David Toscana la literatura es un arte para ciegos

David Toscana: «descubrí que la literatura es un arte para ciegos»

Desde Polonia, el escritor, quien recientemente ganó el premio Alfaguara 2026, apunta que la ceguera literaria se remonta más atrás de Homero: en la Biblia, con Sansón

La entrevista con David Toscana es a ciegas, a sólo pocos días del anuncio de que su nueva novela, El ejército ciego, ha ganado el premio Alfaguara 2026, la cual, se mire por donde se mire, se vislumbra que abrirá los ojos sobre muchos de los temas que el narrador mexicano ha dado a luz con toda su obra.

El libro se ambienta en el año 1014 cuando el emperador bizantino Basilio II ordena arrancar los ojos a 15 mil soldados del ejército búlgaro al que derrotó en la batalla de Kyluch, a los que manda de regreso a casa guiados por un tuerto por cada 100. Se trata de una novela coral, sin identificar a los personajes.

La guerra ha sido la constante en las preocupaciones del narrador, lo mismo la sucia, la fría o la actual.

Y aunque aclara que no escribe novela histórica, la historia es uno de sus tópicos, incluso explica en la charla que el nombre de Bizancio fue una invención de los historiadores, porque cuando Constantino funda Constantinopla, sus habitantes se llamaron a sí mismos Roma, y él sólo halló este nombre en los textos históricos que consultó en aquella zona del mundo mientras investigaba sobre El ejército ciego.David Toscana la literatura es un arte para ciegos

También el poder permea su obra. Pero, desde Polonia, por videocharla sobre la ceguera en Zoom, David Toscana advierte que antes que el poder, está el individuo frente a éste en todas sus novelas.

Toscana (Monterrey, 1961) ha creado personajes inolvidables en una docena de novelas, pero es la primera vez que se enfoca en una historia de la Historia, que bien pudo estar en la Historia Universal de la Infamia de Jorge Luis Borges, otro ciego, o de su Enciclopedia de la Desgracia Humana, que recopiló de recortes de diarios su alter ego Olegaroy, en su novela homónima.

A partir de una larga tradición de ciegos en la literatura, que han abordado escritores como Ismail Kadaré, Yasunari Kawabata, Sófocles, Shakespeare o Saramago, Toscana habla de la ceguera como metáfora de la literatura. Y apunta que la ceguera literaria se remonta más atrás de Homero: en la Biblia, con Sansón.

—Estoy a ciegas con su libro, que no he visto. Pero veo que regresa a los ejércitos. Hace 20 años escribió la batalla de Ignacio Matus por recuperar Texas con El ejército iluminado y ahora recurre a la historia universal con este ejército de soldados ciegos búlgaros. ¿Por qué si usted es pacifista?

—Siempre he dicho que amamos la paz, pero escribimos de la guerra; amamos la democracia, pero escribimos de dictaduras; nos gusta la vida, pero escribimos de la muerte. La literatura siempre anda viviendo en ese mundo en el que no queremos vivir. En algún momento, sí, publiqué El ejército iluminado, y ahora me estoy ocupando de un ejército búlgaro, una historia que ocurrió hace mil años, en que el ejército búlgaro pierde una batalla contra los bizantinos y Basilio II manda a sacarles los ojos a 15 mil prisioneros. Tenía a este otro ejército y no cabía ningún otro título para la novela más allá de El ejército ciego. Y son historias muy distintas, que ocurren en geografías distintas: El ejército iluminado ocurre en México, en 1968, y El ejército ciego, en Bulgaria, en 1014.

—Más que comparar historias, veo rasgos que las conectan, igual que con otras obras suyas. Por ejemplo, los personajes discapacitados o mutilados. Incluso la historia de estos soldados búlgaros bien podría haber sido recopilada por Olegaroy en su Enciclopedia de la Desgracia Humana.

