Monica Ramírez Cano

Jóvenes criminales: lo que es y lo que puede ser

Los que eligen delinquir lo hacen deslumbrados por la adrenalina que provoca: “me encanta ver sangre…”

Uno de los fenómenos criminológicos actuales de mayor relevancia en nuestro país es la participación de adolescentes y jóvenes en actos delictivos, principalmente en los grupos del crimen organizado. Pareciera que ésta ha encontrado el nicho perfecto de mano de obra barata para sus actividades ilícitas en jóvenes necesitados, ya sea quienes son reclutados de manera forzosa, o quienes ambicionan dinero fácil para una vida despreocupada y llena de satisfactores inmediatos, en medio de fiestas y drogas bajo la premisa de que su temprana edad será eterna. No se piensa en el mañana. Es que ni siquiera el mañana existe hoy, parafraseando a Zygmunt Bauman, su modernidad líquida y fragilidad humana.

Cuando revisamos la historia, sin que haga falta profundizar en ella, nos damos cuenta de que estamos viviendo a manos de la delincuencia, una violencia desmedida, desbordada, psicopática, impune, libre de arrepentimiento, de culpa, carente de empatía y donde sólo sobrevive el más fuerte o quien da el primer golpe.

La guerra contra el narcotráfico que dio inicio no precisamente en el sexenio de Felipe Calderón, sino a principios de los años 2000 cuando grandes capos de la droga anunciaron que los tratos con el gobierno mexicano habían cesado, dejó una clara y evidente cicatriz en el proceso de pensamiento, desarrollo emocional y de vínculos de algunos quienes en aquellos años nacían o eran pequeños y hoy son parte del futuro de México.

Cierto es que no se necesita haber vivido una vida de carencias y de maltrato para convertirse en un delincuente eligiendo la salida fácil. Hay muchos adolescentes que han atravesado por circunstancias difíciles y no se han decantado por la vida criminal. También es cierto que no hay una receta específica para el caldo de cultivo del cual emerjan personas decididas a delinquir. Sin embargo, diversas investigaciones a lo largo de la vida de ciertos individuos han permitido identificar situaciones y factores que la marcaron y que incidieron de manera importante para que terminaran por elegir convertirse en criminales.

Hablamos de adolescentes que decidieron y eligieron violar sexualmente, pertenecer a una banda de secuestradores, convertirse en sicarios, vender droga, trabajar en laboratorios clandestinos en la fabricación de estas últimas o aquellos a quienes incluso les pareció más fácil matar a su padre o a su madre que someterse a la disciplina de casa.

Adolescentes y jóvenes que actualmente cometen delitos en México lo hacen por diversas razones, pero dentro de las principales nos encontramos el reclutamiento forzoso que hacen algunos grupos delincuenciales en zonas desprotegidas y olvidadas por las autoridades. Otros delinquen por la necesidad de pertenecer a un grupo en el cual encuentran aceptación, esa que no han recibido de su familia o por parte de sus seres queridos o de sus semejantes. Otros más porque han nacido en una familia o dentro de un contexto criminógeno que espera de ellos mucho más que sólo convertirse en el adolescente y/o joven promedio.

Algunos más buscan explorar sus límites y “vivir la experiencia”, como si causarle daño o la muerte a otro fuese cuestión de competencia y diversión. Otros más sólo van en pos de venganza, aunque pensemos que la razón principal para delinquir es sencillamente por falta de dinero o de oportunidades, y sí, México no es un país de oportunidades, pero elegir convertirte en un criminal o no sí que es consecuencia de aprovechar una oportunidad o desecharla.

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En México las oportunidades, como en muchos otros países, tienen fecha de caducidad. Esto quiere decir que o sólo ocurren una vez u ocurren en un periodo de tiempo en el que en ocasiones no estamos preparados para aprovecharlas, pero aun así las tomamos con inmadurez y la juventud delincuencial de hoy lo ejemplifica a la perfección.

La inmediatez de la satisfacción de la necesidad, cualquiera que ésta sea (porque no sólo se trata de dinero, alimento, vestido o estudio) se ha convertido en el santo grial de nuestros días: “ser aceptada…”, “sentirme poderoso…” comentan algunos. Los que eligen delinquir lo hacen deslumbrados por la adrenalina que provoca: “me encanta ver sangre…”, me dice una persona privada de la libertad, “desde chiquillo me llamaban la atención las noticias en las que veía cuerpos descuartizados o videos en los que mataban gente”. Nació en 2000. Ahora cumple una condena de 80 años de prisión por secuestro y homicidio. Se convirtió en sicario desde que tenía 14 años y la adrenalina que le producía “sembrar terror”, “matar gente” y “descuartizarla” era lo que le provocaba continuar. “No me arrepiento”, finaliza.

Debemos comprender que la realidad que vivimos actualmente es psicopática, desensibilizada, marcada por el sello de la violencia extrema y por la destrucción del tejido social. La importancia estriba no en ver estos factores por separado, sino en verlos como un todo, en combinación: la erotización de la violencia de nuestros tiempos es algo con lo que apenas soñaban algunos en las décadas de los setenta y ochenta, esos que surgieron como epidemia en aquellos años y se convirtieron en los agresores seriales que parieron el estudio de la violencia serial. Esos a quienes habrá sin duda que añadir otros más: quienes buscan en la adrenalina llenar vacíos gestados en el núcleo familiar o en su contexto inmediato, pero que crónicamente prevalecerán en el inconsciente.

Para desarrollar una estrategia efectiva de intervención en la materia, hace falta, entre muchas otras cosas, abordar la temática de manera transdisciplinaria e integral. Podremos reestructurar el tejido social si observamos lo que por principio de cuentas lo destruyó y actuamos en consecuencia; podremos rescatar a nuestros adolescentes y jóvenes inmersos en el delito si retomamos las riendas de las exigencias que se sienten obligados a cumplir y rectificamos en ellas, si les brindamos atención y les enseñamos a desarrollar herramientas no sólo intelectuales, sino sociales y emocionales, para enfrentar los retos de hoy.

Podremos recuperar nuestra sociedad si con voluntad y acuerdos en común en pro de nuestro bienestar partimos de un mismo punto: la salud mental y el alivio emocional. Podremos comenzar a construir un nuevo futuro si nos volvemos a ver el comienzo del caos y trabajamos en ello, pero para lograrlo se requiere más que voluntad: aceptar que estamos ante un problema grave, sí, uno más de los muchos que tenemos, es un muy buen primer paso, ya que así combatimos la indiferencia en la que estamos inmersos.

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