Jim Morrison y Pam: momentos que nadie fotografió

Jim & Pam: los momentos que nadie fotografió

Cuando se conocieron no sabían que estaban entrando en una historia que terminaría con uno enterrado en París y la otra muerta tres años después

Jim & Pam: los momentos que nadie fotografió

Hay ciudades que se construyen hacia arriba.

Los Ángeles se construyó hacia los lados, como una mujer que se acuesta bajo el sol y no piensa levantarse.

Aquel año todavía era posible encontrar en Sunset Boulevard un restaurante donde nadie conociera a Jim Morrison.

Eso era importante.

Jim necesitaba lugares donde nadie supiera quién era.

Llevaba pantalones negros estrechos, botas gastadas, una camisa blanca abierta hasta el pecho y una chaqueta de cuero que parecía haber pertenecido a otro hombre, quizá a un hombre muerto. El cabello le caía sobre los hombros y la barba comenzaba a darle ese aspecto que después sería reproducido en camisetas, carteles, portadas y paredes de dormitorios adolescentes.

Pero todavía no era el Rey Lagarto.

Todavía era Jim.

James Douglas Morrison nació el 8 de diciembre de 1943 en Melbourne, Florida. Hijo de George Stephen Morrison, oficial de la Marina estadunidense que llegaría a ser almirante, y Clara Morrison.

La infancia de Jim estuvo marcada por mudanzas, disciplina militar y una relación difícil con la autoridad paterna. Desde joven desarrolló una voracidad intelectual poco compatible con el adolescente convencional: leía a Nietzsche, Blake, Rimbaud, los poetas románticos y los escritores de la generación beat.

No quería simplemente ser cantante.

Quería ser artista.

El rock apareció casi como una consecuencia.

En UCLA estudió cine y comenzó a construir una identidad que mezclaba poesía, cine, filosofía, erotismo y provocación.

Morrison tenía una contradicción esencial: quería ser libre, pero necesitaba destruir todo aquello que amenazara con convertirse en jaula.

La fama sería una jaula.

El amor también.

La familia.

La moral y su genealogía.

El cuerpo.

Incluso él mismo.

Pamela Susan Courson nació el 22 de diciembre de 1946 en Weed, California.

Era más joven que Morrison y estudiaba arte en Los Angeles City College.

No procedía del mundo del rock.

Y esto resulta importante.

Cuando conoció a Morrison, él todavía no era el profeta sexual que después aparecería en las portadas de las revistas.

Era un muchacho extraño, delgado, insolente, con patillas tipo Elvis, libros, poesía y una banda que todavía tocaba en pequeños clubes.

El London Fog era oscuro, mínimo, húmedo de humo.

No había todavía multitudes gritando el nombre de Morrison.

No había limusinas.

No había periodistas.

No había millones de discos vendidos.

Jim estaba en el escenario como si esperara a que ocurriera algo inescrutable.

Pamela llevaba una falda corta, medias oscuras y una blusa clara que se movía con el aire caliente de Los Ángeles. Tenía el cabello largo, suelto, y ese tipo de belleza que no parece estar enterada de que alguien la observa.

Ella entró al London Fog esa noche.

El lugar olía a cerveza, humo y madera húmeda.

Ray Manzarek estaba al piano.

John Densmore esperaba detrás de la batería.

Robby Krieger afinaba la guitarra.

Y Jim se posó frente al micrófono como si estuviera esperando que alguien le dijera dónde terminaba el mundo.

Pamela se quedó junto a la pared.

Jim la vio.

No dejó de cantar.

Pero volvió a mirarla.

Una vez.

Dos.

Tres.

Después de la canción, Ray se acercó.

¿La conoces?

No.

La estás mirando.

También miro al público.

Ray sonrió.

No de esa manera.

Jim encendió un cigarrillo.

¿Y cómo la estoy mirando?

Ray levantó los hombros.

Como si ya la hubieras perdido.

Jim soltó una risa.

Eso es imposible.

Entonces, todavía no la conoces.

Pamela salió primero.

Jim la alcanzó en la calle.

¿Te gustó?

Ella lo miró.