—Sí, pues es una terrible desgracia. Es una historia que leí hace muchos años, lo que le pasó a los búlgaros y pensé en dos cosas: pensé inmediatamente en la posibilidad de convertirla en literatura, pero al mismo tiempo no encontraba la forma de hacerlo. Una desgracia que le ocurre a 15 mil personas no me daba material para una novela, a menos que descubriera una clave por ahí. Y, segundo, suponía que algún búlgaro ya la habría escrito, porque en Bulgaria es un evento que tiene mucha importancia histórica, incluso cuando estuve por allá, pues hay monumentos al Ejército Ciego.

—¿Y encontró algún autor de ficción que la narrara?

—Investigando, me entero que no hay una novela que cuente esto, existe una simplemente que cuenta todo lo que ocurría antes, hasta la batalla donde les sacan los ojos. Y yo quería contar, más bien, desde la batalla en adelante, el regreso de estos ciegos a casa y cómo eran recibidos, qué hacían los ciegos cuando volvían a casa. No como una novela histórica, porque no me ha dado nunca por escribir novela histórica, pero sí tratar de encontrar todas estas metáforas, leyendas y posibilidades de belleza que tiene un evento tan frágil. Y al final lo conté así, como si estuviera contando una leyenda. Y no como si hablara de un evento histórico donde yo quisiera sacar todo el realismo posible de la cosa.

—Imagino su sorpresa. Basilio II fue un villano para Bulgaria, pero un héroe para los bizantinos. ¿Cómo se puede manejar una dicotomía tan extrema en una novela? A nosotros nos asombra que Basilio II haya sacado los ojos a 15 mil personas, pero en esa época y región de Europa eran muy comunes esas atrocidades. Pienso en siglos adelante en Vlad Țepeș, El Empalador, Drácula.

—Para el imperio bizantino fue siempre común sacar los ojos, pero no en esta cantidad. Se les sacaba los ojos a los traidores; políticamente, si se quería borrar a un heredero al trono, en vez de matarlo, se le sacaban los ojos. Y era un castigo, más individual. Aquí lo que espanta es el hecho de que de pronto a tantos prisioneros les ocurra lo que les ocurrió. Y sí, en Bulgaria les llama la atención que en las ciudades griegas existen calles que se llaman “Basilio II Bulgaróctono”. Y “Bulgaróctono” significa “Matabúlgaros”. Decía a los búlgaros que nosotros en México tenemos calles y apellidos “Matamoros”.

—Hay una tradición en la literatura en torno a la ceguera. Incluso en esa región, por ejemplo, El firmán de la ceguera, de Ismaíl Kadaré. ¿De qué nos habla esta ceguera a los lectores mexicanos?

—Yo dejaría que los lectores mexicanos descubran algunas cosas. Los escritores a veces no debemos empezar a dar pistas sobre nuestra novela. Pero, por supuesto que sin irme así derecho, sí puedo hablar de que en general la ceguera es una metáfora de muchas cosas: de qué vemos cuando no vemos, o qué pasa cuando no vemos, qué cosas vemos y qué no vemos. Hay muchas formas de interpretar la ceguera en el mundo literario. Y, para mí, la esencia de lo que hallé sobre la ceguera, lo que descubrí cuando iba escribiendo la novela, es que era un homenaje a la literatura.

“Porque, algo que puede parecer obvio, pero lo descubrí con la novela, es que la literatura es un arte para ciegos, porque nos habla de cosas que no estamos viendo; vemos palabras, pero no estamos viendo eso que nos relatan. Y sabemos que la literatura durante mucho tiempo fue oral. La literatura es algo que no vemos, que imaginamos, que escuchamos; y sabemos que los ciegos la pueden tocar con los dedos. Cuando leemos, hay que imaginar. Y por eso hay una frase que menciona uno de mis personajes, y me pareció relevante como un descubrimiento para mí mismo. Él dice: ‘Voy a narrar lo que no vi para que lo vea quien me escucha’. Esta es la idea de la literatura, la de narrar para que del otro lado del texto alguien pueda ver las cosas”.David Toscana la literatura es un arte para ciegos

—Bueno, se sabe que Homero era ciego. Borges. Y quienes veían el futuro, también: Tiresias.

