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Andrés Cota, un naturalista de hoy

El escritor mexicano ha contado sus experiencias con la vida itinerante alrededor del mundo, su devoción a los animales y su intento por criarlos en cautiverio

Soñamos, ¡pero tan descuidadamente, tan al ahí se va! “Quisiera ser un pez”, dice este o aquél. Pero si el malévolo destino lo convierte, a uno, en un guppy, cualquiera se sentirá desilusionado. Pero, ¿no fue justo eso lo que había deseado? Peor aún serían los peligros relacionados con aquellas pasiones del hombre civilizado que añora el paraíso perdido de la naturaleza salvaje. “Me gustaría despertarme en Ruanda en los sesenta del siglo pasado”, pensaría alguien inspirado en los trabajos de Dian Fossey, Jane Goodall o Birutė Galdikas; imaginándose que con desearlo basta.

Que muy despreocupadamente desembarcaría, ¿cómo no? en las montañas Virunga, que con un desplazamiento corto se podría pasar a admirar en su hábitat numerosas especies de la vida salvaje, o que después de trabajar temporalmente como cuidador en un zoológico se puede uno ir de expedición a Camerún o Guyana. Otros más aventurados pueden confiar en su conocimiento enciclopédico sobre la flora y la fauna de alguna región, supongamos el Sudeste Asiático, y habiendo leído cómo evitar ser devorado por un animal salvaje se dispone —con la ayuda de algunos guías— a redescubrir el rinoceronte perdido de Borneo.

En cambio, inesperadamente, cualquiera de los viajantes comienza a sentirse agobiados con los primeros problemas a los que se enfrentan sus empresas, para empezar a la sombra la humeante jungla se encuentra a temperaturas insospechadas. Este es el verdadero mundo perdido. Temperaturas abrasadoras, acantilados agrestes, volcanes indómitos. Debe haber una confusión, piensa otro más, al tiempo que observa una embarcación dilapidada que durante los siguientes días se convertirá en su barco.andres cota

Acostado en una hamaca adaptada en la barcaza oxidada el aspirante a naturalista atestigua como los volúmenes que lo acompañan comienzan a deteriorarse rápidamente por el aire del mar, la gota que derramará el vaso la brinda el viento que se lleva varias páginas de su rara edición de El origen de las especies. El viajante no tardará mucho tiempo en reparar en que se muere de hambre, que el calor asfixiante supera los cuarenta grados centígrados, que el agua potable hace mucho se terminó, que sus extremidades están cubiertas de sanguijuelas, sin mencionar que no hay un espacio de piel en los brazos que no haya sido picada por mosquitos.

No soy un escritor experimentado, ni este el argumento de una novela, por tanto, no tengo la mínima obligación de intentar sacar a ese impertinente explorador de ahí. Basta con decir que ahora está sentado en su casa, junto con algunos especímenes de ofidios que decidió criar en cautiverio para vivir otra experiencia. El aprendiz de herpetólogo ahora se pone creativo, por lo menos así se lo hace saber a sus especímenes —de entre las cuales se encuentra una pitón albina— y dado su aparente grado de docilidad comienza a tomar menos precauciones al manejar especímenes de tal envergadura —por lo menos cuatro metros de músculos escamosos— y el exceso de confianza culminó en un brazo rodeado y apretado con fuerza por un pitón burmés de poco más de veinte kilogramos de peso.

Todos estos amantes de la naturaleza se encuentran y desencuentran con experiencias de lo más pintorescas con la flora y fauna más diversa. Cocodrilos de río —una de las especies más grandes del mundo— que reclaman la sala de su casa, ataques y persecuciones de leones marinos celosos y muchas desventuras más. Cada uno de ellos, como puede, logra escapar. Todos ellos pueden considerarse afortunados si no desaparecen en sus intrépidas aventuras. Cojeando, con unos buenos raspones y algunos moretones, regresan a su hábitat, la ciudad, y compran el libro por el cuál debieron haber empezado: Fieras familiares (Libros del Asteroide, 2022).

De la mano de Andrés Cota Hiriart, el autor, nuestros aprendices de naturalista comienza a recuperar el equilibrio necesario entre la cartografía de fracaso y las problemáticas que rodean a los ilustrados que practican la botánica, la zoología, la mineralogía e incluso la astronomía.

Finalista del Primer Premio de No Ficción Libros del Asteroide, Fieras familiares es un proyecto sobre animales y su relación con el ser humano. Es la crónica como terapia de choque: un álbum con cientos de historias, todas obtenidas de la memoria del biólogo mexicano Andrés Cota su autor, muchas de las cuales trazan la relación que el ser humano mantiene con las especies que lo rodean.

