Agustín al cuadrado y tres femmes fatalísimas
Todo comenzó en una cena en la costa amalfitana, donde el vino fluía con menos decoro que los rumores, y las mujeres llevaban más diamantes que ropa interior. En el centro de la escena estaba ella: María Félix, con un vestido de satén esmeralda, escote que empezaba en Niza y terminaba en el Vaticano, y un collar de esmeraldas Cartier que parecía un animal mitológico durmiendo sobre su clavícula. Estaba sentada como si la silla fuera un trono y el mesero su vasallo personal.
—¿Y quién es ese que la mira como si fuera una trufa negra sobre foie gras? —preguntó un embajador rumano, demasiado borracho para fingir discreción.
—Agustín Bond —susurró alguien con voz de biblioteca.
—¿El actor?
— No, el verdadero. El inglés que tiene licencia para matar… y mal gusto para enamorarse.
A ella se le hacía muy flaco para ser un matón, eso se le hizo familiar.
Bond llevaba un traje que le encajaba como guante, era un Tom Ford oscurísimo que lo confundía con la noche, con una camisa blanca tan almidonada que podría haber servido de papel para cartas de duelo. Sus zapatos brillaban como espejos y olían a cuero nuevo y presunción.
—¿Puedo sentarme? —preguntó él, sin pedir permiso realmente.
María lo miró de arriba abajo como se examina un diamante falso que podría resultar auténtico.
—Siéntese. Pero no se enamore. Estoy cansada de hombres que se creen únicos.
—No me creo único —dijo él. Me creo repetible. Ese es mi problema.
Eso le gustó. A María le gustaban los hombres con defectos bien presentados.
Pidió champán Dom Pérignon. Él pidió vodka martini. Ella lo corrigió.
Aquí se bebe champán. El vodka es para hombres que huyen.
Yo no huyo —respondió—, me infiltro.
María sonrió. Mala señal.
—¿Qué es usted?
—Un error bien vestido.
—Perfecto —dijo ella—. Yo colecciono esos.
A los veinte minutos, ya se habían insultado lo suficiente como para confiar uno en el otro.
A la media hora, María pensó: “Este hombre no me obedece… eso es prometedor.”
Bond sonrió con la boca chueca, pero no con los ojos, esa sonrisa trabada se le hacia otra vez familiar.
Y desde ese día…Italia fue su campo de batalla. Francia, su luna de miel prematura. Y Ginebra… bueno, Ginebra fue el armisticio tibio donde ambos se ignoraron durante tres días, como dos gatos con corbata. En la costa de Portofino, él la llevó a cenar en un restaurante tan exclusivo que ni los cocineros sabían dónde quedaba. Llegaron en un Bentley Continental negro que parecía una pantera de alquiler.
—Espero que el coche no sea compensación por otra cosa —dijo ella, bajando del auto con una capa de seda negra que se abría como una cortina de teatro cuando va a empezar la tragedia.
—En absoluto —respondió Bond, con su sonrisa de catálogo de Rolex —, lo que compensa es el postre. Y tengo una reserva en mi suite para eso.
—Lo siento, Bond —dijo ella—. Yo no me acuesto con diplomáticos ni con juguetes del MI6.
—¿Y con actores de Hollywood? —preguntó él con tono de puñal escondido.
—Solo los que se suicidan por mí, como Monty Clift. Lo tuyo sería más bien… un accidente diplomático.
Bond la invitó a un picnic en un bosque del norte de Francia, bajo los álamos dorados, en una canasta con vino blanco, quesos franceses y, por supuesto, una pequeña caja de trufas negras. Trufas reales, con olor a tierra mojada y lujo primitivo. María las olió con desconfianza.
—Esto es como el amor, Agustín —dijo ella sacando una con guantes negros de encaje—. Se ve exótico, huele caro… pero si te pasas de dosis, acabas alucinando y vomitando tu dignidad.
—¿Y tú qué prefieres? —preguntó él, sacando un cuchillo Laguiole que parecía un bisturí.
—Yo prefiero el chile habanero. Al menos sabes que arde.
Se quedaron en silencio, comiendo como dos felinos que se olisquean antes del apareamiento. Bond sacó una botella de Dom Pérignon.
—¿Qué hay de tus otros amores, María? El charro, el escritor neurótico, el pintor francés…
—Todos muertos o castrados. No los maté, por supuesto. Solo me aseguré de que se enteraran con quién se estaba metiendo.
Bond bebió de su copa.
—¿Y yo? ¿Qué me toca?
—Tú eres distinto, Agustín. Tú te crees inmune. Pero yo soy como la Amanita muscaria: bonita, hipnótica… y si te atreves a morderme, podrías despertarte amando a la mujer equivocada.
