Pickering Lo negro en los mexicanos no puede borrar

Diego Gómez Pickering: «Lo negro en los mexicanos no se puede borrar; es obligación moral reconocerlo»

El escritor celebra que el rey de España haya reconocido «abusos» de los españoles en la Conquista, pero también considera fundamental que los mexicanos reivindiquen el ADN africano en el mestizaje, en entrevista sobre su nueva novela ‘Juan Sin Nombre. La historia de un negro conquistador’

El escritor, antropólogo, periodista y diplomático Diego Gómez Pickering celebra que el rey de España Felipe IV haya reconocido los abusos que cometieron los españoles durante la conquista y considera “fundamental y una obligación moral” que los mexicanos reconozcamos la negritud en nuestra historia.

“En el gen mexicano está presente la sangre negra, es un componente esencial. Más allá de cómo lo denominemos, lo que no se puede borrar es ese color, lo negro”, sostiene en entrevista el ex agregado cultural de la cancillería para África y Medio Oriente (2007) y embajador en Reino Unido (2013-16).

Acaba de publicar su novela, Juan Sin Nombre. La historia del negro conquistador (Grijalbo, 2026), ambientada en el siglo XXI, donde recupera la historia del africano esclavizado Juan Gallardo, quien llegó con Hernán Cortés a lo que hoy se nombra América y participó en la conquista de Tenochtitlán.

“Las hijas de Juan Garrido fueron las primeras afromexicanas, las primeras afrodescendientes”, apunta Gómez Pickering (Distrito Federal, 1977), quien dedica su libro al historiador británico Hugh Thomas, porque el autor de La conquista de México le heredó todo su archivo referente al horro Juan Gallardo.

Pickering Lo negro en los mexicanos no puede borrar
El escritor, antropólogo, periodista y diplomático Diego Gómez Pickering

En su thriller histórico, el arqueólogo Adrián Romero López, El Negro, desaparece mientras rastreaba en archivos oficiales el paso de Juan Gallardo, con su pareja antropóloga güera María Manuela Araíza.

El diplomático también dedica “a los más de cien mil desaparecidos en México” su nueva novela, que arranca con el fragmento del discurso de un mandatario (con extractos de dos discursos de Andrés Manuel López Obrador pronunciados en Ciudad de México durante su periodo como presidente, el 13 de agosto de 2021, en ocasión del quinto centenario de la caída de Tenochtitlán y el 1 de julio de 2023).

La arenga se encuentra dentro de un pasaje donde soldados desaparecer un cadáver en el Campo Marte.

—¿Cómo se encontró con este personaje de Juan Garrido?

—A Juan Garrido lo encontré haciendo una investigación para mi tesis de posgrado en un libro académico de una especialista estadounidense en el México novohispano, en el que se menciona la presencia de la comunidad negra en México. Era prácticamente una pequeña nota al pie, pero me sorprendió mucho que se le mencionara por nombre y apellido. Eso fue a principios del siglo, y desde esa primera vez me quedó grabado el nombre y conforme fueron pasando los años, fui encontrando a Juan Garrido en otros sitios. Y  una parte fundamental para luego decidir escribir sobre él fue el encuentro que tuve con el hoy fallecido hispanista británico Hugh Thomas (1931-2017), quien tuvo la generosidad de heredarme su archivo, un archivo nada modesto sobre este personaje, que fundamental para entender que en México la negritud existe desde el inicio, desde el siglo XVI.

—Es usted también periodista. ¿Por qué optó por abordar al personaje en una ficción y no en un género periodístico?

—Hay textos, son pocos, que se han abocado desde el periodismo a hablar de la negritud. Algunos han mencionado la historia de Juan Garrido. Hay trabajos académicos. El más reciente fue un pequeño trabajo de máster realizado por un estudiante mexicano en España sobre Juan Garrido. Es decir, no es un personaje que no se haya abordado desde el periodismo, desde la academia, pero es un personaje que desafortunadamente no se había abordado desde la ficción. Y para mí era fundamental hacerlo. ¿Por qué? Porque su historia apasiona porque nos habla de un México que es desconocido, un México totalmente desaparecido de la historia oficial. Y cuando hablamos de publicaciones académicas, de ciertos reportajes periodísticos con este enfoque, están dedicados a un público muy de nicho, hasta cierto punto reducido. Y la ficción, una novela corta como es Juan Sin Nombre, abría la puerta para que todo público se pudiese acercar al personaje de Juan Garrido. Y para mí ese era el principal motor detrás de crear esta historia: que todo el mundo pudiera acceder a ella, que todo el mundo pudiera interesarse, que todo el mundo pudiera voltear al pasado y darse cuenta que aún es nuestro presente.

