Tan lejos del sentido común… tan cerca de la inteligencia artificial
Entre los placeres que acompañan mi vida está conducir. La idea de manejar un automóvil me ilusionaba desde que era niña, quizá por ello prefería jugar con carritos antes que con barbies o en la feria elegir subir una y otra vez a los carritos chocones.
El gusto por esta actividad cada vez más estresante no ha menguado a pesar de la multiplicación de motocicletas y largos tiempos perdidos en la ciudad a causa del tránsito; lo disfruto más allá de los momentos en los que la paciencia se desborda, tal como ocurrió hace un par de días cuando, repentinamente, el auto de adelante se detuvo sin más, su acción generó que quienes veníamos detrás frenáramos de inmediato agradecidos por haber dejado el espacio requerido para evitar un impacto.
En segundos fue claro que el motivo de tal reacción se debió a que al sujeto al volante se le ocurrió aparcar ahí sin encender las intermitentes y orillarse, cual debiera ser.
Sobra explicar lo mucho que me enfureció tal suceso, pues si el sentido común aplicara hubiese bastado con emplear de manera oportuna las intermitentes, es decir, con apretar un simple botón ese hombre pudo informar que frenaría y con ello evitar que los demás conductores padeciéramos un susto innecesario.
Minutos después de pasar por tan desagradable evento reflexioné a propósito de una dinámica que apliqué en clase con mis alumnos de Liderazgo, organizamos un debate sobre uso de la inteligencia artificial (IA) en la formación académica, diversos fueron los argumentos a favor y en contra.
No obstante, dada la experiencia matutina cavilé sobre lo complejo que resulta dimensionar el factor humano frente a la llegada de herramientas producto del desarrollo tecnológico, en tanto, si algo comparten el automóvil y la IA es su aparición a consecuencia de grandes transformaciones, con el objetivo de generar beneficios y mejorar nuestras vidas. Sin embargo, cada día resulta claro que su empleo evidencia las francas limitaciones de quienes las usamos.
El automóvil no es precisamente una tecnología reciente, se remite a finales del siglo XIX cuando Carl Benz patentó en 1886 su vehículo de tres ruedas motorizado de combustión interna; los transportes con motor de gasolina llegarían para quedarse, su presencia creció, transformó ciudades, economías y hábitos.
Paralelamente, su aparición también implicó la estandarización de señales viales cuyo antecedente se remonta a la antigua Roma con el empleo de miliarios o columnas de piedra donde se marcaban distancias, en contraste, el primer señalamiento moderno, emblemático y ya iluminado fue el de Stop con forma de calavera y tibias cruzadas o Totenkopf en la Alemania de 1892.
De inicios del siglo XX datan las primeras señales comunes en Europa como la de curva, intersección o cruce de ferrocarril. Asimismo, la historia de las direccionales en los automóviles refleja con precisión cómo la tecnología suele adelantarse a la sociedad donde se desarrolla, pues cuando el automóvil comenzaba a popularizarse los conductores señalaban sus maniobras con el brazo, un método ciertamente rudimentario, pero necesario en ese entonces y que, por alguna inexplicable razón, actualmente aplica para quienes aún emplean la técnica, quizá porque les resulta más sencillo sacar la mano o pedirle a su copiloto que lo haga antes que activar la palanca de la direccional; a saber…
En 1914, gracias a la inventora y actriz canadiense Florence Lawrence, aparecieron los primeros dispositivos mecánicos de señales desplegables instaladas en los costados del vehículo que indicaban la intención de girar; después, ella misma ideó una señal de freno donde aparecía un brazo mecánico con una señal en la que se leía STOP, ésta se desplegaba cuando el conductor pisaba el pedal de freno; sin embargo, la fragilidad y baja visibilidad de las señales limitaron su eficacia.