¿La música?

Sí.

No sé.

Jim sonrió.

Eso significa que sí.

Eso significa que no sé.

Es casi lo mismo.

Pamela comenzó a caminar.

¿Siempre hablas así?

¿Así cómo?

Como si estuvieras contestando una pregunta que nadie hizo.

Jim caminó junto a ella.

Es una buena manera de evitar preguntas.

Ella lo miró de reojo.

¿Y quién eres?

Jim tardó unos segundos.

Jim.

Eso ya lo sé.

Entonces sabes demasiado.

Pamela sonrió.

Y caminaron.

No sabían que estaban entrando en una historia que terminaría con uno enterrado en París y la otra muerta tres años después.

Las historias verdaderamente peligrosas comienzan así:

Sin música.

Sin relámpagos.

Sin advertencia.

Con dos personas caminando.

Así es, el amor comenzó allí.

No como una declaración.

Como una especie de reconocimiento.

Pamela no fue simplemente “la novia de Jim Morrison”.

Fue una presencia importante en su vida creativa.

Morrison escribió sobre ella, alrededor de ella y desde ella.

“Queen of the Highway” está asociada directamente con Pamela, y su figura aparece detrás de distintas canciones y poemas del periodo.

La tienda de ropa Themis, que Pamela dirigió entre 1969 y 1971, fue financiada por Morrison con dinero proveniente de sus regalías.

Él podía regalarle una tienda.

Ella podía regalarle una idea.

Y durante un tiempo eso funcionó.

Pamela parecía representar para Morrison una vida alternativa:

no el escenario,

no los gritos,

no el personaje,

no el Rey Lagarto,

sino Jim.

Pero el problema era que Jim tampoco sabía vivir sin el Rey Lagarto.

Ambos tenian conductas autodestructiva.

Pero ella formó parte del ecosistema emocional en el que esas tendencias pudieron crecer.

Y Morrison hizo exactamente lo mismo con Pamela.

Ella también tenía problemas con las drogas.Jim Morrison y Pam: momentos que nadie fotografió

El vínculo se convirtió en una especie de circuito cerrado:

Jim hería a Pamela… Pamela reaccionaba… Jim escapaba… Pamela buscaba recuperarlo… volvían a juntarse… ambos consumían… ambos se herían… ambos necesitaban al otro para soportarlo.

Eso no es amor sano.

Pero tampoco significaba que no fuera amor.

Ésa es precisamente la tragedia.

Él quería atravesar la puerta

Ella quería entrar con él.

Y detrás de aquella puerta no había necesariamente libertad.

Había un precipicio.

Pamela descubrió pronto que Jim tenía dos caras.

Una pertenecía al hombre que podía pasar una tarde entera leyendo.

La otra pertenecía al hombre que podía subir a un escenario y convertir su cuerpo en una provocación.

En casa podía estar sentado en el suelo, rodeado de libros.

Películas.

Cuadernos con poemas.

Botellas.

En una de las paredes había fotografías y papeles pegados sin ningún orden.

Pamela entraba y encontraba a Jim escribiendo.

¿Qué haces?

Nada.

Estás escribiendo.

Eso no significa que esté haciendo algo.

Entonces ¿qué es?

Una forma de no hacer nada.

Ella se sentaba frente a él.

¿Y qué escribes?

Jim cerraba el cuaderno.

Cosas que no sirven.

¿Por qué las escribes?

Porque las cosas que sirven ya las escribe todo el mundo.

Pamela lo miraba.

A veces eres insoportable.

A veces.

Casi siempre.

Eso es más exacto.

Ella le arrojaba un cojín.

Jim reía.

Esos eran los momentos que nadie fotografió.

Los momentos pequeños.

Los momentos en que no había una multitud.

Ni periodistas.

Ni escándalos.

Ni policías.

Ni The Doors.

Sólo ellos.

Dos cuerpos en una habitación.

Dos cigarrillos consumiéndose en un cenicero.

Y la noche de Los Ángeles entrando por una ventana abierta.

Jim hablaba constantemente de puertas.

Puertas de la percepción.

Puertas interiores.

