Dakota blues Lennon y Yoko dos hippies millonarios

Dakota blues

John y Yoko vivieron en el famoso edificio Dakota, rodeados de vecinos que los miraban como uno mira a los hippies millonarios: con horror y fascinación

Dakota blues

John Winston Lennon, nacido en el gélido vientre del caos británico, llegó al mundo con los ojos entrecerrados y una ceja levantada, como si ya sospechara de la farsa humana. Desde Liverpool hasta Abbey Road, su andar fue de genio en fuga, guitarra en mano, ego a cuestas. Pero no fue hasta que vio a una mujer japonesa, diminuta, con ojos de oráculo y modales de esfinge, que su historia dio un giro: Yoko Ono había llegado para desmantelarlo pieza por pieza.

Se conocieron en una galería de arte en Londres, donde Yoko exponía una escalera que conducía a una lupa colgada del techo. John, subido como un niño entusiasta, leyó la palabra “YES” en letras microscópicas. No supo si reír o salir corriendo, pero algo en su masoquismo emocional lo hizo quedarse. Yoko no lo sedujo: lo absorbió. No era una groupie; era una performance constante. John, criado entre el abandono y la burla, cayó rendido ante alguien que no lo trataba como dios, sino como arcilla.

Desde entonces, John se volvió un proyecto de arte conceptual. Dejaron de ser “él y ella” para convertirse en “Yohnoko”, una criatura siamesa envuelta en sábanas blancas, fumando mariguana en cama durante ruedas de prensa. Lennon, que una vez desafiaba a la Reina con sarcasmo, ahora musitaba mantras y discutía con la tostadora del desayuno si esta era suficientemente pacífica.

Pero, volvamos un poco atrás, mientras observamos la palabra “YES” explotando en slowmotion sobre un fondo de “Tomorrow Never Knows”.

Olor a pachuli, el retumbar de un sitar desafinado, la silueta de Yoko flotando en bata blanca como un fantasma zen, y el crujido de la cerradura cuando Cynthia abrió la puerta. Todo eso al mismo tiempo. Como un mal viaje de ácido. O uno muy revelador.

Habían convertido el salón de Kenwood en un templo improvisado, con micrófonos colgando de lámparas, cables cruzando alfombras, velas hasta en el piano, y Lennon, en bata de seda, tirado en el suelo balbuceando cosas que creía eran letras. Yoko estaba en modo oráculo: grabadora en mano, ojos cerrados, cantando como si invocara a los espíritus de Hiroshima y Liverpool al mismo tiempo.

“No esperábamos a nadie. Mucho menos a Cynthia. No después de la última pelea, cuando lancé una taza contra la pared y ella se fue con Julian sin mirar atrás”. Comentó John en cierta ocasión a May Pang entre tragos, ¡sí, esa asistente!… la del “Fin de semana perdido”.

John dio un sorbo a su Dr. Pepper con escocés y continuó con una frase que heló a May.

Pero las puertas no siempre se cierran para siempre. A veces se entornan lo justo para que entre una tormenta.

¿Qué carajos es esto, John?”, dijo Cynthia desde el umbral, con esa voz suya entre indignada y materna. Más que mi ex esposa, parecía una institutriz interrumpiendo una orgía de arte conceptual que mi ex esposa. Seguía John.

Me senté, o traté. El LSD me tenía como flan. “Estamos grabando… una pieza… espiritual”, murmuré, pasando saliva como quien traga fuego. Yoko no abrió los ojos. No abría casi nada desde hacía días, salvo portales místicos.

¿Y mi casa? ¿Y Julian? ¿Y tú? ¿Quién es esta?

No soy ‘esta’”, dijo Yoko con una calma quirúrgica. “Soy el espejo en el que él se ve sin máscaras.

Dakota blues Lennon y Yoko dos hippies millonarios
Ilustración; Manjarrez

Ese fue el inicio de una sinfonía de reproches. Cynthia gritaba por los años robados. Yoko hablaba de energías femeninas reprimidas. Y yo, continuó John… Yo pensaba en cómo escapar sin salir de la habitación. Me dolía la cabeza. El ácido me hacía ver las palabras como bocas de dragones, y cada reproche era fuego directo a mi culpa.

Probamos de todo ese día. LSD para expandir, mariguana para calmar, un poco de heroína que alguien trajo como quien lleva pan dulce al té. Todo en nombre del arte, del amor libre, de romper cadenas, aunque muchas veces solo queríamos dejar de sentirnos tan rotos.  “Si a veces Pang le hacía de psicólogo.” Proseguía.

