El director de escena Guillermo Revilla reconoce que la obra de Harold Pinter Viejos tiempos (Old Times, 1971) sigue siendo “un enigma, muy difícil de descifrar”, pero al mismo tiempo muy atractiva.
“Desde que nos enfrentamos a ella por primera vez, desde la primera lectura, nos fascinó e intrigó, pero no la entendimos a la primera. Al mismo tiempo, es una obra que te seduce, que te atrapa”, comenta Revilla que repuso la pieza del Nobel de Literatura 2005 el pasado 12 de mayo en el teatro El Milagro.
El drama se inicia cuando el matrimonio de Kate y Deeley recuerdan a Anna, a quien van a recibir en su casa de campo y a quien van reconstruyendo con sus recuerdos, cada uno evoca a la amiga de forma diferente. Anna aparece en escena y la confrontación entre ella y Deeley por la atención de Kate surge.
“Es muy rico de ir conociendo cada vez más la obra, desentrañándola, descubriendo todo lo que hay, más allá de la primera capa textual”, agrega el director de escena, que la descubrió hace ya 13 años.
Protagonizada por Priscila Ímaz (Kate), Tania María Muñoz (Anna) y Miguel Ángel Barrera (Deeley), la pieza en dos actos tendrá funciones martes y miércoles hasta el 22 de junio en el foro de Milán 24.
En el montaje, el músico Alejandro Carrillo interpreta al piano las canciones adaptadas a la obra.
Viejos tiempos y Traición (1978) son las dos obras de Pinter (1930-2008) más representadas en México, aunque son memorables sus adaptaciones al cine de novelas de colegas escritores, como El sirviente (1963), El mensajero (1970), La mujer del teniente francés (1981), El juicio (1993) y La huella (2007).
Revilla (Ciudad de México, 1983) cuenta en entrevista que en marzo de 2013 el argentino Rubén Szuchmacher estrenó en México la obra del dramaturgo inglés con Rosa María Bianchi (Kate), Laura Almela (Anna) y Arturo Ríos (Deeley) en la sala Xavier Villaurrutia del Centro Cultural del Bosque.
“Vi la obra en la sala Xavier Villaurrutia y desde ahí, como espectador, me fascinó, me gustó mucho el texto, pero me parecía muy compleja. Incluso escribí un texto sobre ese montaje de Szuchmacher que titulé: ‘Disfrute Viejos tiempos, no trate de entender”, relata el director del nuevo montaje de la pieza.
Desde sus tiempos de estudiante de la carrera de teatro ya conocía el aura mítica que tenía Harold Pinter como un gran autor, clásico, pero que al mismo tiempo es muy difícil de llevar a los escenarios.
También reconoce que hay temas o situaciones recurrentes en sus dramas, como son los triángulos entre sus personajes, como ocurre en Viejos tiempos y en Traición, que en verano pasado Diego Álvarez Robledo dirigió en La Capilla, con Tamara Vallarta, Hamlet Ramírez y Fernando Villa, que ya en 2012 Enrique Singer había llevado al Helénico con Marina de Tavira, Juan Manuel Bernal y Bruno Bichir.
“Una cosa muy interesante específicamente del trío en Viejos tiempos, que nos llamaba mucho la atención, es que es ‘inusual’. Es una mujer (Anna) que después de 20 años de no ver a su amiga va a visitarla y a conocer a su esposo. Poco a poco, en la obra está velado, nunca está dicho explícitamente se logra inferir y transpirar que hay una relación entre las dos mujeres que va más allá de la amistad.
“Eso pone a Viejos tiempos, a diferencia de Traición, en un lugar más inusual, porque en Traición tenemos a dos hombres y una mujer, que es un lugar un poco más usual. En cambio, en Viejos tiempos, el conflicto se vuelve mucho más complejo por esta configuración de este trío”, observa Revilla.
También subraya cómo se trabaja con un elenco pequeño, un trío, a nivel de dirección y del montaje.
“Es muy rico trabajar con un elenco así, chiquito, bien concentrado, de tres personas. Se vuelve muy rico porque se van creando las relaciones, las miradas, los ritmos. Se vuelve un trabajo muy delicioso de ver y muy delicioso de hacer”, agrega sobre el desempeño de los actores Ímaz, Muñoz y Barrera.
El también dramaturgo formado en el Centro Universitario de Teatro de la UNAM (CUT) vincula incluso los tríos de Harold Pinter con una preocupación y leit motiv en torno a la verdad y la memoria.
“Sobre esa cuestión de los tríos, realmente la preocupación o el desarrollo temático que yo veo detrás, es sobre qué es la verdad, qué es la lealtad, qué es la mentira, las motivaciones que nos llevan como seres humanos a tomar ciertas decisiones y a ocultar ciertas partes de nuestra vida frente a las otras personas con las que nos relacionamos. Ahí hay una preocupación muy constante de Pinter”, sostiene.
—¿Qué rol juega la memoria en Viejos tiempos para contar la verdad o la mentira, o una verdad que no corresponde a la realidad, sin necesariamente ser mentira, sino solo una subjetividad?
—La memoria es probablemente el gran tema de Viejos tiempos. Pinter sí se pregunta cómo se construye la memoria, pero una cosa muy interesante que hemos descubierto es que esa construcción de memoria en Viejos Tiempos está muy determinada por el presente. Los tres personajes recuerdan y dicen lo que recuerdan, muy determinados por lo que quieren conseguir en el presente. Y eso es algo muy interesante. Ellos comparten sus recuerdos a partir de lo que cada personaje piensa de sí mismo, de lo que quiere mostrar de sí mismo para conseguir algo en el presente escénico.
