Detective Portugal

El rabioso caso del regreso de Valeria

Luego de cinco entregas la serie del detective Roberto Portugal llega a su último capítulo… ¿o no?

Un vaho dibujado en alaridos, así describiré la respiración y las voces del hombre colgado por los pies durante tres horas, descamisado, sucio por los capones de ceniza que le propinaron las centinelas del Metro cuando ya lo tenían sometido tras perseguirlo por pasillos y peldaños. Sin embargo, su hálito no se tornó acuoso por el suplicio al que fue sometido. Su mortificación era otra, la risa falseada murió cuando se abrió la puerta de la pequeña bodega donde sucedía el interrogatorio, pues una presencia resecó ojos y gargantas de los presentes, el miedo dominó el sitio. Ella no existe, gimoteó. Pero ahora sabía que eso era una mentira.

Era hábil. Aquel hombre no sólo sabía aceitar los sucios engranajes con los que caminaba la maquinaria del crimen en la ciudad, en especial los de su negocio, consistente en enganchar muchachas y raptar niños para hacerlos presa de todo lo que sufren aquellos que nadie cuida. No, también resultaba escurridizo, porque desde que supimos que su organización tenía secuestrado a Roberto Portugal no descansamos un segundo hasta atraparlo, y fue difícil hacerlo salir de su guarida para ponerle las manos encima.

Juan Mora Ramales, alias el Rastas, no daba el aspecto de un lenón, se asemejaba a los drogodependientes de baja estofa cuyos tratos se limitan a elevar precios en mercados públicos y rebuscar billetes, monedas, algo que valiera, en las bolsas de sus madres y novias. Cuando vio que las vigilantes lo detectaron se deslizó como lombriz por los recovecos de la red mientras los convoyes anaranjados avanzaban con su ruidoso naranja. Sin embargo, fue presa del trabajo coordinado, nuestras colaboradoras lo cercaron en Hidalgo con una maniobra envolvente. Cuando quiso evadirse emergiendo por las escaleras hacia la calle de Rosales se le dejó avanzar hasta el rellano. Diez de nosotras lo rodearon y el hombre, enfundado en unos jeans raídos y playera manida que dejaba apreciar la comba de su abdomen y más que adivinar la apariencia de su ombligo, sacó un porro del bolsillo trasero, lo encendió y firmó así su rendición.Serie del detective Portugal

Ni por asomo alguien con esa pinta esmirriada era capaz de vencer en un combate mano a mano al mejor detective y mercenario que yo haya conocido. En todo aspecto superior a ese alfeñique, Portugal, justifiqué, debió ser emboscado por un gran número de enemigos, cazado con las mejores técnicas, detenido entre mesnaderos de élite, como él. Desde luego, había otra posibilidad, lejana, una recaída aprovechada por sus adversarios para sacarlo a rastras como una bestia babeante. Liga, jeringas y cuchara representaban su debilidad, asoladora. Tal vez por no querer creerlo di la voz de alerta. Reina, Reina, se lo sacaron del picadero de Doctor Lavista, los vio la Alien cuando lo subían a la camioneta de la gente del Rasta. No dudé de las palabras de Viri y encabecé la misión sin reparar en los protocolos. Era Portugal y estaba en riesgo.

Debía llamar a todas las aliadas, cada minuto representaba un mayor daño para mi amigo, así que sin delicadezas pedí informes en cada una de nuestras posiciones. Corrí al bar El Tecolote, donde puse al tanto del asunto a El Esqueleto, a quien le encomendé dar aviso a la jefa, tal vez ella estaba lejos pero él sabría localizarla. El viejo vendedor de rosas y chocolates me escuchó. Ten cuidado, chamaquita, esta gente no está jugando y tú eres re buena para eso de escribir pero esto es de verdad, me aconsejó mientras acomodaba primorosamente los bombones cubiertos en su cajón desafiando su ceguera. Por el momento estás sola.

Sabíamos dónde solía recrearse el Rastas, por las tardes bebía con sus cómplices en las afueras de un bar cercano a Pino Suárez donde también le rellenaban los envases con negros tragos adulterados, y quienes los probaban eran conducidos a un lugar donde a diario una multitud de sombras azufrozas los herían. Pero ahí no estaba nuestro objetivo, debíamos escudriñar sus guaridas satélite, hacerlo salir.

Con una máquina de humo a la mano seguramente la proporción del desastre, pero sobre todo el de las columnas que ensombrecieron la tarde, hubiera sido menor. Ahora lo comprendo, sin embargo en aquellos instantes mon idée fixe era Roberto y su rescate, por lo que mi orden fue incendiar las partes externas de sus otros sitios de reunión para provocar asfixia en sus ocupantes y así obligarlos a dar la cara. Pero esto resultó mal. Muy mal. Pronto las llamas se extendieron dado el uso de productos inflamables en la pintura que recubría esas paredes y comenzaron a arder las construcciones ante mi mirada atónita. Varias chicas tuvieron que entrar para abrir puertas y rejas y así liberar a aquellas apresadas que cayeron en las garras del cínico Rastas y su gavilla. Varias de las compañeras dijeron haber sido auxiliadas por una sombra veloz que recorría, ayudaba, mataba felones y salía sin mediar palabra.