Cuando terminaron (la cena, el romance y la paciencia), ella se fue sola en un Riva Aquarama con piloto privado y gafas Céline, dejando a Bond en el muelle, mojado de agua salada y orgullo herido.
—Adiós, Agustín. No olvides que las mujeres como yo no se conquistan… se sobreviven.
—Y tú no eres una mujer —dijo él con resignación británica.
—No. Soy un hongo. Uno letal, delicioso… y absolutamente inolvidable.
Años después, Bond aún la recordaba. En cada copa de champán, en cada mujer inalcanzable, en cada sombra que olía a perfume de gardenia mezclado con pólvora. Nunca volvió a comer trufas. Ni a confiar en mujeres con acento de obsidiana.
Y María, bueno… ella regreso a los brazos de su flaco de oro, siguió viva en cada escándalo, cada desplante, cada alfombra roja que pisaba como si fuera la alfombra de su propia coronación.
Porque mientras haya hombres que se crean inmunes, habrá Marías listas para volverlos poesía… o cadáver.
París. Otoño. Las hojas caían como ex maridos despechados, el Sena olía a Chanel Nº5 barato y la Torre Eiffel seguía ahí, tan inútil como romántica. María Félix regresaba de una temporada de silencio escénico, de esas en que una estrella no desaparece, solo observa desde su Olimpo personal a ver quién se atreve a vivir sin pedirle permiso.
Había dado su brazo a torcer. Es decir: había mandado un telegrama críptico a Bond que decía: «Estoy en París. Si no vienes, no pasa nada. Ya hay otros».
Él, como buen inglés adicto a las derrotas elegantes, corrió.
Y cuando finalmente llegó al Hotel Ritz, con una orquídea blanca y una sonrisa que sólo las viudas y los agentes secretos pueden sostener, la recepcionista lo miró con lástima.
—Monsieur Bond… la señora Félix… ha salido. No sola.
—¿Con quién?
—Con… la señora Dolores del Río.
Bond parpadeó. Se había entrenado para resistir torturas rusas, torturas chinas y hasta albricias japonesas. Pero una mexicana icónica reemplazada por otra mexicana aún más icónica… eso no lo enseñaban en la CIA.
Dolores del Río era otra cosa. No caminaba: flotaba. Tenía la elegancia de una esfinge y el aura de una marquesa exiliada. Vestía un abrigo Balenciaga de tweed azul noche, sombrero de ala ancha, y en la mano un cigarro fino, como si fuera una varita con la que podía borrar hombres de su pasado. Y de ajenos también.
Cuando Bond la vio salir del café Les Deux Magots, tomada del brazo de María, supo que había perdido el control de la situación.
—James —dijo Dolores con voz de terciopelo ácido. —María me ha contado mucho de ti. Casi nada bueno.
María sonrió como quien firma una sentencia.
—Dolores es mi amiga. Y cuando yo digo “amiga” significa que es la única mujer a la que dejaría a un hombre mío… si me diera la gana.
Bond no supo si sentirse halagado, amenazado o candidato a triángulo amoroso con resultado clínico.
Esa noche fueron a la Ópera de París, los tres. Bond de esmoquin, María con un vestido rojo que gritaba «quítense, que voy tarde a provocar un escándalo» y Dolores vestida como un vitral gótico con hombreras. El público murmuraba. Un crítico teatral dijo en voz baja: “Parece el casting para una película que Buñuel habría rechazado por demasiado realista.”
En el palco, Bond intentó tomar la mano de María. Ella lo ignoró. Le pasó una copa de champagne… a Dolores.
—¿Celosa, María? —susurró él.
—No, Agustín. Las reinas no se ponen celosas. Solo cambian de bufón.
Dolores lo miró con una sonrisa diplomática.
—Además, querido… tú te enamoras de mujeres con poder, ¿verdad? Yo ya pasé por eso. Douglas Fairbanks me compraba diamantes. Tú solo me podrías dar pasaportes falsos y martinis. ¿Quién gana?
El trío terminó (por razones que ni Dios ni el MI6 comprendieron) en un casino de Montecarlo. María jugaba ruleta rusa (literal, con un arma vieja que alguien le prestó en el bar de un burdel ruso), mientras Dolores ganaba fichas como si leyera las mentes de los crupieres. Bond apostaba por mantener su dignidad, pero perdía cada vez que ellas se reían de sus intentos de galantería.
—¿Por qué no lo compartimos? —dijo Dolores de repente, con una copa en la mano—. Total… ya tiene experiencia con tríos. Espías, gobiernos y traiciones.
María fingió pensarlo.
—Podría funcionar… si lo educamos.
—¿En qué? —preguntó él, desconfiando.
—En cómo obedecer sin parecer un perro. Es un arte, querido —dijo Dolores, mientras ganaba otra mano de baccarat.
Todo estalló en un desfile de Dior, cuando Agustín, ingenuo como diplomático suizo, le dijo a un periodista: María es fuego… pero Dolores es eternidad.