Cynthia no entendía. Claro que no. ¿Cómo iba a entender que había dejado de ser un Beatle incluso antes de dejar la banda? Que necesitaba destruirme para reconstruirme. Yoko lo sabía. Ella no me pedía que fuera John Lennon. Me dejaba ser el niño maltratado de Liverpool que aún le temía a los gritos, por eso, a veces, gritaba más fuerte que todos.

Te volviste un imbécil con pretensiones de gurú”, me dijo Cynthia antes de irse otra vez, esta vez sin portazo. Solo cerró suave. Como cerrando una tumba.

Y nosotros seguimos grabando. Porque el dolor, como el arte, no espera. Y mientras mi alma ardía entre las brasas de dos mujeres que me amaron a su manera, yo solo quería una cosa: que todo esto se convirtiera en canción.

Y que la canción me perdonara por ser yo, concluyó

Y vaya que ese romántico long play duró.

John era un niño con complejo de Edipo no resuelto y Yoko una madre de guerra con ambiciones globales. Él la necesitaba para sentirse completo; ella lo necesitaba para entrar en la historia por la puerta principal. El arte y la música eran sus drogas compartidas, pero la disonancia era parte del acto. Yoko gritaba como banshee japonesa en sus discos experimentales, y John aplaudía como si acabara de ver renacer a Mozart en una licuadora.

Vivieron en Nueva York, en el famoso edificio Dakota, rodeados de vecinos que los miraban como uno mira a los hippies millonarios: con una mezcla de horror y fascinación. Su penthouse era un centro de meditación, guardería, estudio de grabación y nido de paranoia. Tenían asistentes, sí, y muchos. John, mientras tanto, pasaba por etapas. Un día era vegetariano macrobiótico; al siguiente comía helado con whisky a las 3 a.m. Le daba por escribir canciones de paz mientras lanzaba ceniceros si la guitarra no sonaba “cósmica”. Su lucha contra sus demonios era más entretenida que su activismo.

John gritaba porque su té estaba “demasiado zen” y a Yoko respondiendo: “Estás proyectando tu karma disonante, John”.

Pero había ciertas reglas que tenían que seguir a pies juntillas los asistentes: “No se podía silbar en lunes, no se podía decir la palabra ‘Paul’, y había un gong que sonaba cada vez que alguien dudaba del arte”.

Yoko tenía ojos en todas partes, y un sistema de control disfrazado de espiritualidad: cada asistente debía firmar un contrato de confidencialidad y armonía universal. Los que no lograban mantener el zen interno eran despedidos entre susurros. “Lo tuyo no es este plano energético, darling”, decía Yoko. Y los asistentes se iban, con lágrimas y un sueldo menor que el de un heladero de Queens.

Algunos solo servían para traer café zen. Otros, para aguantar los arrebatos de Lennon en bata y con gafas redondas, gritando que el FBI lo espiaba. Spoiler: lo estaban espiando.

La relación con el gobierno de EU fue como una mala canción de amor. Nixon lo quería deportado, Hoover lo tenía en archivo y algunos senadores pensaban que su música convertía a los jóvenes en comunistas mariguanos con sueños de paz.

El FBI seguía a Lennon como si fuera un capo cubano. Agentes con corbata ridícula se turnaban para vigilar sus pasos, sin entender cómo alguien tan fumado podía ser tan subversivo. Una vez, confundieron a un performance de Yoko (en la que ella estaba en silencio frente a un espejo durante 8 horas) con un código para una célula comunista. El gobierno americano tenía menos sentido del humor que Ringo.

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Porque, claro, cantar “Give Peace a Chance” era más peligroso que fabricar bombas. Lennon, sin darse cuenta, había pasado de estrella del pop a figura subversiva con aura de mesías.

La vida conyugal de John Lennon y Yoko Ono no era vida doméstica, era arte de resistencia. Su departamento en el Dakota era más bien un plató en loop de una película de Godard con toques de Warhol y olor a curry quemado. La relación tenía reglas confusas: libertad controlada, fidelidad performativa, y mucho, muchísimo incienso.

Dakota blues Lennon y Yoko dos hippies millonarios
Ilustración: Manjarrez

Artistas y demonios entraban y salían del Dakota como por un vestíbulo de hotel boutique del infierno. Bowie, que vivía a unas puertas, iba a veces a visitarlos con miedo y fascinación, como si entrara a un templo zen dirigido por un Beatle devenido gurú y su sacerdotisa conceptual. Warhol, siempre blanco como una hostia radioactiva, evitaba demasiado contacto: decía que Yoko era una “vampiresa emocional con habilidades de mártir”.

