La escritura femenina, alejada del menosprecio que la considera todavía un género menor, constituye una práctica históricamente marginal que durante siglos ha perdurado como uno de los pocos territorios habitables por las mujeres para encontrarse con su propia subjetividad.
A través de la emblemática figura de Sor Juana Inés de la Cruz es posible reconocer la escritura asociada a la afirmación de un yo pensante que entró en franca batalla para ser escuchado, la celda y el locutorio como único espacio viable para ganar el debate sobre la capacidad de las mujeres a pensar, escribir y divulgar su conocimiento.
Siglos después en otra latitud, Virginia Woolf planteó el derecho a las mujeres a poseer una habitación propia como espacio físico para el encuentro consigo mismas. A un siglo de esa apuesta conviene cuestionarse ¿cuántas mujeres poseen tal privilegio?
Cuando las teóricas feministas, entre quienes destaca la filósofa y teórica francesa Hélène Cixous, plantearon que la escritura femenina implica la posibilidad radical de las mujeres a inscribirse en el lenguaje sin tener que adaptarse a una gramática del poder que las nombrara siempre en relación con otros, es decir, hija de, esposa de, madre de; se consolidó la escritura en primera persona como una práctica expansiva capaz de expresar el silencio colectivo compartido por miles de mujeres.

De tal manera, la tradición del testimonio femenino muestra un sentido particular, desde las crónicas de mujeres que han narrado procesos tanto históricos como personales para, implícitamente, demostrar que escribir implica también una forma de existir en el registro histórico.
En 1989 las sociólogas Arlie Hochschild y Anne Machung publicaron El segundo turno: Padres trabajadores y la revolución en el hogar, donde identificaron la doble jornada de carga que viven las mujeres, el trabajo remunerado más el trabajo doméstico y de cuidados que tanto el mercado como el Estado dan por sentado; las oportunidades que se sesgan entre la vida reproductiva y la posibilidad de crecer profesionalmente.
En este sentido, lo que rara vez se nombra es la triple jornada: producción económica, reproducción social y, en el margen más precario del tiempo, producción simbólica propia. Escribir, leer, pensar en algo que no sea la logística de otros. Esto representa para millones de mujeres un lujo que la cotidianidad no suele conceder.
Si bien, más de dos décadas han transcurrido luego de que las investigadoras plantearan la denominada revolución estancada todavía, más aún en los países en vías de desarrollo, el estancamiento se muestra rotundamente vigente.
Apenas la semana pasada la Secretaría de Educación Pública (SEP) protagonizó un debate que, en apariencia, únicamente aludía a un cambio en el calendario escolar. De forma inesperada, aún cuando tuvieron tiempo de sobra para planear, a la institución se le ocurrió adelantar el fin del ciclo escolar 2025–2026 al 5 de junio —más de cinco semanas antes de lo previsto— apelando a las altas temperaturas y la logística del Mundial de Futbol. La reacción fue inmediata y multisectorial.

Lo que ese debate revela con inusual claridad, es algo que los estudios de género llevan décadas documentando, el sistema educativo funciona también como infraestructura de cuidados. Cuando la escuela cierra, alguien tiene que cubrir ese espacio; no obstante, tal hueco, de manera sistemática y estadísticamente verificable, lo cubrimos las mujeres: madres, abuelas, tías, primas, amigas, etc.
Ante tan peculiar propuesta, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) fue explícita al mencionar que la medida traslada la carga de las obligaciones públicas a las personas cuidadoras, sin modificar paralelamente las jornadas laborales de madres, padres o tutores.
La CNDH alertó además que en hogares monoparentales y en situaciones de vulnerabilidad esa carga adicional puede incrementar los riesgos de diversos tipos de violencia y desatención hacia las infancias. Es necesario comprender que cuando el tiempo de las mujeres no alcanza, colapsa su organización a la par que su capacidad de brindar protección.
Paralelamente, el Sistema de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes observó que tal adecuación puede trasladar cargas de cuidado desproporcionadas a las familias, particularmente a las mujeres, en un sistema de cuidados que sigue siendo estructuralmente insuficiente.
Ojalá la particularidad que se menciona fuese simple retórica, sin embargo, implica demografía, economía del tiempo, se trata de la descripción de quienes en este país pueden renunciar a sí mismas, a sus ritmos y tiempos para quedarse en casa cuando las escuelas no abren porque al sistema se le ocurrió que es posible jugar con los calendarios en vez de dejar el juego para quienes saben de estrategias de goleo.