Las palabras llegaron a oídos de María como ácido sulfúrico con envoltorio de Cartier. Pero también a oídos de Lara, y eso no era buena señal.
Esa noche, en una cena, ella le sirvió boletus venenosos en la pasta. Pero no para matarlo. Solo para “ponerlo a alucinar lo suficiente como para que se dé cuenta de su mal gusto”.
Dolores, por su parte, le mandó una botella de vino con un mensaje:
«Tómame esta noche… o tómate el tren a Londres. Pero no me tomes por tonta».
El pobre Bond, ya ligeramente intoxicado por las setas y el ego de ambas, se tambaleaba entre una y otra como Hamlet en un after de Yves Saint Laurent.
Lo absurdo era esto: ninguna de las dos quería realmente a Bond. No en el fondo. Lo que querían… era ganarle a la otra. Bond era el trofeo, el pretexto, el espejo donde se medía el poder de seducción, el ego, y los recuerdos de juventud.
La cena fue un poema de tensión pasiva-agresiva.
—Agustín, ¿prefieres mujeres jóvenes o eternas? —preguntó Dolores sirviéndole champán.
—Agustín, ¿cuántas veces te han disparado por acostarte con una mujer ajena? —preguntó María, sacando un gloss y rellenándose los labios con coquetería desmedida.
Y brindaron. Por el amor. Por la aventura de una noche.
Era una habitación como sólo el Ritz puede fabricar: paredes cubiertas de seda azul, cortinas de terciopelo tan pesadas como un pecado carnal, y muebles Luis XVI que nunca supieron que servirían de refugio a un espía inglés y a un poeta veracruzano con una pistola en la bolsa y una cicatriz que hablaba sola.
Bond estaba en bata de seda, bebiendo coñac de espaldas, frente al espejo del bar privado. En la cama aún se percibía el perfume de María Félix, mezcla de gardenia, dinamita y desdén.
Y entonces…
¡PUM!
La puerta voló como si alguien hubiera pateado la quinta sinfonía de Beethoven.
Y ahí estaba él.
Agustín Lara.
Flaco como una promesa incumplida, traje gris de lino, pistola al cinto, mirada de fiera herida y la cicatriz, esa línea torcida en su cara que parecía tener vida propia.
Cuando se volteó, Lara sintió algo parecido a cuando uno se muerde la lengua y se da cuenta de que no fue accidente.
—Buenas noches —dijo el desconocido, con acento extranjero, pero cara perfectamente veracruzana. ¿Nos conocemos?
Lara lo miró con detenimiento.
La misma estatura.
El mismo perfil de ave herida.
La misma mirada de hombre que ha amado mal pero con insistencia.
Solo había una diferencia: la cicatriz.
—Nos conocemos demasiado —dijo Lara—. Yo soy el original. Tú eres una mala traducción.
—Agustín Bond —respondió el otro—. Licencia para matar.
—Agustín Lara. Licencia para arruinar mujeres —replicó—. Y canciones que no se curan.
La cicatriz de Lara palpitó.
No confíes en él susurró la cicatriz. Tiene cara de bolero mal cantado.
—Y tú debes ser el compositor que escribió una canción para ella y luego se la cobró en traumas.
La cicatriz de Lara palpitó esta vez como una ceja maldita.
—¿Lo oíste, muchacho? —murmuró la cicatriz, que hablaba solo cuando había sangre próxima—. Échale plomo, Agustín. Este cabrón no canta ni en la regadera.
Lara sacó su arma, una Star calibre .22, heredada de un general muerto por amor (o por deudas).
Bond rodó por el suelo, agarró el cenicero de cristal Baccarat, lo arrojó como proyectil de clase alta y se cubrió tras un sofá.
—¡María me pertenece! —gritó Lara con voz de bolero enloquecido—. Yo la hice inmortal. Tú apenas le enseñas trucos con pistolas.
—María no pertenece a nadie —dijo Bond sacando su Walther PPK—. Solo a sí misma. Y un poco a Cartier.
Se dispararon con más ruido que puntería.
Lara le voló el sombrero a una estatua.
Bond le pegó a un candelabro y desató una lluvia de cristales que terminó arruinando una alfombra persa de 1726.
La pelea bajó de categoría: a puño limpio.
Lara le lanzó un derechazo que parecía compuesto en pentagrama. Bond respondió con un gancho que habría hecho llorar a Churchill.
—¡Esto es por Veracruz! —gritó Lara.
—¡Esto es por Escocia! —respondió Bond.
Al final, terminaron jadeando en el suelo, sangrando y riendo como dos adolescentes que se habían peleado por la misma novia… que ya estaba con otro.
—¿Un trago? —preguntó Bond abriendo una botella de coñac que sobrevivió milagrosamente.
