J-Hope enterró al rock en el Chopo
Cometió el crimen a plena luz del día y sólo le faltaba deshacerse del cuerpo, así que decidió desecharlo donde, se ufanó, nadie lo buscaría.
No era una calle desierta a medianoche, sino la otrora meca itinerante del rock con un gentío marchando a un costado de la biblioteca Vasconcelos. Ahí se consumó el homicidio entre coloridas notas de k-pop. El tianguis cultural del Chopo ahora huele a muerte.
Su infame ejecutor compartía con los testigos la sutil, pero lesiva indiferencia de quien desoye el pasado. Este, sin duda, es un rasgo que distingue a quienes ya viven hundidos en el pantano del hampa.
Nunca confundiéndose entre los visitantes, la efigie acartonada del asiático de treinta y dos años avanzaba confiadamente como escoltado por sus cincuenta y cinco millones de seguidores en Instagram y bamboleándose con la desfachatez de la mente delincuencial.

A su paso, sin embargo, otros cientos de paseantes y compradores caminaban sin notarlo o sin darle la menor importancia. Sin embargo, ya llevaba en sus lustrosas manos, pero no en su conciencia, la sangre de Elvis, Sister Rosetta Tharpe, Janis, Hendrix, Jagger, Nicks…
El sospechoso, con su metro y setenta y siete centímetros, natural de la surcoreana Gwangju, cumplió el estricto y forzoso servicio militar de su país en 2024. Sabe llevar a cabo misiones, en su cultura se prepara a los agentes para el éxito o la muerte.
Así fue, sin esforzarse, en un paseo sobre la calle Juan Aldama, y con perturbadora frialdad, hizo d el rock un recuerdo.
No fue difícil. Como tampoco lo fue subyugar a los vendedores de memorabilia y demás tribus urbanas contraculturales, algunos suspendidos en el tiempo, otros viviendo el sueño de tener su puesto, beber, fumar mariguana y besarse con ánimos adolescentes, sin ver que enfrente está su futuro dibujado en un par de cincuentones comportándose tal como lo han hecho durante los últimos treinta años.
Los espejos son para quien quiere verse.
De todas formas, parecía decir el sospechoso, si aquí exhiben sin pudor lencería gótica y tote bags de Pingu y llaveros de Juan Carlos Bodoque, como para qué querían a ese tal rock.
El socarrón tenía un punto.
De los doscientos locales a ras de calle que se tostaban al calor del sábado, tal vez diez se dedican a la música, aquella que dio tintes míticos a ese templo de la música adonde llegaban los discos desde Estados Unidos o Gran Bretaña y que aterrizarían de forma legal meses o hasta años después en México.

¿Qué dirían las Bloody Benders de todo esto?
Finalmente, sabíamos que sin cuerpo no habría condena. En todo caso, sabíamos que ver una figura tamaño natural del cartón de una estrella del k-pop llevada por un par de Army por el tianguis sólo era signo de un homicidio.
Para concluir la investigación, perseguimos por algunos metros a un veterano reportero, cuyas iniciales son JHC, a quien vimos en compañía de un integrante de Botellita de Jerez. Pero ambos escurridizos se perdieron entre jóvenes darketos y otros que se nos acercaron a ofrecer: ¿quieres mota, buscas mota?
No puedo asegurarlo, pero en mis notas del caso siempre quedará abierta la posibilidad de que el rock está enterrado el Chopo. Y que sólo J-Hope sabe dónde lo dejó, pero que tal vez el reportero y el botello erigieron un nicho y ahí lo veneran.
‘Tagtool’, un espectáculo donde la biodiversidad cobra vida a través de proyecciones de gran formato
Experiencia inmersiva en el @Museo_Yancuic https://t.co/eN7mUyw69H— Fusilerías (@fusilerias) May 22, 2026