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Carta de amor a Annie Hall

«Diane Keaton nunca lo supo, pero fue mi novia, mi enamorada, casi cincuenta años le fui fiel, ni Charlotte Rampling pudo hacerle competencia»

Ha muerto Diane Keaton a los 79 años el pasado 11 de octubre. ¡Ay, cómo me dolió! Sentí un golpe físico en el estómago al enterarme de la trágica noticia. “¡No, Diane, no, por favor!”, me repetía, al recordar su rostro divino, su risa y simpatía contagiosas, su extraordinario arte de la comedia, todo lo que significó en mi vida de cinéfilo. El peso de los años me cayó encima, como una lápida… Diane nunca lo supo, pero fue mi novia, mi enamorada, casi cincuenta años le fui fiel, ni Charlotte Rampling pudo hacerle competencia.

¡Cuánto la quise! Y eso desde la primera vez que la vi, en la película Annie Hall, en 1977, cuando se estrenó en México, en la todavía joven Muestra Internacional de Cine nacida en 1971.

Eran aquellas Muestras de excelente nivel, de aquellos años maravillosos años setenta del siglo pasado que formaron a toda una generación de adictos al cine, que fue la mía: cada año comprabas el abono y te ibas a la antigua Cineteca, que acabó hecha cenizas; después al cine Roble, que acabó hecho una ruina tras el sismo de 1985, a ver los filmes de Bergman, Kurozawa, Buñuel, Scola, Kubrick, Fellini, Fassbinder, Gutiérrez Alea, Ripstein, Truffaut, Herzog, Fellini … y tantos otros, entre ellos, por supuesto, Woody Allen, un habitué de la Muestra.Carta amor Annie Hall Diane Keaton Woody Allen cine

Ese 1977 fue el año del estreno de Annie Hall, una película que marcó la historia del cine, del dúo Allen/Keaton (cuatro premios Óscar: mejor película, mejor director, mejor actriz y mejor guion original) y la mía personal, algo así como un capítulo esencial de mi educación sentimental. Yo –y me atrevo a decir que todos los que estuvimos en el Roble ese lejano día– quedamos impresionados por aquella cinta.

No habíamos visto nunca antes algo así, esa mezcla de comedia y melancolía, de psicoanálisis y autobiografía, para narrar, y de manera tan novedosa (el split screen, los flash back, los personajes que hablan directo a la cámara, ¡vaya, hasta una secuencia de la cinta animada Blancanieves, de Walt Disney!), el romance de aquella pareja dispareja: Dos extraños amantes, fue su título en México, que pocos recuerdan, porque para todos siempre ha sido, sencillamente, Annie Hall, como el original.

Pero sobre todas las cosas, estaba ella, la actriz principal, tan diferente a lo que el cine de Estados Unidos nos tenía acostumbrados: mi amada Diane Keaton (nacida Diana Hall en 1946, admiradora de Buster Keaton, de ahí su seudónimo, y el título de la película) en el papel de Annie, la chica provinciana, all American, insegura y vulnerable, un poco snob, llegada de Chippewa Falls, Wisconsin, a la Gran Manzana con el deseo de convertirse en una artista.Carta amor Annie Hall Diane Keaton Woody Allen cine

Tenía una manera de vestir única, un sentido fashion totalmente original, ataviada como un hombre, con saco y corbata, o chaleco y camisa blanca holgada, un look andrógino que completaba con un sombrero y rompía todos los estereotipos femeninos que imponía entonces Hollywood.

Un buen día, en un club de tenis, Annie conoce a Alvy Singer (Woody Allen), un guionista de televisión, humorista estandopero, intelectual judío neurasténico e hipocondriaco, típicamente neoyorquino, alter ego de Allen, aunque él siempre lo negara. Se enamoran. Él se convierte en su Pigmalión con ecos de la Holly Golightly, de Truman Capote; o la Elisa Doolittle, de Bernard Shaw.

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Alvy le abre a Annie las puertas de la “alta cultura” –del cine de Bergman y Max Ophuls, las novelas de Thomas Mann, las ideas de Freud y McLuhan, de los diplomados sobre la poesía moderna de Estados Unidos o la novela rusa– y de sus propias neurosis: el absurdo de la existencia, la obsesión con la muerte, este universo frío e indiferente y que, además, está en perpetua expansión (“la vida se divide entre lo horrible y lo miserable”, le explica Alvy).

Dos extraños amantes, en efecto, agua y aceite: el judío neoyorquino y la provinciana wasp del Medio Oeste viven así su agridulce romance, antes de que el natural desgaste de toda relación termine con la suya: Annie, que ambiciona ser una cantante, abandona a Alvy por un productor musical de Los Ángeles (Paul Simon) y se muda a la ciudad de California, que Alvy detesta. Annie Hall confirmó a Allen como el genio cómico que conocemos y a Diane como la excepcional comediante que nos abandonó este fatídico 11 de octubre.Carta amor Annie Hall Diane Keaton Woody Allen cine

Annie Hall, una película que marcó la historia del cine

De ahí en adelante nunca le perdí la pista, quedé prendido de ella. Le perdoné todas sus infidelidades, con el propio Woody, con Warren Beatty, con Al Pacino… ¡Vaya competencia! Puedo decir que he visto la mayoría de sus películas y series de televisión, como The Young Pope (2016), donde hace de monja. Diane, la musa de Woody, mía también, actúo en ocho de sus filmes (Manhattan, Radio Days y otros), en grandes clásicos como El Padrino, como Kay Adams, la esposa de Michael Corleone (Al Pacino), y en cantidad de comedias ligeras como Something’s Got to Give, junto a Jack Nicholson, en 2003, ya madura, pero siempre tan hermosa y simpática.

Pero de todo eso no quiero acordarme, me llena de tristeza; yo me quedaré siempre con la Annie Hall que conocí y de la que me enamoré hace 48 años, antes de que la existencia absurda y sin sentido me hiciera cenizas, como a la Cineteca; de que este universo en expansión me dejara hecho una ruina, como al cine Roble. Alvy Singer tenía razón, cuando le explicaba a Annie en una librería que la vida era horrible o miserable y por eso hay que reírse. ¡Hasta siempre, amada mía, descansa en paz, pronto estaremos juntos otra vez!

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