Un lagarto en casa

Ahí estaban las fotos: Jim Morrison, el Rey Lagarto, completamente desnudo, flaco como una profecía, en blanco y negro
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¡Los Beatles no se separan, carajo!, gritó Paul, con el ceño fruncido como un bulldog de Kensington y la voz cargada de indignación escocesa.

No se separan, Paul… ya están separados, dijo John con esa media sonrisa irlandesa, afilada como una navaja de carnicero, mientras acariciaba el hombro de Yoko, quien tejía silencio con los ojos cerrados como si fuera una performance zen de opio. 

Ahí estaba el campo de batalla: Londres, 1970, Apple Studios convertido en un purgatorio de egos y cintas magnéticas. Ringo comía pastel de carne con cara de “yo no fui” y George meditaba entre los amplificadores como si pudiera invocar a Krishna para que afinara el bajo de una vez por todas. 

Paul se sentía como un toro en un salón de té: caballero, sí, pero con las narices rojas y la furia a punto de embestir. Wings fue su grito de independencia… y de necesidad. 

Paul armó la banda como un niño que juega a tener amigos en el recreo. Linda tocaba el teclado. Nunca supo tocarlo del todo. Pero Paul la necesitaba ahí, como un ancla viva, aunque la crítica los llamara “El Circo de los Mediocres”. 

Las giras eran salvajes. Las groupies seguían a Paul como un rebaño al pastor, con brasieres como ofrendas y LSD en forma de gomita. 

Linda Eastman, neoyorkina, fotógrafa, vegetariana prematura y futura musa con acento de Woodstock, había llegado a Londres para capturar la escena, pero terminó capturando al Beatle. Lo vio por primera vez en un concierto en Speakeasy. No el escenario… no la música… lo que le llamó la atención fue su risa. Una risa limpia. Como si el tipo jamás hubiera inhalado ácido ni tenido pesadillas con Brian Epstein en un jacuzzi lleno de contratos. 

Y ella clic-cliqueó su Nikon, ¡y ahí quedó! Paul, iluminado por el sudor y los focos. Suave, con ese tipo de carisma que huele a colonia cara. 

Linda se convirtió en su espejo, en su bastón emocional, su traductora del alma. Y lo retrató como sólo se retrata a los muertos: con amor inmenso y cierta resignación. 

Una noche, en la granja en Escocia, Paul abrió una caja de cartón que Linda había escondido entre libros de cocina vegana y rollos de negativo. No buscaba nada. Sólo un lápiz. 

Pero encontró todo. 

Manjarrez Un Rey Lagarto en la casa

Ahí estaban las fotos: Jim Morrison, el Rey Lagarto, completamente desnudo, flaco como una profecía, en blanco y negro, posando como un dios pagano en la bañera del Chelsea Hotel. Y Linda, su Linda, había titulado una de las fotos a mano: “La Calma Antes del Veneno”. 

Paul sintió el vértigo de lo irreparable.
¿Este… este tipo era tu amigo? —preguntó con voz de niño que descubre que su madre besó a otro hombre antes de su padre. 

 Linda tuvo una especie de flashback. 

Chelsea Hotel, 1968 
Linda sostenía su Leica como una sacerdotisa pagana sostendría una hostia consagrada. El humo de cigarro se enredaba con el incienso barato y los gases de pintura acrílica. Era uno de esos cuartos donde la pared no se atrevía a ser blanca. En la cama: Jim Morrison, desnudo, cubierto apenas por una sábana que olía a bourbon, sudor y piel recitada. Un cigarro colgaba de sus labios como si fuera parte de su anatomía. 

No sonrías, Jim. Piensa en tu infancia… o en tu muerte.
¿Y si sonrío pensando en tu cuerpo, Linda? 

Clic. 

La foto lo capturó así: insolente, hermoso, peligroso como una cornisa durante la tormenta.
Ella lo amaba. No con el amor de los finales felices, sino con el amor de los accidentes de tráfico: breve, brutal, inolvidable. 

Él la acariciaba solo después de que ella le mostraba las fotos.
Tienes un ojo como un bisturí. ¿Sangra todo lo que ves? 

Ella no respondía. Solo encendía otro cigarro y preparaba otro rollo. 