“Deeley tiene su objetivo en ese presente ficcional que es esa noche; Anna, la amiga que regresa después de 20 años, igual, y Kate, objeto del deseo de los dos, también. Es muy interesante cómo cada personaje comparte sus recuerdos, pero a partir de un deseo que está muy en el presente; cada quien cuenta de sí lo que le conviene contar y lo que le conviene recordar.
«Y cada quien busca esconder lo que no le conviene que se sepa. Y eso crea una situación muy tensa entre los tres personajes, que básicamente es el motor dramático de toda la obra. Esa tensión y esas cosas no dichas entre los tres es realmente donde reside la intensidad de Viejos tiempos; más que en lo dicho, en lo que no dicen”.
—Volvemos a la preocupación de Harold Pinter sobre la verdad.
—Lo que vuelve a Pinter tan contemporáneo y tan interesante es que en Viejos tiempos no hay una voz externa y totalizadora que conozca realmente la verdad del relato; lo que nunca recibimos en la dramaturgia de Pinter es que este personaje dice una cosa, aquel otra, aquella otra, pero la verdad es ésta; esa voz que traería la verdad objetiva no existe. Justamente la hipótesis de Pinter acaba siendo que la verdad es totalmente subjetiva, es lo que yo cuento y no hay manera de saber si lo que yo cuento es cierto o no.
—¿Por qué tomó la decisión de mantener los nombres originales de los personajes?
—Decidimos no cambiar los nombres por varias cosas: en primera, no nos pareció necesario entrar hasta allá en los nombres de Kate, Anna, Deeley, tampoco buscamos, entre comillas —tal vez no es la palabra más adecuada— “tropicalizar” la obra o situarla en México. Además de que por derechos de autor no se pueden cambiar los nombres de los personajes. Lo que sí hicimos en la traducción fue quitar toda una serie de referencias que hay en el texto que se refieren a Londres y a un contexto inglés, sentíamos que mencionar lugares específicos de Londres, distanciaban mucho a los espectadores.
“Y entonces decidimos quitar esas referencias y situar la obra en un espacio más ambiguo, que incluso lo llevamos al montaje: tenemos un espacio muy negro, con mobiliario y vestuario muy colorido, como si tanto mobiliario como personajes vinieran de una especie de bruma del recuerdo y se hicieran de pronto presentes. Lo que tratamos de hacer, más que ubicar, fue desubicar la obra para tratar de volverla más universal, y al momento de volverla más universal, más cercana a nuestro público”.
—Comenta que no quisieron “tropicalizar” Viejos tiempos, pero sí se cambian las canciones, por ejemplo, escuchan “Lágrimas negras”, tangos, boleros…. ¿Qué señalan las acotaciones?
—Las canciones en Viejos tiempos. Consideramos que Pinter sí buscaba activar en la mente de espectadoras y espectadores una nostalgia, que se escucharan ciertas letras de ciertas canciones y que eso también tuviera un efecto de recuerdo en el público. Y si nosotros sí dejábamos las canciones originales, eso no iba a ocurrir, porque las canciones que vienen en la dramaturgia son canciones que no están en nuestra tradición mexicana, no están en nuestro recuerdo, y no hubiera ocurrido esa parte donde el público hiciera junto con nosotros ese viaje al recuerdo.
“Y lo que hicimos de la mano con nuestro equipo musical, con Silvia Dávalos y Alejandro Carrillo, fue buscar canciones cuyas letras nos sirvieran para hablar de lo mismo que se está hablando en la obra. En el momento musical en la obra, los personajes de Deeley y Anna tienen un duelo por Kate, y hablan de la belleza de Kate y de cómo era su amor hace 20 años, y son canciones muy nostálgicas que hablan del recuerdo. Entonces, hicimos un extenso trabajo para buscar canciones cuyas letras nos pudieran dar algo, por supuesto nunca lo mismo, pero algo parecido para poder mantener la situación dramática”.
Memories – invented, manipulated or real – flow as a hot undercurrent through Harold Pinter’s 29 plays.
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— The Nobel Prize (@NobelPrize) January 7, 2026
—La obra insinúa un crimen.
—Como sabrás, esta obra de Harold Pinter ha sido objeto de muchas interpretaciones. Nosotros, retomando un poco esto que decíamos antes, de que justamente la estrategia de Pinter es no dar una solución, o sea que justamente Pinter nunca aclara qué es cierto y qué no es cierto, intentamos, tratamos de respetar esa ambigüedad en el montaje, de no llevar la lectura hacia una versión o hacia otra.
“Y en ese intento justamente lo que fuimos descubriendo es que la obra, a nivel anecdótico, se va contando hasta antes de ese monólogo final de Kate. El espectador sí puede ir siguiendo más o menos una anécdota e incluso tomando partido por decir, yo creo que él miente y ella no. Pero justo la gran vuelta de tuerca es ese monólogo final de Kate, en donde platica de este posible crimen. Mi interpretación es que, dramáticamente, el monólogo es más importante que si hubo o no un crimen
—¿En qué sentido?
—Desde nuestra lectura, Viejos tiempos es una lucha por el discurso. Deeley y Anna todo el tiempo están tratando de imponer a Kate su discurso. Kate durante todo el primer acto habla muy poco, hay un momento en donde ella les dice “van hablando de mí”, otro donde les señala “hablan de mí como si estuviera muerta”. Porque están imponiendo su discurso y su visión de las cosas sobre Kate.
«Y el final de la obra, en ese monólogo, lo que hace Kate es recobrar su autonomía y su propio discurso y reafirmar su independencia e individualidad ante esas dos personas que se quieren imponer sobre ella. La conclusión es el momento en el que Kate recupera su autonomía discursiva después de que los otros dos personajes han estado tratando de imponer su visión de las cosas sobre ella durante toda la obra».