—Ya citaste a Homero. Y claro que siempre estamos viendo el pasado. Claro que tienes esta tradición de los ciegos, pero tienes esta tradición que siempre ha existido de encontrar algo del presente en los clásicos. Mi novela por supuesto que abreva mucho en los clásicos. Hay muchas lecturas. También me encontré ciegos en clásicos, tenemos a Edipo, no solo el Edipo que todos conocemos, también Séneca tenía un Edipo. Y entre los primeros que reciben el castigo de que le sacan los ojos está Sansón. Sansón lo agarran (los filisteos), le sacan los ojos y lo ponen a empujar la piedra del molino. Y ocurre que entre el castigo a los ciegos estaba que los ponían a empujar la piedra del molino, porque no se mareaban; además, en un movimiento de círculo, los ciegos ni siquiera pueden contar las vueltas, no saben, no tienen mucha noción, dan 50 o 100 vueltas, no tienen el punto de referencia.

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“Era tan natural lo de los ciegos, que hay historias de esclavismo en Estados Unidos, donde llegaban los esclavos y les sacaban también los ojos para ponernos a empujar la piedra del molino. Sí, hay una tradición de castigo, de cegar a la gente. Los bizantinos usaron mucho ese castigo, pero nunca en esta cantidad como después de la batalla contra los búlgaros, donde les mandan sacar los ojos a 15 mil. Este sí fue un evento duro. Y en Bulgaria es un evento que recuerdan en su historia, en monumentos, en obras pictóricas, pero extrañamente no había una novela. Entonces, levanté la mano y dije: ‘Yo voy’.”

—En la literatura sobre ciegos hay una constante: el poder. Desde Kadaré, Sófocles, Shakespeare con Rey Lear hasta Yasunari Kawabata con La casa de las bellas durmientes, José Saramago con Ensayo sobre la ceguera, o incluso la crónica autobiográfica de Salman Rushdie, Cuchillo. Usted ha abordado el poder en diferentes obras. ¿Cómo cambió su visión del poder con El ejército ciego?

—Sí, el poder, por supuesto que lo veo en la novela. Pero, el arranque puede ser el poder, pero el protagonista es más bien el individuo que aun frente a ese poder tiene algo que decir, tiene algo que hacer, tiene algo donde rebelarse y todavía —literariamente, por supuesto— puede participar de manera bella de su condición humana. Siempre me ha interesado este pequeño personaje.

“Supongo que has leído Un puente sobre el Drina (Ivo Andrić), pues gran parte de mi literatura viene del capítulo 15 de esa novela. Es el tuerto, precisamente es un tuerto, que es un pobre diablo, un fracasado, pero un día camina por el parapeto del puente, bailando, cantando, y realiza una hazaña que sería por siempre recordada por los niños que lo ven. Entonces, es algo pequeño, pero es el triunfo del individuo. Y esto es lo que me interesa, más allá del poder. Sí hay un poder, y maldito sea ese poder, pero el individuo siempre tiene una forma de protestar ante ello”.

—Justo iba a preguntarle qué pasaba con los tuertos en El ejército de los ciegos.

—Pues en la novela te cuento un poquito que los ciegos se sienten la gente especial, sienten que los tuertos no son ni una cosa ni otra. Solemos decir que “en tierra de ciegos, el tuerto es rey”, pero aquí los ciegos más bien toman alguna frase bíblica donde dicen que los tuertos “no son ni fríos ni calientes; son tibios”. Y los ciegos, los completamente ciegos, los que perdieron los dos ojos, son los que tienen mayor dignidad y son finalmente los protagonistas de la novela. Por ahí aparecen los tuertos, pero la fuerza de la novela está con los ciegos.