Puertas que llevaban a otra cosa.

Pamela comenzó a odiarlas.

Una noche, después de una discusión, ella le dijo:

Siempre estás buscando una puerta.

Jim la miró desde el otro lado de la habitación.

¿Y tú qué buscas?

Que te quedes.

Eso no es una puerta.

No.

Pamela se acercó.

Es una habitación.

Jim sonrió tristemente.

Las habitaciones se convierten en cárceles.

Sólo para quienes quieren escapar.

Hubo silencio.

Jim apagó el cigarrillo.

Pam.

¿Qué?

Algún día voy a desaparecer.

Ella lo miró fijamente.

No digas estupideces.

No es una estupidez.

Entonces es una amenaza.

No.

Jim caminó hacia la ventana.

Es una posibilidad.

Pamela cruzó los brazos.

¿Y yo qué hago?

Jim tardó en responder.

Vives.

Ella soltó una carcajada amarga.

Qué generoso.

El amor entre ellos tenía una habitación secreta.

Se llamaba celos.

Los dos entraban allí.

Ninguno encontraba la salida.

Jim podía acostarse con otras mujeres.

Pamela lo sabía.

Pamela podía irse con otro hombre.

Jim lo sabía.

Pero ambos podían soportar el cuerpo del otro lejos.

Lo que no soportaban era imaginar que el otro pudiera amar a alguien más.

Una noche Pamela llegó al departamento.

Jim estaba con otra mujer.

La mujer salió apresuradamente.

Pamela no gritó.

Eso fue peor.

¿Quién era?

Jim encendió un cigarrillo.

Una amiga.

No tienes amigas.

Ahora tengo una.

Pamela lo miró.

Te odio.

Jim asintió.

Lo sé.

No te rías.

No me estoy riendo.

Sí.

Es que cuando dices que me odias pareces más enamorada.

Pamela le dio una bofetada.

El golpe sonó en la habitación.

Jim se quedó inmóvil.

Después dijo:

Eso sí lo entendí.

Pamela comenzó a llorar.

Y Jim, que podía desafiar a miles de personas, no supo qué hacer con una mujer llorando frente a él.

La abrazó.

Ella se resistió.

Después dejó caer la cabeza sobre su pecho.

Y así, abrazados, comenzaron otra vez.

Como siempre.

Afuera el mundo comenzó a cansarse de Jim.

O quizá Jim comenzó a cansarse del mundo.

New Haven.

Los policías.

Los conciertos.

Las provocaciones.

La fama.

Las acusaciones.

Después Miami.

Pamela veía los periódicos.

Los titulares hablaban de obscenidad.

De arrestos.

De Morrison.

De Morrison.

De Morrison.

Siempre Morrison.

Ella arrojó un periódico sobre la mesa.

¿Esto es lo que querías?

Jim lo tomó.

Leyó.

Lo dejó.

No.

Entonces ¿qué querías?

No sé.

Eso dices siempre.

Porque es verdad.

Pamela se sentó.

Te estás destruyendo.

Jim miró por la ventana.

Quizá.

Y me estás destruyendo contigo.

Él no respondió.

¿Me escuchaste?

Sí.

Entonces contéstame.

Jim la miró.

No quiero destruirte.

Pamela bajó la mirada.

Eso no significa que no lo hagas.

Una noche caminaron por Los Ángeles sin rumbo.

Jim llevaba una camisa negra y pantalones de mezclilla.

Pamela llevaba un vestido blanco sencillo y botas.

No parecían famosos.

No parecían amantes malditos.

Parecían dos jóvenes cansados.

Compraron café.

Se sentaron en la banqueta.

Un automóvil pasó con la radio encendida.

Sonaba The Doors.

Pamela comenzó a reír.

Qué horror.

Jim la miró.

¿Qué?

Nosotros.

¿Nosotros?

Estamos escuchando nuestra propia vida desde un automóvil.

Jim sonrió.

Eso es Hollywood.

Ella apoyó la cabeza en su hombro.

¿Me amas?

Jim guardó silencio.

Pamela levantó la cabeza.

Contesta.

Sí.

¿Mucho?

