En el contexto de la vigésima cuarta edición del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) y al recibir la Medalla Filmoteca UNAM —acuñada con plata pura recuperada de laboratorios de rescate fílmico y un fragmento de la memoria clásica de la cinta El suavecito—, el cineasta Guillermo del Toro formuló una cruda radiografía de nuestro tiempo.
Con la voz quebrada y al borde del llanto, según reseñó en su momento el portal web de Proceso, el realizador ganador del Oscar advirtió que las dos o tres generaciones le han fallado por completo a la juventud, heredándole un entorno social, moral y espiritualmente desintegrado.

Más allá de la retórica habitual de los homenajes culturales, el diagnóstico apuntó hacia un quiebre estructural: la pérdida del tejido comunitario e institucional que alguna vez permitió articular relatos comunes. En un país y un mundo donde la preservación de la memoria enfrenta constantes obstáculos presupuestales —como lo evidencia el propio reto de rescatar el patrimonio cinematográfico nacional disperso o incompleto—, la advertencia adquiere una necesidad apremiante. No se trata únicamente de una crisis material, sino de los referentes simbólicos que sostenían la convivencia humana.
Del Toro, creación e IA
Asi, Del Toro afirma que “es más fácil parecer inteligente siendo un escéptico que un solidario”. Asimismo señaló con lucidez que el lugar donde se encuentra la especie humana actual rebasa la comprensión de épocas pasadas, reconociendo en el presente una desesperación idéntica a la que experimentó durante la gestación de obras como El laberinto del fauno
Es aquí donde esa advertencia directa del creador desarma la pretensión del cínico contemporáneo. En un entorno donde las plataformas digitales y la conversación pública monetizan el escepticismo y premian al comentarista que solo rumia lo terrible, el director confronta a la sociedad con una realidad incómoda: abrazar el pesimismo es la salida fácil, el refugio de quienes prefieren la superioridad barata del diagnóstico sombrío antes que el trabajo difícil de construir comunidad. Una vuelta a los apocalípticos de Eco.

Es así que frente a la desolación de entregar un mundo moral y espiritualmente desintegrado, Del Toro no ofrece salidas ingenuas, sino una trinchera muy clara: sostener el “arte hecho a mano por humanos para humanos” y atreverse a mirar a los jóvenes a los ojos para decirles, con amor, un “lo siento”.
La verdadera lucidez ya no está en el desdén del espectador que observa el colapso desde la barrera, sino en la urgencia de rescatar la memoria —desde una bóveda cinematográfica universitaria hasta la última fábula posible— para evitar que la ruina sea el único destino heredado.
En el Festival Internacional de Cine de Morelia, Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón recibieron la Medalla Filmoteca UNAM 🎬🏅. Los detalles en @Gaceta_UNAM > https://t.co/yxbh41EUOT https://t.co/ozsOT4QauV
— UNAM (@UNAM_MX) October 23, 2026