Manjarrez Un lagarto en la casa
Linda y Paul en Wings. Foto: J Summaria CC

Linda fotografió a todos. Clapton, Hendrix, Joplin, Zappa, Tina Turner en bata de baño comiendo Cheerios. Pero con Jim… fue distinto. Él no era solo un sujeto. Era una sombra que vibraba. Cuando lo retrataba, sentía que lo estaba exorcizando. Y él, narcisista terminal, la dejaba hacer como un gato que se entrega al rayo del sol. 

En una de esas sesiones, Janis Joplin la tomó de los hombros, borracha y sudada, y le dijo:
Nena, tú los ves con hambre, y eso asusta. Hasta a los monstruos. 

 Años después, Linda miró a Paul por el visor como si fuera el primer rostro humano tras un naufragio.
No era como Jim. No tenía esa cosa de muerte ambulante. Paul tenía la cara de alguien que aún creía en los cumpleaños, en los atardeceres, en que todo podía 

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mejorar con una canción. 

Cuando ella lo fotografiaba, él se ponía serio, como si fuera a misa. No posaba. Respiraba.
“Me haces sentir como si estuviera en la portada de mi alma”, le dijo una vez. 

Ella colgó la cámara y lo besó. 

Y desde ese día, Paul se volvió su espejo de dos caras: hombre y musa.
Ella le mostró el mundo desde el reverso: sin fans, sin luces, solo con el sonido de las vacas en Escocia y los dedos en el piano.  

—Fue… un sujeto intenso. Lo fotografié. Eso era todo.
— ¿Lo amaste? 

Linda no respondió. Ni negó ni afirmó. Sólo lo miró como se mira a un caballo herido que no quiere que le toquen la pata. 

— ¿Por qué lo guardas? —preguntó Paul con la voz de alguien que se está muriendo por dentro pero todavía sabe sonreír.
— Porque fue real. Y porque nunca se lo mostré a nadie. Ni siquiera a él.
¿Y yo qué soy?
— Tú eres la razón por la que lo guardé… y no regresé. 

Paul tragó saliva. Luego tomó una de las fotos y la rompió. Pero solo una. 

La más bella la guardó en su chaqueta. La llevó con él durante toda la gira de Wings. No como un recuerdo, sino como una herida elegida. 

 Cuando Wings grabó “My Love”, Linda estaba sentada en la cabina con un cuaderno de dibujo. No tenía ni idea de teoría musical, pero Paul componía como si ella fuera el pentagrama mismo. 

La letra fue un exorcismo amoroso: 

And when I go away / I know my heart can stay with my love / It’s understood… 

Lo cantó para ella.
Lo cantó por ella.
Y cuando la banda terminó, Paul no habló. Solo la miró.
Linda le devolvió la mirada, con una lágrima en la comisura y la cámara colgando del cuello como una cruz de guerra.  

Linda lo amaba. Porque lo había visto llorar en el baño la noche en que murió Lennon, solo, en silencio, con una copa de vino y un disco sin terminar. 

Linda_McCartney_1976 Manjarrez Un lagarto en la casa
Linda_McCartney en la promoción de Wings. Foto: Especial

Linda murió en 1998. Cáncer. Ella, tan orgánica, tan libre de hamburguesas y químicos, se fue como se van las cosas puras: sin hacer escándalo. Paul lloró como no lloró cuando se disolvieron los Beatles. No hubo cámaras, no hubo portadas. Solo él, su guitarra, y el caballo que Linda amaba lamiéndole la mano mientras ella se apagaba como una diapositiva a contraluz. 

Años después, en el campo inglés donde la sepultaron, Paul regresó con una guitarra acústica. El aire olía a musgo y lavanda. Había fotógrafos escondidos entre los arbustos, pero él no se molestó. Lo que iba a hacer era para ella. 

Se sentó frente a la lápida, tan simple como una canción folk, y tocó una versión casi susurrada de “Maybe I’m Amazed”. Y al terminar, dejó una foto. Una sola. 

La única foto de Linda. 

Desnuda. 

Sosteniendo una Leica frente al espejo, sonriendo como una muchacha de 20 años en un mundo que todavía no sabe que va a doler. 

Paul regresó al auto. Los fotógrafos no se atrevieron a seguirlo. En la radio sonaba Riders on the Storm. 

Paul sonrió. 

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