Me parece valioso mencionar que ese primer indicador direccional en los autos obedeció a su placer por conducir: “Un coche para mí es algo que es casi humano, algo que responde a la amabilidad, la comprensión y el cuidado, al igual que la gente”. Lamentablemente, pocos de estos principios se practican hoy en nuestro país, poca amabilidad, nula comprensión y cero cuidado por los otros.
El salto tecnológico llegó entre 1938 y 1939, cuando la compañía Buick introdujo el sistema Flash-Way Directional Signal, un mecanismo eléctrico con luces intermitentes inicialmente sólo en la parte trasera; apenas un año después, en 1940, la misma marca incorporó señales delanteras, con ello se inició la estandarización que, durante esa década, llevaría a otros fabricantes como Cadillac y Hudson a adoptar las luces como equipamiento común.
Este proceso consolidó un lenguaje universal de comunicación vial cuya eficacia, no obstante, aún depende —como hace más de un siglo— no de la tecnología en sí, sino de la voluntad humana de utilizarla.
Es claro que la aparición de las direccionales e intermitentes representan un lenguaje, es decir, un principio de comunicación, su razón de ser es la transmisión de intenciones y la reducción de riesgos, su uso correcto puede evitar una parte significativa de accidentes, en tanto, muchos se relacionan con la falta de señalización.
Incluso, hay estimaciones donde se sugiere que hasta un 40 por ciento de los siniestros podrían reducirse si se usaran adecuadamente. Pero, por alguna razón no sé si cognitiva o cultural, en México poco las usamos. Para decirlo de forma directa, no se emplean porque no existan, sino porque su uso implica algo más difícil que la comprensión tecnología, se trata de conducir con responsabilidad.
Empero, cuando de temas de categoría ética se trata la coloquial frase “se pasa por el arco del triunfo”, reluce en evidentes actos como el que padecí y, no lo dudo, sufrimos tantos día tras día.
En contraste, en países asiáticos como Japón o Corea del Sur el uso de las luces vehiculares representa mensajes de cortesía. Es común, por ejemplo, usar las intermitentes como gesto de agra decimiento o advertencia amable entre conductores. Por supuesto, lejos están de aplicar una obligación legal, se trata más bien de un código cultural, una forma de comunicación que reduce tensiones y mejora la fluidez del tránsito. Algo que, curiosamente, sólo requiere respeto e inteligencia social.
Han pasado 140 años desde la aparición del automóvil, esto debiera guiarnos a cuestionar cómo la tecnología, por sí sola, jamás corregirá el comportamiento humano; han pasado décadas de desarrollo de señalizaciones, recomendaciones para la orientación, establecimiento de normas de tránsito, perfeccionamiento de los sistemas de seguridad cada vez más sofisticados.
Aun así, según la Organización Mundial de la Salud cada año muere alrededor de 1.19 millones de personas en accidentes viales en el mundo, de ahí que se le denomine “epidemia de seguridad vial”; esta cifra difícilmente pueden asociarse con la ausencia de herramientas, se vincula con el uso inadecuado e irresponsable de éstas. Es simple deducir que el problema es claramente humano, la evidente y franca carencia de sentido común.
Por si lo anterior fuera poco, existe una categoría particularmente reveladora del ingenio humano: el conductor que, además de ignorar las luces vehiculares, decide operar un vehículo mientras revisa el teléfono móvil.
¿Qué dirían Eugène Ionesco o Samuel Beckett? Se trata de una escena digna del Teatro del Absurdo: una mano en el volante, la otra desplazándose por una pantalla, la mirada dividida entre la carretera y el celular, como si el entorno físico fuera apenas una molestia secundaria frente a la urgencia digital.
Resulta difícil no admirar —con ironía— la confianza implícita en que nada sucederá, en que las leyes de la física harán una excepción personal. Si conducir ya parecía un reto colectivo no resuelto, añadir distracción voluntaria eleva el experimento al nivel de comprobar, en tiempo real, hasta qué punto es posible fallar cuando se cree tener todo bajo control.