—En este archivo de Hugh Thomas, ¿qué destacaría de él que incluya en este libro, que le facilitó la comprensión de este personaje o el desarrollarlo como un personaje dentro de una ficción? ¿Qué sería lo novedoso que usted encontró, lo que le sorprendió que no conocía, que incorpora en esta novela, donde es un personaje histórico dentro de una ficción?

—Hay mucha tela de dónde cortar de ese archivo. Quizá las dos cosas que a mí más me sorprendieron fue, por un lado, descubrir que la trascendencia de Juan Garrido va mucho más allá de México. Es un personaje fundamental para entender a México y la construcción de México. Pero su fama y su fortuna y sus hazañas le precedían. Y su paso por La Florida, por Puerto Rico, por Santo Domingo, por Cuba, por no hablar, por supuesto, de la península Ibérica, le hacen aún un personaje más delectable.

“Y por otro lado, descubrir que fuese él una de las personas encargadas de dar sepultura a algunos de los fallecidos, tanto indígenas como españoles y africanos, en la hoy llamada “Noche Victoriosa”, La Noche Triste, en un campo santo que luego devino capilla y que hoy presuntamente es la Iglesia de San Hipólito, en el cruce del Paseo de la Reforma con calzada México-Tacuba (hoy México-Tenochtitlan)”.

Pickering Lo negro en los mexicanos no puede borrar
El escritor, antropólogo, periodista y diplomático Diego Gómez Pickering

—También incorpora documentos históricos legales en la novela, ¿por qué?

—Porque sin duda la pieza toral para entender la trayectoria vital de Garrido es la Carta de Pedanía que Garrido firma ante notario público en la Ciudad de México en 1540, dirigida a Carlos V, en donde, ya en la pobreza, solicita que se reconozcan sus logros y que se rescate el papel que él, como tantos otros africanos esclavizados, también desarrollaron en la conquista de México.

—En términos estilísticos, ¿por qué decidió hacer esta mezcla de puntos de vista dentro de los narradores, de hacerlo como un cuadro de todos los personajes alrededor de Garrido y no enfocarlo directamente a Juan Garrido como personaje en sí?

—Para mí era esencial que un lector actual, que quizá no está habituado a consumir literatura histórica, que está alejado de la academia, que quizá no consume periodismo tradicional, un lector mexicano del 2026, pudiera encontrar en esta historia una conexión, pudiera identificarse. Y la forma para hacerlo era agarrar la figura de Garrido como un referente, pero un referente alrededor del cual hay personajes ficcionalizados y también reales. Por un lado, una pareja joven de arqueólogo y antropóloga, María y El Negro, Adrián. Por otro lado, un académico de la UNAM también ficcionalizado; y del lado histórico-real, del mismo Hernán Cortés, Diego Velázquez, Pánfilo de Narváez, el mismo Moctezuma.

“Quería crear una historia con estos personajes desde la actualidad en la que se abordase constantemente el pasado para entender que hay una interconexión, que realmente la historia no es algo monolítico, sino algo que está en constante flujo y que Juan Garrido y la negritud en México no son un tema del pasado ni un tema que debe estar enterrado aún al olvido que debe desaparecer de la historia oficial, sino que tiene que tener un papel protagónico en la misma”.

—¿Por qué mezclar también hechos recientes, como discursos de López Obrador, o la imagen de los destrozos que causaron los militares en el departamento de Narvarte de Adrián y María, que me parecía escena salida de la historia de los asesinatos en Narvarte de los periodistas Rubén Espinosa y Nadia Vera (y de Mile Virginia Martín, Yesenia Quiroz y Olivia Alejandra Negrete)?

—Porque me parece que había o hay muchas similitudes entre un mundo en transformación. El mundo del siglo XVI, se le conoce como la era de los descubrimientos, pero era un mundo convulso, que no es disimil del mundo que vivimos actualmente. Teniendo eso como marco teórico pensé en maneras de actualizar una historia que podría parecer ya intrascendente, que era la de Juan Garrido. Y la mejor forma para hacerla era nombrarlo como un desaparecido más. Juan Garrido es una persona que en México hemos desaparecido, sigue desaparecido, no sabemos dónde está su tumba, dónde está el lugar del entierro. Y en la medida en que se convierte en un desaparecido, también hay una conexión con algo que sucede todos los días aquí, que es gente que desaparece y que al desaparecer, no deja rastro. Y su nombre un poco va borrándose. Y eso es lo que no podemos hacer ni ahora, ni con lo que sucedió entonces con los negros que llegaron a México, los africanos y de los cuales todos descendemos.

