Para Alejo y Michelle
París/Venecia. Es el verano de la consagración del artista argentino Leandro Erlich en Europa: París le rinde homenaje con una magna retrospectiva en el Grand Palais, mientras que la Biennale de Venecia también lo distingue con una exposición más íntima, de esculturas y otros de sus objetos conceptuales en el histórico Negozio Olivetti, una galería en plena plaza de San Marcos.
Un double play al que pude asistir en fechas recientes y que consagra a Erlich ante el gran público, aunque en realidad su nombre y sus ilusiones surrealistas, sus juegos de espejos y otros trampantojos (o trompe l’oeil) se conocen desde hace más de dos décadas en el ambiente del arte contemporáneo.

Desde 2001, cuando representó a Argentina en la 49 Bienal de Venecia, la misma que tuvo como presidente del jurado al curador y crítico de arte mexicano-senegalés Ery Cámara, quien fue el primero en hablarme de las instalaciones alucinantes de este artista nacido en Buenos Aires en 1973.
Erlich presentó en aquella Biennale una de sus obras más emblemáticas, Swimming pool, una falsa alberca dividida en dos espacios, superior y exterior, divididos por una capa de agua contenida dentro de dos láminas de cristal de acrílico, lo que da la ilusión de ver a la gente respirar y caminar debajo del agua. Una obra de arte inmersiva que se encuentra en el Museo de Arte Contemporáneo de Kanazawa (Japón), y que por razones técnicas y financieras no pudo ser montada en el Grand Palais.

Pero no cabe lamentarse: Erlich tiene muchas otros trucos e ilusiones en la chistera. Su retrospectiva, la primera en París, ofrece al visitante una óptima selección de la singular y muy radical obra de este creador de mundos alternativos. Están sus instalaciones más conocidas, así como nuevas creaciones, maquetas y planos de ingeniería necesarios para levantar estas instalaciones, algunas de ellas de muy grande formato.
Desde la primera sala, el visitante empieza a perder la orientación, porque de eso se trata con Erlich, de perderse en su mundo sin pies ni cabeza, con la instalación titulada Port of reflection (2014): una noche artificial, un muelle al que están amarradas tres lanchas de colores de fibra de vidrio que ondulan sobre aguas que no existen, pero que, sin embargo, se mueven y reflejan la imagen de las lanchas, que parecen suspendidas en el tiempo y el espacio. Reflection, como el reflejo de las lanchas, pero también como la reflexión a la que esta pieza nos invita: ¿y si todo lo que vemos no fuese más que una ilusión?

Lo que sigue son otras quince instalaciones; uno va de sorpresa en sorpresa, atónito de ver la manera en que Erlich transforma la realidad.
Como en la ¿videoescultura? titulada The View, un homenaje a la película Rear Window (La ventana indiscreta), de Alfred Hitchcock. El artista transforma al espectador en un voyeur al incitarlo a observar a través de las persianas de una ventana la vida privada de los habitantes del edificio vecino: la vida cotidiana de la clase media bonaerense –fiestas, discusiones, un robo, una sesión de modelaje, alguien haciendo yoga, otro viendo la televisión, y toda la variedad de anécdotas que ocurren en cualquier inmueble de departamentos. Nos convertimos no tanto en espectadores, sino en espect-actores, como lo define el neologismo del propio Erlich.

La retrospectiva continúa con instalaciones laberínticas, como Elevator, Changing Rooms o Infinite Staircase, en los que el espect-actor se enfrenta a su propia imagen multiplicada al infinito en un perturbador juego de espejos. El efecto provoca vértigo. Las cabinas del elevador, el probador de ropa, las escaleras se transforman en un dédalo salido de la imaginación de Jorge Luis Borges.
Pero si de juego de espejos se trata, la enorme instalación titulada Bâtiment (Edificio) es el non plus ultra de Erlich, su obra más popular y significativa, y la que cierra la retrospectiva en el Grand Palais.

Creada en 2004 en París, presentada ya en Londres, Shanghái, Sídney, Montevideo, Houston y Donestk (Ucrania). En cada una de estas ciudades, Erlich ha elegido una fachada típica del lugar y colocado un espejo de grandes dimensiones por debajo del frontispicio del edificio ilusorio; los espec-actores se sientan en el techo, se cuelgan de los balcones: actos performativos que desafían las leyes de la realidad y de la gravedad. Algo increíble: Erlich entiende el otro lado de las cosas, de lo real y de lo imaginado, su arte es un juego del revés.
Leandro Erlich transforma al espectador en un voyeur
Me volví a topar a Leandro Erlich a los pocos días en Venecia, adonde asistí a la Bienal de Arte Contemporáneo. Luego de ver tantas instalaciones pretensiosas e incomprensibles, fue refrescante entrar al Negozio Olivetti y contemplar nuevamente sus piezas lúdicas y divertidas. Pero esta vez en un entorno íntimo: la pequeña galería de dos pisos diseñada por el gran arquitecto italiano Carlo Scarpa (1096-1978) para el industrial Adriano Olivetti, en una esquina de la plaza de San Marcos.

Híbridos es el nombre que ha dado a esta exposición, como para subrayar ese aspecto de su obra. Se trata de una veintena de esculturas, muchas de ellas inéditas, que fusionan elementos orgánicos y artificiales: una nube multidimensional atrapada entre láminas de vidrio con forma pez ¿o es tal vez un pájaro?, una máquina de escribir (Olivetti, por supuesto) que emerge de la arena, mariposas con alas que adoptan la forma de orejas, árboles que terminan en pies humanos, brazos humanos que se entrelazan cual serpientes.
Están también las maquetas de dos de sus instalaciones esenciales: dos casas que, de nueva cuenta, juegan con la percepción de la realidad: Maison Fond, una casa que se derrite, expuesta frente a la Gare du Nord en París en 2015, y que es un comentario sobre el calentamiento global; y Pulled by the Roots, montada en la ciudad alemana de Karlsruhe en 2015, y que es otra casa, está suspendida en el aire por una grúa y cuyos basamentos han sido reemplazados por raíces; Elrich ha querido significar aquí “la relación entre la tierra bajo nuestros pies y la red de vida que sustenta nuestra vida cotidiana”.

Macroexposición en el Grand Palais de París; miniexposición al margen de la Bienal de Venecia: un verano redondo para Leonardo Erlich, que se convierte, junto a la genial francesa Sophie Calle, en mi “instalador” preferido.
El @MUNALmx ofrece una nueva lectura de su colección con la exposición ‘Arte y visualidad’https://t.co/w0X2hrc52D
— Fusilerías (@fusilerias) July 11, 2026