—Sirvelo. Pero sin hielo, que no soy turista.
Brindaron. Por María. Por los cuernos. Por el mundo que no entendía cómo el mismo hombre podía ser espía y romántico. O músico y homicida.
Y ahí, como salida de un sueño lubricado con technicolor, entró Rita Hayworth, con vestido rojo satinado, tacones asesinos y un cigarro más largo que la Guerra Fría.
—¿Estoy interrumpiendo una orgía frustrada o un ensayo de “Romeo y Julieta: versión geriátrica”?
Lara se paró como si resucitara.
—Señorita Rita… soy Agustín Lara. Mexicano, romántico y peligroso.
—Lo último ya me lo dijeron. ¿Tú disparaste al florero Louis XV? Era horrendo. Gracias.
Bond sonrió.
—¿Qué hace una leyenda de Hollywood en una escena de crimen poético?
—Vine por el postre. Y me encontré con dos. Aunque parece que ya se lo comieron todo… menos su dignidad.
Esa noche bebieron hasta que el lujo del Ritz se convirtió en chiste.
Hablaron de mujeres que mandan, canciones que matan y amantes que no valen ni la bala.
Desde la puerta, María Félix los miraba con una copa en la mano.
Vestía de negro absoluto, como una viuda anticipada.
—Qué vulgar —dijo—. Dos hombres idénticos peleando por mí. Ni Buñuel se habría atrevido a tanto.
—¿Por ti? —preguntaron ambos al mismo tiempo.
María sonrió.
—No. Por ustedes. Yo ya me gané hace años.
Se dio media vuelta y se fue, mientras decía: «Voy a estar en el bar Céleste con Dólores por si gustan acompañarnos.
Esta vez la cicatriz se quedo pasmada.
Rita se agarró a sus brazos como remos y los tres sarparón hacía el club privado L’Enfer Céleste, que estaba decorado como un capricho de Dalí con resaca: espejos que deformaban la vanidad, lámparas de candelabro que colgaban boca abajo, y camareros con antifaces dorados que servían martinis con lágrimas de actriz envejecida.
María Félix, Dolores del Río y Rita Hayworth estaban sentadas en un reservado de terciopelo rojo, como una Trinidad profana, bebiendo lentamente y hablando como si no se escucharan pero entendieran todo.
María llevaba un vestido negro con hombreras de plumas de cuervo, los labios más rojos que una sentencia, y una mirada que podría desalojar una embajada.
Dolores vestía de blanco nuclear, como si hubiera venido a perdonar o a matar.
Rita, siempre intercontinental, iba en satén esmeralda, con un cigarro que no encendía y un anillo más grande que su matrimonio con Orson Welles.
—Propongo un brindis —dijo Bond levantando la copa.
—¿Por qué? —preguntó María.
—Porque seguimos vivos respondió.
—Eso no es mérito —dijo Dolores—. Es pura falta de organización.
Lara ya estaba al piano. Nadie le pidió que tocara. Eso fue una amenaza.
—Voy a cantar… —anunció.
—No —dijeron los cuatro al mismo tiempo.
—Sí —respondió la cicatriz, que había reaparecido con voz pastosa—. Canta. Si vamos a terminar mal, que sea con música.
Lara tocó un bolero tan triste que el pianista rumano renunció a la vida y pidió otro trabajo.
Rita lloró.
María bostezó.
Dolores analizó la letra como si fuera un expediente judicial.
Bond pidió otro trago.
Las luces bajaron.
El bar se silenció.
Rita encendió su cigarro.
Dolores sacó un guante.
María… simplemente sonrió, porque ningún hombre vale tanto como para arruinarse el maquillaje.
Y la pantalla se fundió a negro.
Una patrulla los detuvo por hacer disturbios, pero los soltaron al amanecer por “exceso de celebridades”.Se despidieron sin promesas, como hacen los amigos de verdad.
María se fue sola, invicta.
Dolores caminó hacia el sol como si fuera una escena final.
Rita se perdió en un taxi equivocado.
Bond regresó a ninguna parte.
Lara volvió al piano… a escribir otra canción que nadie pidió.
Epílogo: “A Bond lo mataron tres mujeres y un veracruzano”
Eso decía el chisme en París.
Unos decían que fue por amor.
Otros, que fue por ego.
Los más sabios decían:
“No fue asesinato. Fue justicia poética.”
La Interpol nunca resolvió nada.
El MI6 negó su muerte.
Cartier sacó una edición especial de joyas en su honor:
Y ellas siguieron vivas.
Porque las divas no mueren.
Solo se vuelven mito.
ExpertHum cumple su primer lustro de reunir a académicos de la historia, la filosofía, el arte, el cine y la literatura
Escribe @MirSuarezdelaV https://t.co/l8BNs14LTp— Fusilerías (@fusilerias) February 1, 2026