Frente a tal idea todavía en debate y a pesar de las actuales declaraciones del titular de la SEP, es necesario mirar un dato que suele quedar fuera de los análisis económicos y educativos: el tiempo que las mujeres pueden dedicar a construir una voz propia.
El festival DTex recurre en su nueva edición a la poesía de autoras latinoamericanas para promover las artes escénicashttps://t.co/QjX4ov5ylg
— Fusilerías (@fusilerias) May 12, 2026
Escribir demanda compromiso, presencia, atención; se requieren horas o por lo menos minutos de entrega para escribir, para leer sin interrupción para terminar el texto que lleva meses de haber comenzado, para concluir estudios u objetivos académicos. Entiéndase, para estar, aunque sea un par de horas a la semana, en el registro de nuestra propia subjetividad y no en el cubrir las necesidades de los demás.
La escritura femenina va más allá de un pasatiempo, para muchas de nosotras es la única práctica que nos coloca en el centro de nuestra propia historia. Cuando el gobierno se atreve con absoluta facilidad a retirar la infraestructura de cuidados —escuelas, estancias, servicios de salud— y lo hace sin compensación ni alternativas, redistribuye trabajo doméstico a la vez que elimina nuestro derecho al ocio, al esparcimiento, al acceso a la palabra propia.
Existe una distancia enorme entre querer escribir y el acto de escribir. Para muchos escritores esa distancia no existió, jamás se enfrentaron a la necesidad de encontrar el tiempo o el espacio suficiente para formalizar su escritura. En contraste, la historia de la literatura muestra que las escritoras hasta hoy, padecen una distancia estructural frente a un sistema entero que la reproduce y, sin el menor reparo, la mantiene.
A estas alturas quizá conviene recordar que el entorno doméstico es también un lugar que debe atenderse y administrarse, tareas como comprar y organizar la despensa, los alimentos, la agenda médica de los hijos, la ropa por lavar, doblar y acomodar, las reuniones escolares, el desayuno, comida y cena de la semana, las tareas de los niños, más un largo etcétera.
Cada uno de esos elementos ocupa no solo tiempo sino aquello que los psicólogos han denominado como carga mental, es decir, el espacio de atención sostenida que consume energía incluso cuando no se está ejecutando ninguna tarea concreta. Una mujer que se sienta frente a una página en blanco acude al encuentro después de gestionar, en primer plano, decenas de demandas no resueltas.
La escritura exige presencia plena en la propia voz. El cuidado exige presencia plena en las necesidades del otro. No son actividades que se puedan superponer sin costo.
La escritura, a diferencia de otras formas de trabajo intelectual, es particularmente vulnerable a la interrupción. Resulta imposible pausar una imagen que nace para, luego, retomarla exactamente donde estaba. No se puede dejar a medias una frase que acaba de encontrar su ritmo y esperar que aguarde intocable, en tanto, el acto de escribir implica un estado de consciencia, un espacio de concentración profunda que se construye lentamente y se destruye en segundos.
Cada vez que alguien llama desde otra habitación, cada vez que suena el teléfono, cada vez que hay que resolver una urgencia doméstica, ese estado colapsa. Reconstruirlo tiene un costo que no aparece en ningún presupuesto ni en ninguna política pública.

Si el entorno doméstico es exigente, el laboral lo es doblemente. Las mujeres que trabajan fuera del hogar —que en México son más de 20 millones— difícilmente regresan a casa a descansar, las más de las veces vuelven a iniciar su segunda jornada.
El tiempo libre, cuando existe, suele estar fragmentado en intervalos tan cortos que resultan insuficientes para cualquier práctica creativa sostenida. Los estudios de uso del tiempo del Inegi muestran consistentemente que las mujeres mexicanas destinan en promedio más del doble de horas que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerados. Esas horas se subsanan del tiempo al que renuncian para sí mismas.
Múltiples son los casos de autoras mexicanas que han conciliado su labor como escritoras con la maternidad y la labor doméstica, lo común suele ser escribir de madrugada, robar horas al sueño, buscar los intersticios en una agenda que nunca es del todo propia. Esto permite valorar que para las mujeres con vocación creativa, la escritura suele ser un acto de resistencia cotidiana y no simplemente una elección sobre cómo usar el tiempo libre.
