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María Negroni de cuerpo entero

Antes de abrir cualquier libro de María Negroni, uno presiente que nuestro entendimiento de la literatura está próximo a modificarse

La aventura de leer ha perdido casi por completo su condición asombrosa. Demasiadas publicaciones no son sino una reiteración de formatos y temáticas que en el mejor de los casos logran arrebatarnos un bostezo largo, de esos que logran una aparición dulce de lágrimas en los ojos. En el mejor de los casos, uno debe recurrir a los escritores del pasado para lograr un atisbo de la modernidad en autores considerados “clásicos”. Las vanguardias se mantienen (¡más de un siglo después!) como un bastión al cual asirse ante la asonada de la “mesa de novedades”. La hilera de los heterodoxos y “experimentales” no es tan larga como pudiera imaginarse, lo cual no hace sino desear la aparición de tentativas semejantes. Eso porque inyectan oxígeno a literaturas que terminan por convertirse en el capricho de unos cuantos editores.

Pese a ese panorama, antes de abrir cualquier libro de María Negroni (Rosario, 1951), uno presiente que nuestro entendimiento de la literatura está próximo a modificarse. Es una sensación semejante a la de enfrentarnos a un título perdido de Mario Levrero. Cada una de las entregas de la autora argentina es un objeto preciosista en el que la sensibilidad de poeta se conjuga con la de una curiosa sensorial, para quien el procedimiento elegido nunca es menos que la materia literaria. El corazón del daño (2021) es su última entrega y con ella abona a su condición de exploradora de registros y funambulista probada en caminar en condiciones de riesgo con seguridad, ante los ojos atónitos de quienes se allanan pacatos a las exigencias de los consorcios editoriales. Sus libros son delgados, al igual que los de César Aira, en los que se presiente la búsqueda de subrayar una rebeldía y cierto sentido de lo exquisito.

Su obra poética es variada y ha circulado de mano en mano entre los lectores minuciosos. Es una poesía epidérmica y sensorial, en la que cada verso anticipa a los lectores que el tiempo puede extinguirse en cualquier instante. La palabra “Negroni” es una invocación entre los enterados, tal como cuentan que se pronunciaba “Borges” en sus primeros años. La suya es una obra que inaugura puertas y cada imagen tiene la misión de acreditarla como una autora de habilidades ganadas al tiempo. Uno compra sus libros y los guarda como si se tratasen de antologías de conjuros benéficos que deben leerse en el momento adecuado y con la luz apropiada. Sin las condiciones adecuadas, se corre el riesgo de considerarla otra voz en un océano de guacamayas. La publicación de Islandia (1994) nos la reveló como una pluma germinal que conviene seguir a paso lento.

En el ámbito del ensayo de imaginación, Pequeño Mundo Ilustrado (2011), por ejemplo, la dibuja como una fabuladora para quien cualquier objeto puede transformarse en motivo literario. Su garbo resulta inimitable y tiene un acento de autor clásico. En sus páginas leemos a los más grandes: Stevenson, H. G. Wells, Schwob, etc. Cada una de sus entregas es una confirmación de que el único sentido posible de la literatura es la búsqueda, antes que la resignación a ser otro pie de página de quienes ya anduvieron por los mismos derroteros. Sorprende en Negroni la soltura para el apunte esperpéntico, la nota poética y arrítmica, el sesgo sobre una opinión vuelta anécdota memorable.

Pequeño Mundo Ilustrado, María Negroni, Caja Negra, Buenos Aires 2011.
Pequeño Mundo Ilustrado, María Negroni, Caja Negra, Buenos Aires 2011.

Ejercida a su modo, la literatura es una oportunidad para probar cómo los refrentes pueden conjuntarse hasta lograr una unidad impensada. Negroni orbita sobre sí misma y a un tiempo se arquea para mirarnos por la nuca. Todo en su literatura es una ocasión para mostrar que la realidad es una convención que puede ser modificada por la palabra, antes que un fenómeno general y monolítico. La capacidad de invención se une al ludismo y las Cartas Extraordinarias (2013), por ejemplo, nos muestra a una Negroni con capacidades insospechadas para andar de un lado a otro con un proyecto bajo el brazo. Imagino que no habrá momento del día en que su capacidad creativa se detenga y una sola mirada al periódico podría detonar una idea vuelta sorpresa en sus manos.

El corazón del daño es un ejercicio memorialístico (al parecer) en el que la autora dialoga con su madre y consigo misma. Vuelve a los motivos que la llevaron a escribir y se detiene frente al espejo lo que sea necesario. Es infrecuente que escritores publiquen sus memorias en el ámbito hispánico, si es que no media la muerte o un premio de relevancia internacional. Negroni salta el cerco con ayuda de la poesía, ya que el registro es una baja de escalera en donde la línea suelta y epigramática cose un largo vestido con el cual se atavía para mostrarse a sus lectores. En estas páginas se asoma a su trayectoria como lectora y joven en el mundo que se convence de poder escribir como los grandes. Es un bello repaso de memoria y vida en el cual desafía no sólo las convenciones del género (farragosidad, anécdotas de personajes famosos, amoríos de ocasión, el drama de vivir de la literatura, etc.), sino también la natural claridad que exigen unas memorias. Ella se disfraza y aparece asomada entre líneas, como si hubiese que cazarla entre líneas rotas.

El corazón del daño, María Negroni, Literatura Random House, Agosto 2021
El corazón del daño, María Negroni, Literatura Random House, Agosto 2021

Cualquier título de María Negroni es tiempo invertido en la contemplación de la belleza y no anotaría esta afirmación sino de contadísimos escritores.

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