecq ha repetido que el poeta parisiense, romántico y decadente, es su ídolo y mayor influencia literaria. De hecho, él se considera poeta antes que novelista, y romántico y decadente; su primer libro publicado fue una colección de poesía, La búsqueda de la felicidad (1991); desde entonces ha publicado una media docena de poemarios que, naturalmente, no han recibido la misma atención que sus provocadores libros de narrativa.
II.
Su espectáculo no es exactamente poesía cantada, ni spoken word, tampoco un recital o un ejercicio de declamación. Lo que ofrece Houellebecq, con su voz sombría y melancólica, su lento balanceo, es otra cosa: una performance quietista, de 80 minutos, con un fondo musical electro-dark ejecutado por un cuarteto de formación rock, con Frédéric Lo en una de las guitarras.

Houellebecq “dice”, con voz lúgubre y fatigada, los 12 poemas del disco y una veintena más del nuevo poemario, cuyos títulos mismos son una declaración de principios: “Fin de la partida”, “En espera de los bárbaros”, “Eyaculación facial”, “En un país a la deriva”, “Tristes acantilados”, “El gran soltero”, “En una gran prisión blanca” y la suite
Se desprende un mensaje de profunda tristeza y desolación, que es precisamente lo que yo, y supongo que la mayoría de los otros 600 asistentes en La Scala, hemos venido a buscar esta noche: que este profeta del declive de los neohumanos que somos nos confirme nuestra idea de que el mundo ya se fue “á la merde”. ¡Y vaya que lo logra!

III.
Asistí a La Scala a la primera de las diez presentaciones de Houellebecq, escritor por el que he sentido afinidad y simpatía desde que leí su segunda novela, Las partículas elementales (1998), donde ya está todo él, sobre todo su crítica feroz a la generación del 68, a su engañosa revolución sexual y de las costumbres burguesas, a las tendencias new age que inevitablemente nos han llevado, medio siglo después, a ese disparate que es el pensamiento (si así se le puede llamar) woke: Occidente se suicida, pero acaso la biogenética, con su promesa de la clonación y de la inmortalidad, abra una puerta de salvación, un tema que Michel habría que desarrollar a fondo en una posterior novela, La posibilidad de una isla (2005).
Los conciertos de Houellebecq y Lo, un músico y arreglista sobresaliente, pero poco conocido fuera Francia, recibieron una gran cobertura mediática en los medios franceses: sólo se hablaba de eso en los cenáculos culturales de Saint Germain des Près. El escritor ejerce una fascinación sobre sus compatriotas, que lo aman o detestan, pero siempre lo discuten, nunca les deja indiferentes.
No tengo duda de que, los que asistimos a su espectáculo, salimos de La Scala reconfortados en la seguridad de que toda esta civilización que hemos construido durante siglos se encuentra en vía de extinción, o como lo dice la primera línea del primer poema, “Fin de partie”, del nuevo poemario de Michel: “Occidentales que quieren vivir/ Están en el final de la partida…” Entendido, no queda más que “gérer notre déclin”, gestionar nuestra decadencia, como dijo Michel, con ese sentido del humor cruel y macabro que le conocemos, en un aparte de su deprimente y bello espectáculo.
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