miguel barberena

‘Flesh’, de David Szalay, el otro húngaro

El autor es un minimalista, de prosa austera y seca, todo un cosmopolita o un «extranjero interior», como se define en la relación con su país

Buena temporada para la literatura de Hungría con el doblete en 2025 de László Krasznahorkai (1954), premio Nobel, y David Szalay, premio Booker, el más notorio de la lengua inglesa, por su novela Flesh, que en español significa “carne”, pero en su sentido más sensual.

Habrá de entrada quien diga que llamar a Szalay “húngaro” es llevar las cosas demasiado lejos, precisamente porque no escribe en húngaro, sino en inglés, nació en Montreal de familia judía (1974), creció en Líbano, estudió entre Oxford y Londres, ha también residido en Budapest y ahora mismo en Viena, con su esposa e hijo. El apellido le viene del padre, uno de esos húngaros que logró huir de la patria comunista y se casó con una canadiense.

Dominio Extranjero Flesh de Szalay el otro húngaro
Foto: Miguel Barberena

Veinte años separan a Krasznahorkai de Szalay, dos escritores en todo diferentes, en biografía y estilo literario, pero con Hungría como punto de contacto, particularmente en Flesh, una novela que empieza y termina en un pueblo cercano a Budapest y que va a narrar el ascenso y la caída de un hombre contemporáneo o acaso posmoderno.

Krasznahorkai es un escritor torrencial, de la escuela del “flujo de la conciencia”, al estilo modernista de James Joyce, marcado por la experiencia comunista de su país. Szalay es todo lo contrario, un minimalista de prosa austera y seca, todo un cosmopolita, o un “extranjero interior”, como se define en su relación con Hungría.

Lo sigo desde que me topé con su novela All That Man Is (Graywolf Press, Minneapolis), que ya había sido finalista del Booker en 2016. Se trata de una novela en nueve cuentos: nueve hombres en las diferentes etapas de la vida, de la juventud a la vejez. Nueve relatos interrelacionados por el tema que Szaley ha hecho suyo: la dificultad de ser un hombre en la sociedad actual: todo lo que el varón heterosexual de hoy día es y no es, sus deseos y fracasos.

Esa lectura me atrapó desde los primeros párrafos del relato inicial, donde aparece ya la palabra que define el estilo de este escritor: unornamented, sin ornamentos. Una prosa plana, sin adornos ni florituras, de una elegante sobriedad.

Dominio Extranjero Flesh de Szalay el otro húngaro
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Foto: Miguel Barberena

Flesh, una prosa plana, sin adornos ni florituras

De esta manera narra Szalay en Flesh el periplo existencial de un húngaro de nuestro tiempo, István, nacido en los años 80, un hombre atractivo y violento, atrapado en los vaivenes de la historia reciente del país: su entrada a la Unión Europea, la globalización, la intrusión de las redes sociales en la vida privada, la pandemia…

Cada capítulo examina un episodio importante de la vida de István: la primera juventud junto a su madre en un triste bloque de apartamentos de estilo soviético; la correccional tras un incidente violento provocado por el adulterio con un mujer mayor; el “trapicheo” de drogas por los Balcanes luego de salir de la prisión juvenil; la entrada al ejército y la Guerra del Golfo en Kuwait; y luego, Londres, donde por los azares del destino, y de otro adulterio, pasa de cadenero y  chofer-guardaespaldas a ser un hombre rico e influyente, a pesar de su indiferencia por estas cosas… y por todas las demás.

Dominio Extranjero Flesh de Szalay el otro húngaro
Foto: Miguel Barberena

István ha volado demasiado alto, pero por supuesto que las leyes de la tragedia lo aguardan: va a caer estrepitosamente de regreso al mismo pueblo húngaro del que salió décadas atrás, igual de pobre, al mismo bloque de apartamentos, con la madre ya anciana. La historia se las ha cobrado y de la manera más trágica…

La de István es otra típica historia de lo que en inglés llaman rags to riches o de mendigo a millonario. Una historia que me recordó la de Barry Lyndon, el trepador social creado por William Thackeray (1844), que Stanley Kubrick llevó al cine en 1975: el auge y la decadencia de un hombre ordinario ante circunstancias extraordinarias y fuera de su control. István me hizo pensar también en otro personaje literario, el Meursault de El extranjero, de Albert Camus, un hombre por completo indiferente a la realidad que lo rodea por resultarle absurda.

“Ok” y “No lo sé” son las dos expresiones que István más utiliza en la comunicación con sus semejantes; no necesita de más para navegar como un “extranjero interior” por un mundo hostil e incomprensible.

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