Allen Ginsberg les recitaba poemas desnudo, mientras una Yoko impasible le ofrecía té verde con jengibre. Miles Davis los detestaba en silencio. Bob Dylan simplemente se reía, les regalaba crucigramas de ironía y se iba. En cierta ocasión Warhol vio a Bowie huyendo del edificio al escuchar a Yoko practicar su ópera de 27 minutos titulada “Respira, Humanidad”. En esa ocasión Phil Spector apareció vestido como cirujano, con un estetoscopio alrededor del cuello, una botella de alcohol en una mano y un revólver en la otra. Abrazó y beso a todos, pero cuando abrazo a Lennon se le disparó el revolver al techo.

Las discusiones eran instalaciones vivientes. Había gritos, sí, pero en susurros; lágrimas, pero sin maquillaje, y silencios que duraban días, a veces semanas. John podía encerrarse en el baño durante 12 horas escribiendo letras que no entendía ni él mientras Yoko tejía teorías sobre cómo el sonido de los árboles podría reemplazar al bajo eléctrico.

Un día, según May Pang, John acusó a Yoko de esconderle los pantalones “para dominar su masculinidad”. Yoko, sin alterarse, le respondió que el pantalón era un concepto opresivo del patriarcado sonoro. Él se fue a dormir en el estudio.

Otro día, invitaron a una médium japonesa que les dijo que estaban poseídos por los espíritus de dos generales feudales que se odiaban. John, medio en serio, pidió exorcismo. Yoko preparó arroz bendito y agua lunar. El asistente lo renunció ese día.

En las reuniones del Dakota, todo era parte del show. Un día invitaron a Dennis Hopper, que terminó cantando villancicos vietnamitas. En otra cena, una actriz famosa se desmayó al comer un tofu alucinógeno que Yoko preparó con ayuda de un chef zen que hablaba en haikús.

Las drogas eran parte del decorado. LSD ocasional. Mucha mariguana. Y algo de heroína en la época más oscura. Yoko decía que era “una forma de abrazar la disolución del ego”. John vomitaba en la alfombra persa y luego componía una balada.

Los vecinos del Dakota estaban divididos. Algunos los idolatraban: ¡era John Lennon! Otros los detestaban, sobre todo cuando Yoko grababa gritos chamánicos de 4 horas a las tres de la mañana. Una anciana amenazó con llamar a la policía por “terrorismo sonoro”. La respuesta de Yoko fue enviarle un bonsái con una nota que decía: “Sé árbol”.

Los empleados del edificio sabían que era mejor no hacer preguntas. Si encontraban a John meditando desnudo en el elevador, desviaban la mirada y comentaban que hacía buen clima. Si Yoko exigía que la leche se enfriara con mantras tibetanos, simplemente asentían.

John Lennon performing Give Peace a Chance 1969
La artista Yoko Ono, una mujer vanguardista que se dedicó a promover la paz a través de su arte. Foto: Especial

El amor Lennon Yoko pasó por rupturas teatrales, reconciliaciones cósmicas y hasta una etapa donde John se fue con su asistente, May Pang, en lo que llamó su “fin de semana perdido” que duró un año y medio. Fue como una comedia romántica alcohólica de los años 70.

En una entrevista May recordaba con desparpajada nostalgia: “Era dulce… hasta que intentaba hablarle a la tostadora sobre el Dalái Lama.”

Aun así, volvió con Yoko. No se sabe si por amor, por culpa o porque la vida sin su esfinge japonesa era demasiado aburrida.

Tras cinco años retirado de la música, criando a Sean y amasando pan como una versión hippie del oso Bimbo, decidió volver al estudio. Y lo hizo con Yoko. Porque, claro, no podía simplemente volver. Tenía que regresar como parte de un acto simbiótico, conceptual, casi científico: una grabación alternada de canciones de amor, una él, una ella, una él, una ella. Como si el disco fuera una pareja cenando a cucharadas en un restaurante japonés con platos fríos.

Double Fantasy era una sesión de terapia marital convertida en disco. Las canciones no estaban compuestas para sonar bien, sino para reflejar un vínculo en proceso de digestión emocional. Double Fantasy no fue solo un disco: fue el diario de una relación compleja, envuelto en melodías dulces y gritos vanguardistas. Fue amor convertido en performance, conflicto convertido en producción musical. Lennon y Ono se usaban mutuamente como lienzo, como espejo, como laboratorio. A veces funcionaba. A veces dolía. Pero siempre era interesante.

En sus últimos días, John paseaba por Central Park, hablaba con las palomas como si fueran viejos amigos de Liverpool y grababa discos con entusiasmo adolescente. Su última etapa fue luminosa. Pero el universo, ese guionista cruel, le tenía preparada una escena final de tragedia absurda. Un fan, Mark David Chapman, con una Biblia y un revólver, le disparó frente al Dakota.

Yoko, al lado, no gritó. Solo lo sostuvo. Dicen que murmuró algo como “Estamos todos conectados”, mientras la sangre de John empapaba su abrigo de artista conceptual.

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