El libro comienza con la más temprana infancia y los yerros, las anécdotas de los traspiés del aprendiz de biólogo con serpientes, cocodrilos, camaleones, axolotls y su preocupación por construir una unidad de manejo ambiental en la casa familiar y concluye con las crónicas de los viajes del autor por las Islas Galápagos, Guadalupe, Malasia o Indonesia en busca de especies tan diversas como: leones marinos, orangutanes, dragones de Komodo o tarsios.andres cota

Entre la anécdota, la crónica y el dato científico, el lector emprende una interesante aventura a través de especies amenazadas, protegidas y otras extintas: los alrededores del lago de Pátzcuaro, pitones de más de 20 kilogramos de peso, escorpiones, temperaturas abrasadoras, acantilados agrestes, volcanes indómitos, embarcaciones dilapidadas que sirven de transporte y hogar por semanas, objetores de conciencia, guías de turistas, labores de restauración ecológica, estaciones biológicas. A la vez que emocionante, es penoso repasar varias de las páginas de Fieras familiares, en especial las que se refieren a la falta de conciencia del mono desnudo —como el autor llama a la especie humana— y su resistencia a aprender y valorar las especies que lo rodean. Pero sin duda las páginas más importantes del libro, se tratan, sin embargo, de una impresión engañosa.

Si bien Fieras familiares se trata de una considerable cantidad de apreciaciones sobre la naturaleza, muchas de las cuales pueden adjudicarse al propio autor, Cota firmó también un libro de ensayos acerca de su relación con naturalismo, un territorio en el que se le considera una voz autorizada después de la publicación de un quinteto de libros sobre el tema. Uno de los mayores aciertos de este libro es su renuncia a conformar un tratado de zoología. El otro es una voz más cercana a la de un confidente que a la de un crítico, y acaso esa falta de presunción —esa invitación a leer— es la que otorga una mayor autoridad a quien escribe. Con este divertido e inefable libro, Andrés Cota se convierte en uno de los intelectuales y naturalistas más apasionantes de su generación.

Tras su publicación, Fieras familiares, mal que bien, muestra a cualquier aspirante a naturalista —de la mano de un exhaustivo repaso de los fracasos, antes que de los triunfos, del rebelde e impulsivo zoólogo Andrés Cota— como los científicos, que practican las ciencias naturales en distintas épocas, se enfrentan a expediciones extremadamente difíciles, a territorios desconocidos en los que se ven inmersos en situaciones tan inverosímiles, tan peligrosas, que en lugar de seguir adelante la mayoría de los viajantes inexpertos preferirían dar la vuelta.

Junto con Gerald Durrell, Douglas Adams, Konrad Lorenz, Redmond O’Hanlon o Mark Carwardine, el biólogo mexicano se atreve a contar la relación que existe entre el ser humano y los insólitos animales que lo acompañan desde el comienzo de los tiempos y retrata a una generación a la que, sobre todo, le preocupa en entorno que le rodea.

Cuando los personajes de Fieras familiares, comiencen a ganar y agradar a sus lectores, muchos críticos se referirán a él con el mismo respeto con el que se refieren a Dian Fossey, Gerald Durrell, Douglas Adams, Konrad Lorenz o Redmond O’Hanlon, por su preocupación por la fauna en peligro de extinción, pero también por esa forma de narrar el estudio del comportamiento animal como la más experimentada de las literaturas.

Extraordinariamente bien pensada y —sobre todo— bien escrita la obra en cuestión —pasará por la óptica del tiempo— recordando a los lectores que “que una especie tienen sentido solo en correlación con el resto, está constituida por tanto por sus individuos como por las interacciones con otros seres vivos y con su entorno”. En Fieras familiares aparecen, memorias, anécdotas, preguntas, reflexiones, comentarios, preocupaciones, una autentica obra maestra que describe las aventuras y desventuras de aquél novato Andrés Cota.

La primera reacción del lector que escribe estas líneas al enfrentarse al libro fue de sorpresa, escarbar en el pasado del escritor y percibir que es tan contemporáneo como lo que contaron los Fossey, Durrell, Adams, O’Hanlon o Lorenz y otros varios más que exploraron un mundo en el que no figuraban y resistieron a veces padeciendo pequeños infiernos y en otras ocasiones casi rozando el cielo y con sus libros todos estos naturalistas describieron el momento. Todos ellos construyeron un género narrativo y, tras ser publicados, todos ellos gritan —incluyendo al mexicano— al unísono: “el creer que la naturaleza es inagotable constituye un error ampliamente difundido” y rápidamente todos advierten: la naturaleza no es algo que se toma, se maltrata y se arroja.andres cota

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