Ese modelo de, digamos, escritura heroica —la mujer que escribe a pesar de todo, que roba el tiempo, que resiste— ha producido literatura extraordinaria; pero ha generado también una narrativa problemática, la idea de que el sacrificio es parte inevitable del proceso creativo femenino. Que si una mujer quiere escribir, encontrará la manera. Que la resiliencia es suficiente. No lo es. La resiliencia individual no sustituye a las condiciones estructurales que debieran posibilitarla escritura sin tener que ser heroínas para lograrlo.
Hay otro elemento que rara vez se nombra frente a los momentos en los que las mujeres encontramos nuestro propio espacio, me refiero a la culpa. Sentarse a escribir cuando hay ropa sin doblar, cuando los hijos aún no han cenado, cuando el hogar reclama atención, genera en muchas mujeres una sensación de abandono que difícilmente tiene equivalente en el universo masculino.
La socialización femenina vincula el valor propio con la disponibilidad para los demás. Ocupar un espacio propio tiende a sentirse como un acto egoísta. La culpa es un mecanismo de control tan eficaz como cualquier prohibición explícita que opera desde dentro sin necesidad de guardias ni leyes.
La culpa de escribir cuando hay algo pendiente representa el resultado de siglos de socialización que convirtieron la disponibilidad femenina en virtud y la autonomía en sospecha.
La escritura femenina ha sobrevivido, históricamente, a condiciones mucho más adversas que un calendario escolar modificado. Las mujeres han escrito en los márgenes de los libros ajenos, en los momentos de silencio que les dejaba la casa, en el reverso de las cartas que nunca enviaron. Han escrito con seudónimos masculinos para que las tomaran en serio y con sus propios nombres cuando decidieron que el precio de la invisibilidad era demasiado alto.

No obstante, la resistencia individual no sustituye a la justicia estructural. El hecho de que muchas mujeres hayan logrado escribir a pesar de todo no absuelve a los sistemas que las obligaron a hacerlo en esas condiciones. Así como celebrar a las escritoras que lograron publicar no debería hacernos olvidar a todas las que no pudieron; por ello, el debate sobre el calendario escolar no debería solucionarse apelando a la capacidad de las mujeres para resolver lo que se pone enfrente, incluso, los disparates de políticos incapaces de comprender los mecanismos desde los cuales se sostiene nuestra sociedad.
La escritura como espacio de reconocimiento individual solo es posible cuando hay condiciones materiales que lo posibilitan. Un cuarto propio, sí —pero también una escuela que funcione, una política de cuidados que no descanse exclusivamente en los cuerpos de las mujeres, un Estado que entienda que el tiempo de las mujeres no es un recurso infinito y gratuito del que disponer cada vez que hay una emergencia logística, climática o futbolística.
Rara vez se piensa así, pero una política de cuidados robusta es también una política cultural. Cuando el gobierno garantiza que las niñas y los niños estén bien atendidos —en escuelas que funcionan, en horarios predecibles, en entornos seguros— libera tiempo. Y, ese tiempo cuando llega a manos de las mujeres que lo necesitan, puede convertirse en descanso, en literatura, en música, en pensamiento, en activismo, en cualquiera de las formas desde las cuales los seres humanos materializan y expanden sus ideas.
La escritura femenina va más allá de un pasatiempo
El debate sobre el calendario escolar en México, más allá de sus dimensiones pedagógicas y organizativas, tocó un nervio que la sociedad lleva décadas intentando nombrar sin lograrlo del todo, la distribución desigual del tiempo, el peso desproporcionado del cuidado, la idea —tácita, nunca dicha en voz alta por ningún funcionario— de que las mujeres siempre encontrarán la manera de resolver lo que el gobierno no quiso o no pudo garantizar.
Así, en el marcador elemental de las prioridades de nuestro sistema, de manera indudable la Copa del Mundial de Futbol 2026 se lleva la presea; “primero lo primero” dirían los conocedores. Aún con el partido perdido y aunque ya viraron la ruta para que el calendario, finalmente, no se modifique; no puedo evitar pensar que la escritura femenina emerge como un acto de afirmación capaz de exigir, con la misma habilidad con la que se chuta un balón o se omiten semanas al calendario escolar, que el gobierno cumpla su parte.
Que se respeten los tiempos estipulados y dejen de intervenirse procesos como si el tiempo de las mujeres fuera el colchón infinito de todos los imprevistos nacionales. Que comiencen a gestionarse espacios para que nuestras plumas encuentren el tiempo y la disponibilidad mental para volcarnos en algo más que atender a los otros.