—La pregunta más iba encaminada a por qué tergiversar hechos actuales, por ejemplo el primer capítulo en el Campo Marte con discursos de López Obrador. ¿Por qué cambiar marcos históricos en la ficción?

—Realmente no es que haya un cambio de marcos históricos. La ficción es una manera de entrar al flujo de la historia, es romper esa visión monolítica de la historia. Desafortunadamente, en el México actual, en el del siglo XX, del XIX, del XXI, la presencia de la raza negra en el país se considera algo anecdotario, que está en los márgenes, como algo que se limita a la Costa Chica de Guerrero o quizá a Alvarado de Veracruz, por no hablar de la comunidad mascogo de Coahuila, de la que nadie sabe, se ve como si fuera una nota al pie de página. No es una nota al pie de página, es una realidad fehaciente.

“Si hiciéramos estudios de ADN de la población mexicana, en el gen mexicano está presente la sangre negra, es un componente esencial. Ms allá de cómo lo denominemos, lo que no se puede borrar es ese color, es lo negro. Las hijas de Juan Garrido fueron las primeras afromexicanas, las primeras afrodescendientes. No se trata de una superposición de marcos históricos y teóricos, es una invitación a través de la ficción, porque, desde mi punto de vista y por mi oficio literario, es lo que más a mano me queda, una invitación a los lectores y a los mexicanos a replantearnos cómo entendemos la negritud”.

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Pickering Lo negro en los mexicanos no puede borrar
El escritor, antropólogo, periodista y diplomático Diego Gómez Pickering

—Cita la influencia de Mia Couto para escribir un pasaje. ¿Qué tanto influyó el paso de usted como diplomático por África para decidir perseguir a Juan Garrido en la historia y en la ficción?

—Mucho, mucho. Siempre ha estado relacionada mi inquietud por el continente africano con descubrir los vínculos entre México y África en lo cultural, desde la música hasta la danza, en las costumbres, en todo. Está muy vinculado, estrechamente vinculado. Para mí es una labor de vida prácticamente en cualquier frente, el hablar, el refrendar, el reconocer, el rescatar la esencia africana de México.

“Y si hablamos del pasaje del sueño en el que Adrián, El Negro, viaja un poco a otra dimensión,  realmente está viajando al África del siglo XVI, a la corte de los Congó. Los Congó fueron el principal imperio del África central entre los siglos XIII y XVI. Es uno de los primeros lugares en donde penetran los portugueses y donde se da un primer encuentro entre el mundo cristiano y el animístico, de las visiones tradicionales. Y todo eso conlleva muchas de las escenas que he tenido la fortuna de presenciar en Angola, en Congo, en los países del golfo de Guinea, Nigeria, Costa del Marfil. El pasaje está perfumado, sazonado con esos olores, con esas visiones, con esos sonidos, con esos colores”.

—¿A qué atribuye usted esa negación de la negritud en México a la influencia de los conquistadores, al mundo novohispano, al cambio al México independiente?

—Al racismo. Al racismo histórico y aún muy presente en la sociedad mexicana. El racismo entendido como la inferioridad, en este contexto en que lo uso, como la supremacía de un color de piel más blanco hacia colores, tonalidades más oscuras, en el que el negro es el último escalafón. Y ese racismo es claro en la política, en la economía, en la cultura y en la academia, desafortunadamente. Por eso que este borrado sistemático de la negritud en México trasciende trincheras socioeconómicas, de formación, geográficas y nos delata a todos, como una sociedad extremadamente racista. A eso lo atribuyo yo.

—¿Pero eso también le ocurrió a Juan Garrido? Menciona que había sido esclavizado, pero terminó siendo horro, liberto. Ahora que recordamos este 21 de marzo a Benito Juárez como el primer, y único, presidente indígena, hay que recordar que antes hubo un presidente negro, Vicente Guerrero. Y lo menciono porque en la década pasada que hubo una exposición iconográfica sobre José María Morelos y Pavón en el Museo Nacional de Historia en el Castillo de Chapultepec, el color con que pintaron al Siervo de la Nación pasa del negro, con rasgos de hombre negro, a casi rubio en las últimas épocas. ¿Qué ha cambiado en ese sentido?

