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Sade dirige a Woody y a Lady Gaga

Todo comenzó una noche en la que el director oriundo de Nueva York no podía conciliar el sueño, había quedado atónito al ver a la Gaga

Nadie sabe cómo Lady Gaga fue a parar a las inquietas manos de Woody Allen.

Todo comenzó una noche en que Woody no podía conciliar el sueño, había quedado atónito al ver un par de videos de la Gaga, uno en que la chica glam viste inescrupulosamente, con un atuendo hecho de carne de bife de chorizo y del marmoleado ribeye, y otro en que la portentosa cantante, en pleno furor del concierto, se arranca la falda y quedando en calzones se lanza a su público con desparpajo.

Esas visiones le crispaban los nervios, más que cuando la hija adoptiva de su esposa, Soon-Yi, de 21 años, le metió la mano dentro de la bragueta en la comprometedora oscuridad de una sala de cine, cuando ya llevaban tiempo saliendo juntos a petición de su esposa, Mia, para limar asperezas. La niña odiaba a Woody y también de paso a Mia, con la que ambos tenían pleitos.

El tema es que después de llevar casi un mes saliendo a mirar partidos de baloncesto, donde tomaban cerveza y comían nachos con guacamole; de ir a los museos donde Woody le explicaba todo sobre el arte contemporáneo y una que otra anécdota erótica de algún atormentado pintor, e ir al teatro y al cine, justo en esa provocadora oscuridad citada ya el vínculo entre los dos fue más fuerte que el de padrastro e hija, él no pudo aguantar más y la besó en la boca.

Esa noche tampoco pudo dormir. Pero regresemos al tema y a la obsesión de Woody con la chica Gaga. Hacía meses que al director oriundo de Nueva York no dejaban de acecharle los 120 días de Sodoma, el Marqués de Sade atizaba la libido en el hipotálamo del cineasta, todo bajo una obsesión freudiana como para morir axfixiado por el culo de la también neoyorquina Gaga. Así pensaba morbosamente el cineasta, que había enviado una carta membretada a la cantante en la que la invitaba a un casting privado en el sótano de un castillo abandonado.

–Sólo estaremos los tres: tú, yo y el Marqués… ¡ah, y mi clarinete!

La Gaga se emocionó mucho, aunque conocía de las mañas del cineasta y la provocativa iniciativa de Sade. Nunca dudó de la perversidad del clarinete.

Ambos acudieron puntuales a la cita con el Marqués.

Había unos trajes sados, cuerdas y látigos de diferentes calibres. La Gaga, ya trepada en altísimas botas de charol hasta las piernas y una trusa del mismo material que le desnudaba los glúteos, se colocó los grilletes; a Woody no dejaban de temblarle las manos cuando la amarró de pies y muñecas a las húmedas paredes del castillo mientras desde el fondo, como orquesta improvisada de jazz, el Marqués de Sade pretendía dirigir la orgía.

Ya con el traje color carne puesto y el látigo jugándole en sus ansiosas manos al dar los primeros azotes a una grupa que ni se inmutaba, Woody empezó a sudar a mares y de súbito se percató de que había olvidado el clarinete en el yellow cab. Estaba a punto de salir corriendo con su peculiar atuendo, incluido un suspensorio de cuero con picos punk, pero al sentir una comezón testicular se le refrescó la memoria, sacó el instrumento y comenzó a tocar algunas desentonadas notas.

La Gaga meneaba los glúteos a ese desafinado ritmo y comenzó a cantar, primero con sonidos guturales semejantes a los de un pájaro herido, hasta entonar una canción de Tony Bennett. Woody no pudo soportar y se tapó los oídos como si esa canción le perforara con intención erótica sus temblorosos tímpanos. La canción lo hizo despertar de su húmedo sueño, empapado en sudor miró cómo Soon-Yi  estiraba el brazo desde su cama al buró contiguo para apagar esa melodiosa alarma del despertador de su celular, al lado del grande y grueso volumen La interpretación de los sueños, de Sigmund Freud, “el libro preferido de Woody”.

–Pero qué mierda, es domingo y se te olvidó desprogramar la alarma de entre semana, Yin –dijo bostezando–. Diablos… y Tony no estaba invitado en esta orgía.

–¿Quién? Ya duérmete –le dijo Soon, en estado de sopor.

Woody ya no pudo conciliar el sueño. Se levantó con su piyama de franela a rayas y se dirigió a la ventana para contemplar el espeso jardín, el vapor que salía del suelo en las calles de Manhattan y que solía hacerlo conciliar el sueño como si de un soporífero gas se tratara.

–Y así es la vida, siempre llena de deliciosas ironías.

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Ilustración: Manjarrez
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