—¿Y qué hay de la ceguera como metáfora del mundo contemporáneo? Tenemos más acceso visual al mundo y no vemos nada, por ejemplo, lo que está pasando en Gaza, en Ucrania. ¿Qué piensa de esa ironía o paradoja después de haber investigado y escrito sobre una guerra de hace mil años? En toda su obra narrativa hay mucha ironía, no sólo en sus historias, en sus personajes.

—El mundo presente es cierto que no lo podemos ver claramente, porque no lo tenemos en primera mano, no lo experimentamos. Sabemos que lo que nos cuenta un medio va a ser diferente a lo que nos cuenta otro. Si leemos la prensa de izquierda es distinta a la de la derecha, y aunque queremos estar informados –ahora hay mucho afán por la información–, no estamos enterados. De pronto nos empezamos a llenar de opiniones, empezamos a pensar que 140 caracteres son suficientes para expresarse o para tomar una idea, para radicalizarse, tanta información que circula sin que en verdad tengamos la pausa que nos puede dar un libro. Con el libro sí establecemos un diálogo, que no establecemos ni con la televisión ni con las redes sociales. Si queremos estar mejor enterados de lo que pasa en Ucrania, eso no lo vamos a encontrar en el periódico, sino en libros, en ciertos historiadores, que no sólo nos van a hablar de esta guerra, sino que nos van a hablar de los antecedentes.

“Por ejemplo, qué era Ucrania, cuál era su relación histórica con Rusia, si de verdad en Ucrania si hablaban ruso o si tenían una lengua y una literatura propia. Se destilan muchas mentiras por ahí en esta guerra, y lo que nos puede dar una base para juzgar es la Historia, historiadores serios que han venido tratando este tema desde antes de la guerra. Puedo citar a Timothy Snyder. Yo tengo una relación especial con esta guerra porque vivo en parte en Polonia. Estoy casado con una polaca, para vivir en este lado del mundo tengo papeles polacos y sabemos que muy fácilmente esta guerra se puede extender hacia Polonia. Particularmente tengo una relación emocional con Ucrania”.

—Con Aura Carlos Fuentes puso a la literatura en segunda persona. Usted hace una novela coral, 15 mil soldados que pueden narrar, en primera persona del plural. ¿Qué lo llevó a ello?

—Sí, parte de lo que siempre tuve dificultad para contar en esta novela, hasta que encontré la forma, es que sí tienes 15 mil personajes. Por supuesto, no voy a tener 15 mil narradores. Pero, dentro de todo lo que puede pasarle a este ejército ciego, hay escenas que se las tiene que contar un ciego; otras, otro. A veces aparece la primera persona del plural porque son nosotros, el ejército es un grupo que avanza. Y, por supuesto, está la tercera persona porque a veces se está refiriendo a lo que le ocurre a otra persona. No solo hay tres voces desde la perspectiva, pero son distintos los personajes que lo van contando.

“Ahora que sí importa saber exactamente qué personaje cuenta cada cosa, no tanto, porque te mencionaba que al final se construye como una leyenda. Si de pronto el lector dice cuál de todos los ciegos me está contando esta escena, quizá no importa tanto, quizá se puede decir que cualquiera pudo ser el que lo cuenta. Y hay otras escenas donde sí identificamos a uno de los protagonistas, pero al final sí, es una mezcla de narradores y perspectivas. Todo con narradores que vivieron en esta época, esto me limita, a hablar de ciertas cosas. Yo no puedo tener ninguna frase donde un protagonista le diga al otro: “Nos vemos dentro de cinco minutos”; no toman aguardiente porque todavía no existía la destilación, solamente existía en aquella época la cerveza, el hidromiel y el vino, si uno se quería emborrachar”.

—Y, por supuesto, no había Herradura Blanco, que a usted le gusta mucho.

—Ja, ja, ja. Ya me tomé uno, disfrutando del premio. Porque me decían: “Te vas a tomar champaña para celebrar”. Y dije: “No, un Herradura Blanco.”David Toscana la literatura es un arte para ciegos

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