Lo anterior, permite afirmar que el actual debate sobre la inteligencia artificial no es novedad, por el contrario, evidencia de manera rotunda la incompetencia humana, pues al funcionar a manera de espejo, multiplica las propias carencias, conductas y descuidos.
A diferencia del automóvil, cuyos errores suelen quedarse contenidos en un espacio físico —una esquina, una carretera, una colisión—, los fallos de la IA pueden escalar globalmente en cuestión de segundos, afectar decisiones, sistemas y personas a niveles aún impensables.
En este sentido, la ironía se vuelve imposible de ignorar, llevamos más de un siglo con automóviles, sabemos o debiéramos saber exactamente qué hacer para reducir riesgos y evitar daños, no obstante, se falla en lo más elemental como usar un simple botón para indicar un alto total o evitar el uso del teléfono móvil al conducir. En paralelo, se sostiene con notable confianza que estamos preparados para gestionar tecnologías mucho más complejas, sistemas que además de ejecutar instrucciones, aprenden, deciden y evolucionan con autonomía creciente.
De manera que la cuestión de fondo no es si la inteligencia artificial puede llegar a ser ética, se trata de si nosotros lo somos para emplearla desde un espacio de consciencia causa-efecto. La historia ya ofreció un ensayo general con el automóvil, los resultados son avances indiscutibles acompañados de fallas persistentes en el comportamiento humano.
Entonces, tal vez, el futuro de la IA no dependa tanto de algoritmos más sofisticados o capacidades técnicas más avanzadas, sino de algo mucho más elemental aún pendiente: aprender, por fin, a convivir responsablemente entre seres humanos y máquinas.
Pienso que en términos simbólicos ello debiera comenzar con el adecuado empleo del lenguaje vehicular a través del uso correcto de direccionales e intermitentes, por no agregar dejar de utilizar el móvil al conducir, respetar los cruces peatonales, los cajones para discapacitados, los límites de velocidad, los semáforos, las filas de las salidas o ingresos a avenidas… en fin, la lista es vasta. Cuando esto suceda habremos dado un paso gigante en términos sociales.
Los hijos de Juan Rulfo se suman al homenaje al autor de la emblemática novela ‘Pedro Páramo’ con una charla en torno a la figura del escritor jalisciense@FILGuadalajara https://t.co/xnJmfwnKKa
— Fusilerías (@fusilerias) April 22, 2026
Sin embargo, el escenario actual parece avanzar en sentido inverso: cada vez nos mostramos más lejanos al sentido común y completamente cercanos a los sistemas de inteligencia artificial capaces de anticipar decisiones, optimizar procesos y acompañar —o sustituir— nuestra propias acciones, mientras simultáneamente nos alejamos de la responsabilidad básica que exige convivir con otros en el espacio más inmediato.
La paradoja es evidente además de inquietante: se aspira a delegar en máquinas tareas complejas cuando se falla en asumir conductas simples; se busca precisión algorítmica sin haber consolidado una ética cotidiana. Si no logramos cerrar esta brecha —si no alineamos nuestra capacidad tecnológica con un mínimo de coherencia humana— la IA difícilmente será una aliada que eleve nuestra convivencia, en cambio, se mostrará como un amplificador de nuestras omisiones. Y entonces, más que un salto evolutivo, habremos construido una sofisticada forma de replicar a mayor escala exactamente lo mismo que hoy hacemos mal: ignorar señales claras, avanzar sin mirar y confiar, una vez más, en que nada pasará.
¿Qué nos queda? Además de aplicar la ya popular frase: “Antes de trabajar en la inteligencia artificial, ¿por qué no hacemos algo sobre la estupidez natural?” En mi caso, durante la paciente espera opté por ampliar mi rezo, mismo que comparto gustosa con ustedes: “Y líbrame de camioneros, automovilistas y motociclistas irresponsables, amén».

