Avándaro: Nomás milando…

Hubo quienes consideraron que el Festival de Rock y Ruedas contaba con el aval gubernamental para “envilecer a las juventudes” y desviarlas-de-sus-ideales-de-cambio
Serafo, Ni atención prestas

En 1971 la UNAM abrió las puertas del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) y muchos tuvieron posibilidad (uno entre ellos) de ingresar al bachillerato sólo por esa acción. De lo contrario, hubieran ingresado a las filas del desempleo, a la espera de alguna oportunidad laboral, con seguridad mal pagada debido, entre otras causas, a no contar con capacitación para el trabajo y a la saturación de las escuelas preparatorias dependientes de la máxima casa de estudios.

El presidente de la república, Luis Echeverría, echaba campanas al vuelo por su “apertura democrática”, y el regente Alfonso Martínez Domínguez —señalaron los medios de la época— capacitaba a los paramilitares Halcones entre los pantanos aledaños al aeropuerto capitalino, zona hoy conocida como la Cuchilla del Tesoro.

Los egresados de la escuela secundaria recibieron jubilosos al cartero con la ansiada carta de aceptación para el ingreso a la UNAM, lo que significaba la oportunidad de estudiar para, ilusos, ascender en la escala social. Acudiero a inscribirse en lo que sería el plantel Azcapozalco, ubicado en la avenida Parque Vía  del entonces D.F. Así lo hicieron y los primeros edificios, prefabricados, se erigieron entre maizales y magueyales, frente al casco del ex hacienda de El Rosario.

Iniciaron los cursos (¡sin uniforme ni corte de pelo obligarorio!), las primeras amistades, y con ellas comentaron el anuncio de que en septiembre se llevaría acabo el Festival de Rock y Ruedas en las inmediaciones del poblado mexiquense de Avándaro.

Jeans ajustados

Uno se empleaba por las tardes como “ceniciento” (mozo encargado de la limpieza) en una residencia que era a la vez sala de exposición de muebles estilo, en la calle Mar Mediterráneo, muy cercana a la estación del Metro Tacuba. Y si no chambeaba uno, no habría los ingresos necesarios para trasladarse a la escuela y el trabajo. Simón, así era la cosa, y nel: aún duele no haber asistido al Rock y Ruedas.

En Radio Éxitos, Radio Capital y la Pantera de la Juventud — emisoras que transmitían rock’n roll en inglés— se promocionaba el evento, y en los patios y pasillos del CCH jóvenes jipiosos (larga cabellera, camisas floreadas y jeans ajustados in house y acampanados) planeaban asistir, temiendo que hubiera provocadores políticos como los hubo el 10 de junio de 1971, reciente, cuando actuó el grupo paramilitar Los Halcones en la matanza del Jueves de Corpus.

Y uno, como el chinito, nomás milando. Imposible contar con los recursos económicos suficientes sin cumplir con las obligaciones laborales. Y las obligaciones laborales restaban tiempo a los pasatiempos. Ilusionaba la presencia de grupos de rock mexicanos, entre ellos el Three Souls in my Mind —antecesor del Tri de Alex Lora— que había dado la bienvenida a los de alumnos de nuevo ingreso (primera generación) en Azcapo, con un concierto que levantó polvareda a golpe de huaraches y botas mineras que calzaban los quinceañeros émulos de los jipiosos norteameriyanquis.

Envilecer a las juventudes

En Avándaro actuarían (luego se supo que Love Army quedó varado en la carretera) Los Dug Dug’s, El Epílogo, La División del Norte, Tequila, Peace & Love, El Ritual, Los Yaki, Bandido, Tinta Blanca, El Amor y el ya mencionado Tri.

Hubo quienes consideraron que el encuentro de Rock y Ruedas de Avándaro contaba con el aval gubernamental para “envilecer a las juventudes” y desviarlas-de-sus-ideales-de-cambio, revolucionarios, masacrados por el grupo paramilitar Los Halcones apenas el 10 de junio del mismo año, allá por los rumbos politécnicos del casco de Santo Tomás.