—Sí, en el siglo XXI ha habido esfuerzos importantes en diferentes trincheras. En México en particular, desde el gobierno, desde la presidencia de Andrés Manuel López Obrador y sin duda de la presidencia de Claudia Sheinbaum, hay una inquietud de recarcir la narrativa respecto de la africanitud mexicana. Esto se ha traducido en algunas instancias, programas de gobierno, en menciones, quizá incluso en libros de texto. A pesar de ello, hay aún una brecha muy importante y esos cambios discursivos todavía no se traducen, y es imposible que se traduzcan en un lapso tan corto de tiempo, cuando lo que enfrentan es un racismo muy acendrado, muy sistémico, que en la concepción de un mexicano resulta realmente inconcebible que exista en el espacio público alguien que se autodefine como negro y que exista con la misma valía con la que existe alguien a quien percibimos —aunque sea inconscientemente— como mejor y que es de piel blanca.

—En el trabajo estilístico, ¿qué le resultó a usted más complejo al desarrollar esta novela en comparación con sus anteriores libros?

—Por supuesto, que se trata de un personaje de carne y hueso, alguien que existió hace más de 500 años, que tiene un contexto muy particular porque es una persona que fue esclavizada, un africano que vino a América contra su voluntad y que después de adquirir la libertad se embarcó para construir su propio futuro y se convirtió él mismo en conquistador y, en esa medida también, quizá en violentador si tuvo un papel en la conquista. Dos retos podría yo decir, los dos vinculados con ficcionalizar este personaje. El primero es cómo ser justo, cómo ser objetivo, cómo ser cuidadoso para este personaje y su contexto y poderlo traducir a una novela, ficcionalizarlo sin demeritar, sin borrar, sin revictimizarlo.

“El otro reto que tenía para mí igual de complejidad era cómo hacer esta historia relevante para alguien en el 2026. ¿Por qué esto podría generar un interés en un lector en el 2026? De ahí nace la idea de no hacer una novela histórica en el sentido estricto de la palabra sino en abordarla quizá desde el thriller histórico o desde otras perspectivas para hacerla interesante para nosotros en el 2026 más allá de estos públicos nichos. Esos para mí fueron los dos retos con mayor complejidad de este trabajo”.

—La semana se inició con una noticia histórica. El rey de España reconoció que los españoles incurrieron en abusos en la Conquista de lo que hoy es América. ¿Qué opinión tiene Gómez Pickering al respecto?

—Yo celebro esas palabras del rey Felipe VI durante su visita a la exposición en Madrid sobre La mujer en el mundo indígena, las celebro porque es un reconocimiento de un hecho irrefutable: que es que ese proceso de colonización española de América, y en particular de México, conllevó a una serie de acciones o se hizo al amparo de una serie de acciones que hoy a todas luces podrían ser denominadas crímenes de lesa humanidad. El hecho de que el gobierno de España, a través de un jefe del Estado, reconozca una visión distinta de la que se ha vendido hasta el momento hacia el exterior, es decir, que este proceso fue exento de toda violencia, no sólo es algo que hace justicia, justicia histórica, sino que también va acorde a los tiempos que se viven y que trae a España a la modernidad.

—El rey, no obstante, ignoró justo la historia de los africanos esclavizados y traídos a América.

—Sin duda alguna el rol de España en el comercio transatlántico de personas es uno de los más deleznables. Recordemos que Cuba, hasta 1898, estuvo bajo dominio español en mediados del siglo XIX, en lo que se denomina segunda esclavitud, que conllevó a una pérdida terrible de vidas humanas, no sólo el trasiego del océano Atlántico, sino por las deplorables condiciones en las que trabajaban los ingenios cubanos. Ahí hay sin duda mucho por hacer, pero mucha mayor reticencia por reconocerse desde España el involucramiento de su sociedad en el tráfico humano entre África y América.

—¿Qué cambiaría para los mexicanos reconocer nuestra parte africana, negra? Todavía hay quien no está enterado, por ejemplo, que la tan admirada sor Juana Inés de la Cruz tenía una mujer esclavizada africana, que había comprado ella misma.

—Es fundamental porque es una manera de reconciliarnos como país; es una manera de reconocer que hemos de manera consciente borrado de la historia nacional y del genoma mexicano con capetazo la presencia de la negritud. Es una obligación moral, como mexicanos aceptarlo en todos los niveles.

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