Jim miró las luces.

Más de lo conveniente.

Pamela sonrió.

Eso me basta.

En 1971 llegaron a París.

La ciudad los recibió con lluvia.

Jim llevaba un abrigo oscuro, pantalones amplios, zapatos gastados y una barba más espesa. Había engordado. Su cuerpo ya no tenía la figura del muchacho del London Fog.

Pamela llevaba un abrigo largo, cabello suelto y una bufanda alrededor del cuello.

Caminaban por calles mojadas.

París parecía no saber quién era Jim Morrison.

Y eso lo hacía feliz.

Entraban en librerías.

Visitaban cafés.

Caminaban junto al Sena.

Jim compraba libros.

Pamela miraba escaparates.

Una tarde se sentaron en un café.

¿Estás feliz? —preguntó ella.

Jim miró el café.

No sé.

Otra vez.

Es mi frase favorita.

Pamela sonrió.

¿Cuál?

No sé.

Ella le tomó la mano.

Aquí nadie te conoce.

Jim levantó la mirada.

Ese era el plan.

¿Y ahora?

Jim miró hacia la calle.

Ahora tengo miedo.

¿De qué?

De que nadie me conozca.

Jim quería escribir.

Quería ser director de cine.

Quería ser poeta.

Quería adelgazar.

Quería dejar de beber.

Quería comenzar otra vida.

Pero el cuerpo conserva sus costumbres.

La botella volvía.

La noche insolente volvía con todas sus drogas.

El cansancio volvía.

Pamela lo observaba dormir.

Una madrugada él despertó.

¿Qué haces?

Mirarte.

Eso es peligroso.

¿Por qué?

Porque algún día vas a verme de verdad.

Jim Morrison
Photo by Gloria Stavers.

Pamela acarició su labio superior donde ahora sólo había un discreto bigote tipo Hemingway y había bajado de peso.

Ya te veo.

Jim cerró los ojos.

No.

Sí.

No sabes quién soy.

Pamela respondió:

Tú tampoco.

El verano llegó lentamente.

París estaba lleno de turistas.

Los cafés estaban abiertos.

Las bicicletas pasaban.

El Sena parecía arrastrar todos los secretos de Europa.

Aquella noche no ocurrió nada extraordinario.

Y quizá por eso fue la más terrible.

No hubo una tormenta.

No hubo un disparo.

No hubo un escenario.

No hubo una multitud.

Sólo un apartamento.

Una habitación.

Un baño.

Una bañera.

Pamela encontró a Jim muerto el 3 de julio de 1971.

Después vendrían los rumores.

La sobredosis.

El asesinato.

La conspiración.

La ambulancia.

El cadáver.

Las preguntas.

Pero para Pamela no había teorías.

Había un hombre.

Su hombre.

El hombre que siempre decía que algún día desaparecería.

Y finalmente había desaparecido.

El mundo no se detuvo.

Pamela caminó sola.

Quizá entonces comprendió algo que Jim nunca había entendido:

la muerte es la única puerta que no permite regresar.

Tres años después Pamela moriría en Los Ángeles.

Tenía veintisiete años.

La misma edad que Jim.

Y entonces la historia dejó de parecer una historia de amor.

Parecía una maldición.

Sólo Jim.

Sólo Pamela.

A veces imagino que se encontraron otra vez.

No en el cielo.

El cielo sería demasiado sencillo.

En una habitación vacía.

Una habitación sin puertas.

Jim está sentado.

Pamela entra.

Él levanta la mirada.

Llegaste tarde.

Tres años.

Pensé que ibas a tardar menos.

Yo también.

Silencio.

Pamela se sienta frente a él.

Dos personas sentadas en una habitación sin puertas.Jim Morrison

Y quizá eso era el amor desde el principio:

no encontrar a alguien que nos salve del abismo, sino encontrar a alguien que se siente junto a nosotros a contemplarlo.

Afuera comienza a llover.

Jim mira la ventana.

Pamela le toma la mano.

Esta vez ninguno intenta escapar.

Y la noche, que durante tantos años había sido su enemiga, finalmente los deja en paz.

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