A Diana Córdova Ovalle y Laura López López,
víctimas de violencia vicaria
En octubre de 2024, la Academia Sueca otorgó el Premio Nobel de Literatura a Han Kang en reconocimiento a su obra por una «prosa poética intensa que enfrenta los traumas históricos y expone la fragilidad de la vida humana». Esta decisión situó a la escritora surcoreana en el centro del debate literario internacional, pero también puso en circulación global novelas que, como La clase de griego (2011), habían permanecido relativamente invisibles para los lectores de lengua hispana. La coincidencia de este galardón con el debate contemporáneo sobre la violencia contra las mujeres resulta de interés, en tanto, su obra contiene una exploración sostenida de los modos en que el poder —patriarcal, estatal, lingüístico— incide sobre los cuerpos de las mujeres.
En la novela de aparente quietud, sus protagonistas se cruzan en un aula de enseñanza de lengua griega clásica en Seúl, él se enfrenta a la progresiva pérdida de la vista; ella, ha perdido la voz. La trama es mínima en el sentido convencional, no obstante, en sus páginas, Han Kang construye una fenomenología del silencio femenino imposible de desvincularse de la violencia estructural que lo produce. En esta interpretación se propone que ese silencio es, al mismo tiempo, síntoma de violencia directa experimentada por el personaje femenino, expresión de una violencia simbólica que la propia gramática ejerce sobre las mujeres y una forma de respuesta somática a la violencia vicaria.
A propósito del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, conviene aludir a la sedimentación histórica de décadas de lucha por la visibilidad de las violencias que las mujeres padecemos en el espacio público, en el privado, en el lenguaje y en el cuerpo. En el “Pétalo circundante” de hoy, propongo una interpretación de La clase de griego como un modo de alzar la voz en este día, una manera de acompañar a mujeres que, como Diana Córdova Ovalle y Laura López López, llevan años sin gozar de su derecho a maternar por ser víctimas de violencia vicaria. Aquí una manera de expresar que aún hay mucho camino por recorrer para transformar esta realidad que, sin duda, supera a la ficción.
El concepto de violencia vicaria fue desarrollado por la psicóloga argentina Sonia Vaccaro, quien lo introdujo para describir una forma específica de violencia de género: la violencia que el agresor ejerce sobre las/os hijas/os, el entorno afectivo o los seres queridos de la mujer como instrumento para dañarla a ella, sabiendo que ese dolor indirecto resulta más devastador que la violencia directa. En otras palabras, la violencia vicaria es un arma que utiliza la separación de lo que la mujer más ama con el firme propósito de destruirla.

Conviene mencionar que la novela no explicita la historia de la protagonista como un caso específico de violencia vicaria en sentido clínico; sin embargo, la pérdida de la voz —se vincula a la pérdida del hijo en la custodia y a la disolución de su mundo familiar— puede leerse como la respuesta somática exactamente descrita por Vaccaro: un trauma que no puede ser dicho porque su origen no está completamente en el propio cuerpo. La realidad de este silencio —una mujer que pierde físicamente la capacidad de hablar— convierte la metáfora fisiológica en imagen literaria de enorme relevancia, pues uno de los elementos narrativos más silenciosos y devastadores de la obra es la pérdida de la custodia del hijo por parte de la protagonista. Un aspecto por demás relevante es que Han Kang escribe la obra sin victimismos ni dramatizaciones, se limita a mencionarlo como un hecho consumado, una cicatriz que estructura todo el presente de la protagonista, pero sin explicitar detalles, de esta manera, la elipsis cumple un propósito claro: lo más doloroso no puede contarse.
Desde la perspectiva de Vaccaro, la pérdida de la custodia en contextos de violencia de género es uno de los mecanismos privilegiados de la violencia vicaria. El agresor o el sistema —con frecuencia el sistema en complicidad con el agresor— utiliza a las/os hijas/os como instrumento para continuar dañando a la mujer una vez que ésta ha abandonado la relación o ha intentado recuperar su autonomía. La madre que pierde a su hija/o no experimenta solamente el dolor de la separación, experimenta la destrucción de una parte constitutiva de su identidad y de su mundo afectivo y esa destrucción es, en la lógica de la violencia vicaria, la prolongación de la violencia original por otros medios.
