CUENTO | Uno, dos tres…

Él sube los escalones, escuchas cómo sus uñas raspan el pasamanos, se acerca cada vez más, no hay tiempo…

El ruido de la puerta te despierta desde hace tres noches, abres los ojos, ves el reloj… es la misma hora. La sábana parece fundirse contigo. El sudor gélido eriza los vellos de tu cuerpo. No enciendes la lámpara. Él ha pasado la sala, escuchas crujir la madera, exhalas como si fuera tu último aliento. ¡Tienes que escapar!

Tratas de no hacer ruido al salir de tu cama, cubres tu boca con las manos, casi no puedes respirar. Buscas rápidamente la llave que cuelga de tu cuello, aprietas los labios, sabes que es el único escondite.

Él sube los escalones, escuchas cómo sus uñas raspan el pasamanos, se acerca cada vez más, no hay tiempo.

La voz no emerge de tu garganta, te arrastras hacia el ropero, lo abres, buscas entre la ropa. Detrás se halla tu guarida. Encuentras esa puerta que te ha rescatado en dos ocasiones. Tu mano casi no puede sostener la llave, usas la otra para detener el temblor, cierras los ojos, tratas de no llorar… Los pasos se detienen. Él está afuera de tu habitación.

Logras abrir, das un suspiro silencioso, podrás vivir otra noche. Entras en tu escondite, es oscuro, pequeño, te sientas, recargas tu espalda contra la pared, abrazas tus piernas, sumerges la cabeza en ellas. No, no llores, él está frente a tu cama.

Te busca, escuchas su aliento, sus ansias de encontrarte… Se está marchando, sientes alivio, lo has logrado. Está cerrando la puerta de tu recámara, pero algo lo detiene. Se vuelve hacia el ropero. Esta vez cometiste el primer error: descubre el gancho de ropa que tiraste, ¡sabe dónde estás!

Aprietas los ojos, suplicas en silencio, se acerca, buscas la llave en tu cuello, no está, tratas de recordar.

Él gira la llave, trata de abrir, quisieras que la oscuridad cubriera tu cuerpo y él no pudiera verte. Siente tu frío, extiende su mano hacia ti… gritas, no tienes adónde huir.

Escuchas esa voz… uno, dos, tres: ¡despierta!

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