La verdad es que en casa le educación musical de uno consistió en música ranchera muy del gusto de lo padres; los hermanos, que pronto se incorporaron al mundo laboral, se fueron por la vertiente de la música tropical posteriormente rebautizada como afroantillana; a esas vertientes uno le agregó el rock programado en las emisoras radiofónicas y el que los amigos del barrio intercambiaban en discos de 45 o 33 1/3 revoluciones, más conocidos como LP, long play o de larga duración.

Panza de farol

La ebullición en el plantel de Azcapo con pretexto del festival de rock y ruedas subía de tono conforme la fecha del evento se aproximaba. Juan Lucio, uno de los primeros amigos ceceacheros, animaba uno para asistir al festival; para convencerlo le regaló un toque de mota y un disco que hasta la fecha conserva: Fresh Cream, de Cream o séase Eric Clapton, guitarra; Jack Bruce, bajo, armónica, voz, y Ginger Baker: batería, percusión y voces. (La mota la calcinó oculto en el rincón de los lavaderos, hasta donde la música llegaba con motivos sicodélicos, ¡simondor!).

Uno, con Juan Lucio y el Pancho López, aprovechaba los descansos entre clase y clase para perderse en los magueyales vecinos a la escuela y hurtar el aguamiel y ya entonados, dirigirse al billar de la colonia vecina, pedir bolas y jugar pull hasta entrada la tarde, entre mordisco y mordisco a la torta de huevo con frijoles que todas las madrugadas la mamá le preparaba a uno, “para que no andes con la panza de farol y te concentres en el estudio”, decía. Y uno, sin rubor, la devoraba.

El sentido del deber laboral se impuso, aunque sus hermanos lo animaban a uno a concurrir al festival: hasta una camisa de cuello Mao y un pantalón acampaguado le regalaron, para que hiciera juego con el collar que con una tira de cuero y conchas de ostión rescatadas de basurero de la marisquería del barrio, elaboró para estar a la moda, que se difundía en publicaciones que uni devoraba, como México canta, Pop, Conecte, Piedra rodante, revistas con artículos y reportajes sobre el rock en México y allende las fronteras.

Con todo, no fue posible asistir al evento (porque el hijo de la cocinera donde uno trabajaba como Ceniciento merodeaba para que, en cuanto uno se descuidara, él se quedara con la chamba).

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Vista aérea de Avándaro. Foto: Colección Carlos Monsiváis

Huaraches y botas mineras

Uno miraba con envidia los preparativos de los compañeros ceceacheros que sí concurrirían y ya preparaban sus mochilas de excursionista y se hacían de tiendas de campaña para lanzarse al gran evento y se armaban con hules para protegerse de la posible lluvia y adquirían latas de sardina y bolillos, y entre los calcetines oculto el toque de moix para mejor captar las vibraciones, el ambiente de peace & love y hermandad y…

Y uno nomás milando. Aunque con el Pancho López, vecino y compañero de grupo con el que regresaba desde el CCH hasta el barrio, se consolaban difundiendo que no irían al concierto porque escucharían rock neto, de verdad y no el de los “grupillos” (nótese el resquemor) que allá se daban cita.

Y así lo hicieron, pues el Pancho López cada mes recibía paquetes que sus hermanos, de oficio carpinteros y establecidos en Pico Rivera, California, mes tras mes le hacían llegar:  eran las novedades discográficas de los grupos de rock más destacados a nivel planetario.

Sin embargo, sabíamos que al día siguiente del festival avandaradeño no podríamos participar en la plática de los compás de huaraches y botas mineras. Luego nos enteraríamos cerca de la  lluvia que cayó, de la muchacha que se desnudó, del ambiente buena onda que allá se formó, de la nube del humo de la mariguana que se fumó, y no hubo más que resignarse a no ser testigo de lo que por allá aconteció y que tanto dio para estigmatizar a los asistentes desde los medios, la tele principalmente…

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Boleto del festival musical de Avándaro.
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Jóvenes en Avándaro. Foto: MTY Rock
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