Michael Sledge Michael Sledge Notas desde la revolución, segunda parte

El Lobo

Lo que yo llamo el “bugacoqueto” —el hombre aparentemente heterosexual que coquetea descaradamente con hombres que sabe que son gays— no existe en EU

El Lobo
Traducción de Isabel Zapata

Un policía estaba estacionado en su motocicleta frente a mi casa. Vestía el uniforme completo de las fuerzas especiales: chaleco antibalas, lentes oscuros, una cámara colgada al hombro y un pañuelo negro sobre el rostro. Su aspecto era intimidante y hasta cierto punto sorprendente, ya que desde hacía tiempo los habitantes del pueblo consideraban ineficaz a la policía local. Ojalá que su visita inesperada no significara problemas.

Se bajó el pañuelo de la boca. Veo que se están preparando para un evento, dijo. Me detuve por si necesitaban ayuda. Por favor, estoy a sus órdenes.

La oferta era generosa, pero me pregunté qué motivos habría detrás, más allá de la simple amabilidad vecinal. ¿Quería una propina? Si rechazaba su ayuda, ¿se volvería en mi contra de alguna manera?

Le di las gracias y le pedí que pasara por allí durante la noche del evento para estar atento a cualquier problema. Luego le pregunté su nombre.

Me dicen el Lobo.

En lugar de marcharse, se quedó mirándome a través de sus gafas oscuras. Para romper el hielo, le pregunté por él.

Me contó que había sido policía estatal en Veracruz, pero que el amor lo había llevado hasta Oaxaca. Había aceptado la oportunidad laboral en nuestro pueblo, aunque el trabajo no era tan bueno como a lo que estaba acostumbrado. Debo irme, dijo finalmente, pero otro día le cuento el resto de mi historia si me invita un mezcal.

Después del evento, le dije que pasara por mi casa. Tenía pensado darle discretamente un pequeño detalle en señal de agradecimiento, pero no apareció solo. A su lado estaba su jefe, el comandante. Cuando los invité a pasar, el Lobo se quitó las gafas y se bajó el pañuelo negro. Al ver su rostro entendí por qué el jarocho había causado tanto revuelo en nuestro pueblo.

Me sentí incómodo ofreciéndole la propina con el comandante allí, así que en su lugar le expliqué el proyecto educativo que me había llevado a Oaxaca, hasta que el aburrimiento de su jefe se hizo demasiado evidente como para ignorarlo. Una vez que se marcharon, le envié un mensaje de texto al Lobo para explicarle lo que había planeado y por qué había dudado en hacerlo.

Pero por eso me acompañó, me explicó, lo quería el dinero. Es corrupto. Pero yo no soy así. Quiero que sepas que yo no fui por eso.

Ese comentario contra su jefe me pareció de una confianza inusual, algo que sin duda lo habría puesto en una posición vulnerable si el comandante se hubiera enterado. Pero me hizo sentir cariño por él, así que le contesté: Vuelve pronto y

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arreglamos las cosas. Mientras tanto, te mando un abrazo.

Sí, lo haré, respondió, faltó ese abrazo.

¿Estaba yo interpretando demasiado, o eran estas insinuaciones —la invitación a compartir un mezcal, el abrazo urgente— un coqueteo descarado? Como mínimo, sugerían una intimidad que no se había establecido. No era la primera vez que experimentaba esta confusión en México. Lo que yo llamo el “bugacoqueto” —el hombre aparentemente heterosexual que coquetea descaradamente con hombres que sabe que son gays— no existe en Estados Unidos.

Bromean con afecto, te tocan los hombros y el pecho e incluso, en ocasiones, te dan una nalgada. Mis amigos gays coinciden en que esto no significa que sean bisexuales o gays encubiertos. ¿Quizás anhelan la intimidad masculina porque no tuvieron padres cariñosos? ¿O es el ego masculino tan frágil que busca reforzarse con la atención de cualquiera: hombre, mujer, niño o perro?

Quizás el error sea mío. No todo debe tener una etiqueta, especialmente cuando se trata del deseo. Eso puede negar la fluidez natural de los sentimientos humanos. Una de las cosas más liberadoras de vivir en México es la libertad de existir en la zona gris.

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En Monte Albán, Oaxaca, habrá observación indirecta

En el caso de mi amigo el Lobo, sin embargo, todavía no sé qué pensar. El otro día se orilló en su motocicleta para platicar.

¿Cuándo vamos a tomar ese mezcal?, me preguntó.

El día que quieras, le respondí.

Tengo noticias interesantes. Despidieron al comandante.

¿Saben quién lo sustituirá?

Está frente a ti.

Felicidades, le dije. Estás ascendiendo. ¿Ahora te llamo Comandante Lobo?

Lo que necesites, no dudes en pedírmelo. Siempre estaré a tus órdenes.

Y se alejó a toda velocidad hacia el horizonte.

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