La intoxicación las había afectado, pensé, pero un grito me sacó de mis cavilaciones cuando la Amiguita me alcanzó en una azotea cercana. Lo vieron entrar al Metro, Viri y Alien lo van a agarrar, informó conteniendo la tos. Su delgada figura se revolvió hecha un estropajo ceniciento, cayó de hinojos, solicité que la llevaran al Tecolote a sanar. Pronto envié un mensaje, en cuanto lo detuvieran debían llevarlo vivo y sin daños perniciosos a la bodega ubicada en la calle de Panadero. Ahí sería el interrogatorio.

Hay algo que debo declarar antes de seguir. Es esto. Ciertamente, la figura de una mujer del norte con un peculiar talento para asesinar, pero más para causar dolor, cuyo doble escape de masacres cometidas por bandas del hampa en aquella zona del país se antoja poco verosímil, y se ve como material de culebrón televisivo con tintes absurdos. Lo sé. Pero en los altos círculos criminales de la ciudad estaban enterados de su actividad; lo que para unos era esa historia fantástica de una tipa enloquecida, de piel blanca salpicada de pecas y afecta a abrir las carnes de sus enemigos, para otros era causa de dolores de cabeza pues sus ganancias por esclavitud se veían mermadas desde que apareció. Juan Mora Ramales, alias el Rastas, era del primer grupo.

Para desgracia de aquel rufián enganchador y robachicos venido a más pero siempre limitado a sus medianas capacidades, tuvo que comprobar esos cuentos exóticos sobre habilidades extraordinarias, porque luego de estar tres horas descamisado y colgado de los pies se le resecaron ojos y garganta cuando el mismo azote del norte franqueó la puerta de aquella bodega con una daga ceñida a la cintura.

Tuve miedo. Su cariño por mí es sincero y nunca me haría daño. Tuve miedo. El aura que desprende cuando se encuentra en batalla quema la hierba helando todo alrededor. Yo no volteé, no podía pero sabía que era ella. Sentí su mano sobre mi cabeza, como se reconviene a un perro. Mira nomás el desgarriate que armaste, nomás supiste que tenían a Portugal y te chisqueaste. A ver, tú morrillo, ¿sabes quién soy?, preguntó al cautivo, que parpadeaba intermitentemente. ¿Cómo? Ya sé, pues nunca me habían dicho así, muchas veces buchona, loca, asesina y hasta mascota, pero nunca pinche, tampoco vieja y menos puta. Por no escuchar bien, se te va la oreja.Detective Portugal

La sangre del sobre el temporal derecho del Rastas pronto formó un charco rojizo. La siguiente frase del torpe aquel lo hizo perder un ojo y un nuevo tajo le arrebató la simetría de la nariz. A ver, huerco, ¿sabes de qué otra cosa tienes un par y no son los pies? Ajá, así mismo, me llamo Valeria y me da gusto que tus patrones lo sepan, que se lo tengan bien aprendido.

Tal vez nunca nunca me acostumbre a verla ejercer, pero me ha salvado y siempre cumple. Encajó una fina navaja bajo el ombligo del tipo, para luego trozar la hoja y colocar la palma derecha sobre la herida, asegurando con pobre presión que el acero anidara en el punto indicado. Llévenselo y me lo tiran afuera del bar de Pino Suárez, le va a dar tiempo de hablar tres minutos con sus jefes.

En ese momento reaccioné, lo urgente era averiguar el paradero de Portugal y el único que podía revelarlo estaba a punto de desmayarse, tal vez de llevarse a la tumba la información. Lo tomé por la cabeza antes de que lo bajaran. Dime dónde está Portugal, hijo de puta, ¿dónde lo tienes? En ese momento se filtró una voz entre el horror. Al-fe-ñi-que, así descríbelo cuando lo escribas este cuento, no iba a poder conmigo ni aunque me hubiera dado diez pinchazos antes… ¿Cómo le llamaste, Valeria? ¿Huerca chisqueada?

Lo abracé porque sí, porque ahí estaba de pie, sucio pero sobrio. Ya deberías saber que nadie me puede arrastrar contra mi voluntad, como el día de Ali o la vez que tu patrona me sacó de un mal lugar. Sentí esas palabras como un sermón pero me volvió el alma al cuerpo. Y ahora vamos a arreglar este desastre, lo que no sé es cómo vas a pagar mis servicios.

Valeria lo atajó.

—Casi tengo resuelto esto, pero debiste confiar más en el vato mamón este y en mí, ahora se nos adelantaron los planes.

—Vamos a repetir lo de Tlaxcala —respondí cerrando los ojos, queriendo olvidar.

—Vamos a necesitar al Gato, sácalo del anexo, y tú, Portugal, llama a Sotelo.

—Sembrarás las calles de cadáveres.

—Pero no de las morras, de los puñetas esos que se las llevan.

—¿Podemos esperar?

—No, ya encendiste la mecha.

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