Colombo, Sri Lanka. En el cementerio Boralla Kanatte de Colombo descansa por toda la eternidad en los confines del cosmos el escritor de ciencia ficción y astrofísico Arthur C. Clarke (1917-2008). Por supuesto que la mención del “cosmos” no es gratuita en su caso, científico de renombre y autor en 1948 del relato “El centinela”, origen de 2001, odisea del espacio, la famosa película de Stanley Kubrick, estrenada en 1968.
Sir Arthur Charles Clarke yace bajo una sencilla lápida en la que se lee la inscripción “He never grew up, but he never stopped growing”, algo así como “Nunca maduró, pero nunca dejó de crecer”, en las dos acepciones del inglés para el verbo “to grow”. Supongo porque Clarke abordó sus estudios de cosmología y astronaútica, y su vasta obra de divulgación científica, con la misma curiosidad que desde niño, en el pueblo inglés de Minehead, tuvo por la observación de las estrellas con su telescopio de fabricación casera y la recolección de fósiles en los páramos del condado de Somerset.

Clarke, hombre discretamente homosexual, reposa junto a quien llamó, en la dedicatoria de uno de sus libros, su “único amigo perfecto de toda la vida”, Leslie Ekanayake, quien falleció 30 años antes que él, a los 30 de edad.
En 1998, mientras el entonces príncipe Carlos visitaba Sri Lanka, un tabloide británico promovió la versión de que Clarke habría tenido relaciones sexuales con niños menores de edad, pero finalmente quedó absuelto de esas acusaciones tras ser interrogado por la policía local.

Fue sobre todas las cosas un auténtico hombre del Renacimiento: unió ciencia y humanismo, exploró no sólo el espacio infinito, sino también las profundidades del océano. Destacó también como buzo y explorador submarino: descubrió en Trincomalee, localidad en la costa noreste de Sri Lanka, donde fundó una escuela de buceo que aún existe, las ruinas del venerado templo hindú de Konesawaram, construido para la diosa Shiva allá por el siglo IV a.C, que los aventureros portugueses destruyeron y echaron al Índico en 1624. Sus fotografías de este sitio arqueológico subacuático, porque también fue un consumado fotógrafo, son fabulosas.
De hecho, fue su pasión por el buceo, la crudeza de los inviernos británicos, y también la facilidad para vivir sin tanto ocultamiento como en Inglaterra su lado gay lo que atrajo a Arthur a Sri Lanka. Llegó de vacaciones a bucear en 1956 y ya nunca se fue. Los srilankeses lo adoptaron como suyo y viceversa; el gobierno lo consintió a tal grado que no le cobraba los impuestos.

Escribió aquí la mayor parte de su obra literaria, una 50 de novelas, entre ellas la serie de “2001”, “2010”, “2061” y “3001”, además de colecciones de relatos y piezas de divulgación. La amplia terraza de su elegante residencia, en el 25 de Barnes Place, lugar que también visité y al que me refiero más adelante, fue su puesto de observación telescópica del universo.
Su pensamiento estuvo influenciado por la sabiduría del subcontinente asiático. Se declaró ateo, pero mostró una fascinación por la cultura india, la filosofía budista y la mitología hindú, elementos que explican el misticismo de sus escritos.

A 18 años de su muerte, asombra la mirada futurística de este hombre, un verdadero visionario. Especialista en radares en la Royal Air Force durante la II Guerra Mundial, sentó las bases de los satélites artificiales en órbita geoestacionaria; predijo lo que sería el internet, los viajes interplanetarios que están próximos y ni qué decir de la inteligencia artificial, ya presente en 2001, a través de Hal, el robot-computadora que se rebela a los astronautas en misión a Júpiter y en tantas otras piezas de su narrativa.
A manera personal, fueron Kubrick y Clarke, en 2001 (juntos realizaron el libreto de la película, que después Clarke reescribió como novela), quienes primero me abrieron las puertas del género de la ciencia ficción, siendo yo un niño de 11 años en 1968: aquella primera escena del planeta Tierra surgiendo del espacio sideral, con el fondo musical del Preludio de Así hablaba Zaratustra

Su labor como educador y divulgador de la ciencia, sólo comparable a la de su amigo Isaac Asimov, puede consultarse en YouTube. Recomiendo un video de 1964 para la BBC que se titula Arthur C. Clarke predicts the future en el que el señor hace justamente eso, predecir el futuro, casi como un profeta.
Habla ya, hace 63 años, de la “3D” y de lo que hoy vemos en la robótica (“un cirujano en Nueva Zelanda podrá operar a un paciente en Londres”), del “nómada digital” y las reuniones por Zoom; preveía un futuro en el que los superordenadores (“electonic brains”) superarían en inteligencia a sus creadores y los reemplazarían por completo (“eventually the machines will completely outthink their makers”). Pero a Clarke esto no le preocupaba, ni lo deprimía: consideraba un privilegio que seamos, como civilización, sólo un escalón más en la evolución hacia “cosas más altas”, higher things.

Arthur C. Clarke, educador y divulgador de la ciencia
Después de visitar el cementerio, me traslado en tuk tuk a la que fue durante 40 años la casa de Arthur en el número 25 de Barnes Place, barrio céntrico y tranquilo de esta capital. El lugar no es exactamente un museo, no hay un anuncio ni se cobra la entrada, es simplemente otra residencia más de estilo colonial en el distrito 7 de Colombo, llamado Cinnamon Gardens, los Jardines de Canela.
Los pocos que se acercan tocan el timbre y esperan un buen momento a que abra el señor srilankés que se ocupa de guiar al visitante por el segundo piso de la casa, donde se encuentran el estudio y la vivienda de Clarke, una verdadera cápsula del tiempo, con las cosas como las dejó al morir: su escritorio y vasta biblioteca, con ediciones de sus libros en los principales idiomas.

Su egoteca, con los muchos premios y condecoraciones que recibió a lo largo de su vida (entre ellos el Oscar que compartió con Kubrick por el guion de 2001), además de fotografías con personalidades como la reina de Inglaterra (quien lo condecoró Caballero del Imperio Británico), la princesa Diana, el papa Pablo VI, Elizabeth Taylor, Neil Armstrong y con varios perritos chihuahua, que eran su adoración.
También están ahí sus aposentos privados: su dormitorio, con el armario que aún conserva algunas prendas de vestir, la sala de baño, adaptada para un hombre con serias limitaciones físicas: desde 1995 estuvo en silla de ruedas debido a la atrofia muscular que le provocó el síndrome pospolio. Por último, la terraza desde la cual Clarke, uno de los gigantes intelectuales del siglo XX, observaba la bóveda celeste…

Arthur C Clark ‘s grave in Colombo, Sri Lanka pic.twitter.com/8lTQWUyf3P
— Misha Barber (@mibarberini) February 15, 2026