José Revueltas exploró la culpa el poder y el deseo

José Revueltas exploró la culpa, el deseo y las zonas más turbias de la conciencia

A 50 años del deceso del escritor y activista, la Secretaría de Cultura articula una serie de actividades que revisitan su obra desde distintas disciplinas

José Maximiliano Revueltas Sánchez nació en 1914 en Santiago Papasquiaro, Durango, en el seno de una familia excepcional. Junto a él crecieron figuras como el compositor Silvestre Revueltas, el pintor Fermín Revueltas y la actriz Rosaura Revueltas.

Su formación fue autodidacta. A los 13 años abandonó la escuela y se refugió en la lectura de Fiódor Dostoievski, la Biblia y textos marxistas, con lo que se formó una imaginación que atravesaba al mismo tiempo las preguntas religiosas y la conciencia crítica de la desigualdad, que transformó en una ética radical que buscó comprender al ser humano en sus zonas más oscuras, pero también en su posibilidad de rebelarse frente a la opresión latente.

Su primer encarcelamiento ocurrió en 1929, cuando tenía 15 años, por participar en actividades vinculadas al Partido Comunista; a partir de entonces, su biografía se convirtió en la de un militante señalado por detenciones, expulsiones y regresos, un disidente constante. “A José Revueltas le era más familiar la muerte que la vida, el dolor que la alegría y, sin embargo, buscó siempre el calor de los hombres… el de los más desposeídos”: así lo describiría Elena Poniatowska.

En el penal de las Islas Marías, José Revueltas vivió episodios decisivos de su formación: cumplió la mayoría de edad y, en una segunda estancia, pasó su cumpleaños número 20. Llegó por primera vez en julio de 1932, con apenas 17 años, a bordo del buque El Progreso, junto a otros presos políticos.

La segunda estancia, que inició en abril de 1934, fue más dura y dejó una huella profunda en su cuerpo y en su escritura. Realizó trabajos forzados. El desgaste físico, el clima hostil y la disciplina moldearon sus umbrales de tolerancia y su mirada.

En febrero de 1935, recuperó la libertad gracias a la amnistía decretada por el gobierno de Lázaro Cárdenas. Pero algo cambió. La experiencia del encierro se volvió inseparable de su escritura y de su pensamiento: la cárcel dejó de ser un lugar para convertirse en una metáfora persistente de la condición humana, un espacio en el que el tiempo, el cuerpo y la conciencia se enfrentan a sus propios límites.

De tales experiencias surgiría Los muros de agua (1941), una inmersión en las profundidades de la condición humana. Con el tiempo consolidó una obra narrativa de primer orden con novelas como El luto humano (1943) y Los días terrenales (1949).

En los años 60, alcanzó una madurez literaria visible en obras como el libro de cuentos Dormir en tierra (1960) y la novela Los errores (1964). Lo anterior contrastaba con una creciente radicalización política e ideológica. En 1967 recibió el Premio Xavier Villaurrutia por sus aportes a la narrativa mexicana.José Revueltas exploró la culpa el poder y el deseo

El conflicto a escena

José Revueltas tuvo una relación intensa y persistente con el cine. Fue guionista de más de una veintena de películas y colaboró con figuras fundamentales del cine mexicano, como Roberto Gavaldón, con quien participó en películas clásicas como La otra (1946), La diosa arrodillada (1947), Rosauro Castro (1950), En la palma de tu mano (1951), La noche avanza (1952) y La escondida (1956).

Además de ingresos, encontró en el audiovisual otra vía para desplegar su universo, en el que se exploran la culpa, la desigualdad, la violencia, el deseo, el poder y las zonas más turbias de la conciencia.

Su intento más significativo por dirigir fue la película inconclusa ¿Cuánta será la oscuridad? (1945), fotografiada por Manuel Álvarez Bravo. Su impulso por dirigir viró también hacia el teatro. Incursionó como director escénico con Mozart y Salieri (1941), de Pushkin, y escribió piezas como Israel (1948), en la que abordó el desamparo, el racismo y la exclusión.