Ya se ha mencionado que en la novela de Han Kang la pérdida de la voz se produce, significativamente, después de la negación de la custodia de su hijo. Ello muestra un sentido narrativo simbólico: el cuerpo de la protagonista responde a la pérdida con el único gesto que le queda, el gesto más radical, el silencio. Como si el cuerpo hubiera decidido que, si no puede maternar a su hijo, tampoco puede seguir articulando un lenguaje que pertenece al mundo que se lo quitó. Su pérdida es la franca manifestación de una experiencia de aislamiento; vulnerabilidad que la escritora surcoreana vincula en su obra en conjunto con la violencia histórica y personal. En La vegetariana (2007), por ejemplo, el cuerpo femenino rechaza la comida cárnica, por ello, se trata de una corporalidad que encara a la violencia naturalizada.
Así mismo, Vaccaro ha señalado que el sistema judicial, los servicios sociales, la institución familiar y el aparato estatal pueden convertirse en instrumentos de violencia vicaria cuando operan de manera que privilegia sistemáticamente los intereses masculinos sobre los de las mujeres. En muchos casos documentados, la violencia vicaria se ejerce a través de decisiones judiciales que otorgan la custodia a padres violentos a través de sistemas legales que no protegen a las víctimas, a ello se suman redes familiares y sociales que las desacreditan.

En la novela, el silencio corporal de la protagonista se entiende como la somatización de un dolor por el desmoronamiento de su vida familiar y emocional: la madre que no puede recuperar la custodia, que ha perdido lo que más ama por decisión de un sistema judicial, experimenta en su cuerpo —en su garganta, en su capacidad de articular palabras— la opción más radical de esa ausencia. Así, la elección de la lengua griega clásica como espacio donde se desarrolla la acción sale de lo meramente ornamental. El griego antiguo es una lengua sin hablantes nativos vivos: es una lengua que ha sobrevivido únicamente como escritura, como texto; aprender griego implica adentrarse en un sistema de comunicación que existe sólo en la forma escrita, es decir, sólo puede leerse, no se habla en ningún contexto de inmediatez cotidiana. Para la protagonista en ausencia de voz, la escritura griega se convierte en un espacio paradójico de posibilidad: el único idioma en el que ella puede ser plenamente competente es aquel en el que nadie habla, aquel que existe solo como marca sobre el papel.
En este sentido, la novela hace visible la violencia invisible: no los golpes ni los gritos, sino el silencio que los sigue; se aleja de la agresión para revelar su huella en un cuerpo silente. En un contexto en que el discurso público sobre la violencia de género tiende a focalizarse en los casos más extremos —el femicidio, la agresión física— la novela de Han Kang recuerda que la violencia estructural opera de manera difusa, cotidiana, encarnada en la incapacidad de articular un deseo propio, anula vidas, separa familias, destruye infancias… todo ello ocurre, las más de las veces, de manera silenciosa.
En La clase de griego la experiencia de la protagonista se conoce a través de una voz narrativa que la observa desde fuera, como si, incluso, el acceso a su propio interior requiriera la distancia de la tercera persona. Esta elección narratológica sugiere que el personaje perdió, además de la voz, la primera persona, la posición de sujeto enunciante. Por ello, mi propuesta de lectura de la novela en el contexto de este 8 de marzo, pretende recordar que la gran literatura sobre el sufrimiento de las mujeres es siempre, en algún nivel, un acto político, porque amplía los márgenes de lo que se percibe, se siente y se comprende de manera llana. Se trata del retrato de cotidianidades que de otro modo permanecerían insensibles a formas de violencia que el orden social prefiere mantener invisibles.
En la historia de la literatura, el silencio femenino ha sido frecuentemente representado como vacío, como privación, como condena. Han Kang subvierte radicalmente esta tradición: el silencio de su protagonista es denso, inteligente, poblado de significación. Evade el silencio de la opresión para mostrar el silencio de quien ha retirado el consentimiento al lenguaje dominante y busca, lenta y dolorosamente, otro modo de estar en el mundo.
Por último, pienso que quizá algún día, cuando Vale, Sofi y Ceci, las hijas de Diana y de Laura puedan investigar sobre su historia e incluso cuestionen a sus madres, hallen este texto como un testimonio que les cuente lo mucho que sus mamás cada día, desde que les separaron, han hecho para estar con ustedes, que el sistema no ha sido su aliado, sin embargo, en el camino hay otra orilla: esta donde otras mujeres las abrazamos y en un acto de sororidad unimos fuerzas, acompañamos su voz para que resuene hasta que las puedan volver a abrazar.