Al llegar a la mitad del recorrido por la 61 versión de la Bienal de Venecia de Arte Contemporáneo (del 9 de mayo al 22 de noviembre), prosigo los apuntes de mi visita al evento con el primer dato de que no hay ningún artista mexicano entre los 111 de todo el mundo y 15 latinoamericanos elegidos para la exhibición de autores individuales con sede en el Arsenal.
En la sección de los pabellones nacionales, situada en la otra sede de la Bienal, I Giardini (Los Jardines), México sí está modesta pero dignamente representado con la instalación neoindigenista ideada por el dueto RojoNegro, de nombre Actos invisibles para sostener el universo, a la que me refiero en la siguiente entrega de esta serie.

Me extrañó la ausencia de México, supuesta potencia en el campo del arte, los textiles y el artesanado folclórico, en la selección individual que hizo la curadora camerunesa Koyo Kouoh, que murió un año antes de la inauguración de la Bienal. Tal vez no le alcanzó el tiempo para visitar México y conocer a sus artistas, tal vez no encontró algo que se correspondiera con el tema que eligió para la Bienal: In minor keys, una invitación a bajar el volumen del mundo, atender a sus frecuencias menos ruidosas, respirar hondo y sentir las vibraciones…
El caso es que el equipo curatorial que prosiguió con el proyecto de Koyo no incluyó a mexicano alguno.
Lo más cercano al arte moderno “mexicano” es el de la chicana queer Guadalupe Rosales, de origen familiar zacatecano-michoacano, pero nacida y criada en East LA, como Dios manda. Su tema es la contracultura chicana, el cholito art que empezó a documentar desde los años noventa en fotografías, videos, murales y toda clase de objetos.
Rosales se dio a conocer primero en el colectivo Aztek Nation y luego en su cuenta de Instagram, Veteranas and Rucas, alimentada por las fotos y memorabilia que le envían sus propios seguidores, que son 271 mil. Aquí estuvo en el Museo del Chopo en 2020.
Lo que expone en Venecia es una summa de sus archivos personales, de fotografía y video, pero también de llaveros, polaroids, portadas de revistas, actas de defunción y calificaciones escolares, cartas de amor y cartas postales, playeras, gorras de beisbol, bandanas de las gangs, flyers de fiestas de la subcultura rave de los años 90 en LA, todo prensado entre vidrios que flotan sobre espejos en el suelo. Tzahualli: mi memoria en tu reflejo es el nombre de la instalación, “tzahualli” significando “telaraña” en náhuatl. A cada quien sus conclusiones…

También me guiñó el ojo como visitante latino-mexicano la instalación de la artista chamana y activista proindígena y peruano-amazónica Celia Vázquez Yui, titulada El Consejo de los Espíritus Madre de los Animales, expuesta aquí sobre una plataforma con unas sesenta esculturas cerámicas policromadas zoomorfas (jaguares, venados, armadillos, caimanes, capibaras, pirañas, changos, anacondas y más). Un bestiario fantástico: el futurismo indígena da la mano al arte precolombino, inca y olmeca, para dejar un mensaje ecológico sobre extinción de las especies… creo.
La instalación se encuentra en un lugar privilegiado, en la rotonda de entrada del pabellón central del Arsenal. Y es que la composición visual es espectacular. Justo detrás se encuentra una de las obras sin duda emblemática de esta Bienal, también de una artista latina: la cubana radicada en Nashville María-Magdalena Campos-Pons con su Anatomy of the Magnolia Tree for Koyo Kouoh and Toni Morrison (2026).
Recorrido por la 61 versión de la Bienal de Venecia de Arte
#BiennaleArte2026 | Partecipazioni Nazionali
India
GEOGRAPHIES OF DISTANCE: REMEMBERING HOME
ArsenaleVisita #InMinorKeys a #Venezia fino al 22 novembre!
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La instalación de ocho paneles monumentaliza a la difunta curadora y a la escritora, primera mujer negra en ganar el Premio Nobel de Literatura, que de cierta manera sirve de madrina para una Bienal cargada en número, supongo que por la nacionalidad camerunesa de Kuouh, hacia la negritud: además de los 13 países representados en los pabellones, hay una gran mayoría de africanos y afrodescendientes, alrededor de 30, en la exhibición de artistas individuales en el Arsenal.

Volviendo a los latinoamericanos, también me llamó la atención el salvadoreño radicado en Nueva York Guadalupe Maravilla y sus esculturas de la serie Disease Throwers (Lanzadores de enfermedades), tejidas con cuerdas de plástico de sillas estilo Acapulco, que a su vez se inspiran en las hamacas mayas. Incorpora su mitología personal con objetos encontrados a lo largo de las rutas de migración que recorrió de niño, en 1980, cuando huía de la guerra civil salvadoreña.

El latinoamericano más llamativo es el chileno Alfredo Jaar y su monumental instalación El fin del mundo, que no es más que un cubo de cuatro centímetros, compuesto por diez de los minerales más disputados y extraídos del mundo (como el cobalto y el litio). La cosa es que el cubito se encuentra en el medio de un gran salón iluminado por luz roja, una catedral de luz. Reflexiona así sobre la extracción de los recursos del planeta y su impacto político, en especial “los metales raros” de los que tanto se habla últimamente.
Otros latinoamericanos que me interpelaron: el afrovenezolano Álvaro Barrington, con su multicolorido camión de carga intervenido Labour Day Parade, que condujo desde Londres, donde radica, hasta Venecia. Y la colombiana Carolina Caycedo, con sus grandes tapices político-feministas. Así un poco de la presencia latinoamericana en la Bienal de Venecia…