Mención aparte merece la película El apando (1976), adaptación de su obra homónima escrita durante su estancia en Lecumberri. En el escenario, como en la página o en el cine, Revueltas volvió una y otra vez sobre los seres arrinconados, las tensiones morales y las fracturas de la sociedad.José Revueltas exploró la culpa el poder y el deseo

José Revueltas y la escritura como resistencia

El 16 de noviembre de 1968 llegó a Lecumberri tras ser detenido por su participación en el movimiento estudiantil de 1968. “Estamos en la Cárcel Preventiva más de 80 personas, la mayoría estudiantes y el resto maestros. Vencidas las primeras y ofensivas dificultades, al fin logré que se me permitiera escribir y aun tener máquina para hacerlo, pero sobre mí está pendiente todo el peligro de que me la quiten y me desarmen”, escribió Revueltas a su amiga Omega Agüero.

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Enfrentaba acusaciones de sedición, asociación delictuosa e incitación a la rebelión, entre otros cargos que buscaban responsabilizarlo de manera ejemplar por la movilización social.

En febrero de 1969, terminó el cuento El reojo del yo y tomó un montón de notas, cartas, crónicas y apuntes dispersos que con el tiempo terminaron compilados en los libros México 68. Juventud y revolución (1978) y Las evocaciones requeridas (1986).

José Revueltas recuperó la libertad en mayo de 1971, bajo la figura de libertad bajo palabra. Había pasado más de dos años en Lecumberri. “El maestro Revueltas estaba increíble, lleno de luminosidad, hermoso. Sus ojos adquirieron allí una luz benigna y sabía que la conservaron hasta que murió. De Lecumberri salió muy deteriorado, y nunca se recuperó”, escribió José Agustín sobre su encuentro con Revueltas en Lecumberri, narrado en su libro El rock de la cárcel.

Su última aparición pública ocurrió el 2 de febrero de 1976, durante la ceremonia en que trasladaron los restos de su hermano, el compositor Silvestre Revueltas, a la Rotonda de las Personas Ilustres. José, ya enfermo, asistió al homenaje oficial.José Revueltas exploró la culpa el poder y el deseo

El 14 de abril de 1976, internado en el Instituto Nacional de Nutrición, sufrió dos infartos y entró en un estado crítico del que ya no saldría. Su hermana Consuelo declaró que, para la familia, José estaba prácticamente muerto desde días antes. No fue una muerte repentina, sino el desenlace de un cuerpo exhausto.

Horas después, estudiantes, profesores, intelectuales y antiguos dirigentes del movimiento del 68 lo despidieron en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Las notas periodísticas hablan de un homenaje marcado por los aplausos, las guardias junto al féretro y una emoción política que no se había apagado.

Esa memoria parecía volver a unos metros de su féretro: “Compañero José Revueltas, venceremos”. Luego, alguien colocó un ramo de rosas rojas sobre el ataúd y se entonó La Internacional.

Su funeral fue, como su vida, una escena de confrontación política, de afecto colectivo y de lealtad a los vencidos. “La realidad siempre resulta un poco más fantástica que la literatura”, escribió Revueltas.

A medio siglo de su muerte, leerlo es un ejercicio de confrontación. Su vida y su obra permanecen ahí, desafían y recuerdan que la literatura también puede ser una forma de resistencia y conciencia crítica.

A 50 años del deceso de José Revueltas, la Secretaría de Cultura articula una serie de actividades que revisitan su obra desde distintas disciplinas, lo que confirma su vigencia como una de las figuras fundamentales del pensamiento crítico.

La secretaria de Cultura, Claudia Curiel de Icaza, señaló que recordar a José Revueltas a medio siglo de su muerte es volver a una obra que sigue interpelando al presente por su lucidez crítica, su compromiso con la verdad y su capacidad para pensar las tensiones de la vida pública, la creación artística y la justicia social.

“José Revueltas ocupa un lugar fundamental en la cultura mexicana porque hizo de la escritura, del cine y de la reflexión una forma de mirar de frente las contradicciones de su tiempo. Su legado no reside solo en la fuerza literaria de sus obras, sino en la congruencia de una vida que nunca separó el pensamiento de la responsabilidad ética”, añadió la secretaria Curiel de Icaza.

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