Raíces de la nostalgia
Tras las fachadas de fiesta de un año que concluye, aparece entre las sombras una inexplicable melancolía por los finales. Es urdimbre de varias capas simbólicas y emocionales.
Mientras el calendario se convierte en un recordatorio de lo que se fue, como logros, pérdidas y ausencias, aparece un inventario de memoria o auditoría emocional tajante, desprovisto de sutileza o ternura. Es un vendaval que desnuda caretas y disfraces cómodos para sumirnos en la hondura de lo que tratamos de que pase desapercibido. Una inmersión a la verdad.
Emerge así la paradoja del cierre y la apertura. El fin de año marca simultáneamente conclusión y promesa. Esa tensión entre lo que termina y lo que comienza genera un vértigo existencial, la alegría por lo nuevo, pero también tristeza por lo que ya no volverá. Esperanza y dejo, dicotomía ancestral y eterna.
Hablamos entonces de memoria ritualizada. Las fiestas son rituales que convocan a los ausentes. Las festividades son celebración, pero también memoria. Siempre se recuerda a quienes ya no están.
Campea en el aire y en la percepción el mito del eterno retorno. Se repiten símbolos como el nacimiento de Dios, la luz y una esperanza milenaria e inextingible, pero cada repetición evidencia que nosotros cambiamos. La tristeza es la conciencia de que el rito es eterno, pero nuestra vida no.
Esto va más allá de la “Luna Azul” de enero. Popularmente se habla de la depresión post-fiestas: el contraste entre la intensidad de diciembre y la rutina de enero. Pero más allá de lo clínico, es un símbolo de resaca emocional y tras la exaltación emerge el silencio. Un silencio pesaroso que trata de alejarnos de los soliloquios pero que espanta al unísono la banalidad en la que tratamos de apagar heridas viejas.
Existen muchas raíces de la nostalgia.
Una de ellas es la memoria. Es la raíz más profunda. La nostalgia que nace de la capacidad de recordar, de traer al presente lo que ya no está. Y ahí emerge la memoria: selectiva, afectiva, ritual. Nos devuelve escenas cargadas de emoción, y en ese retorno sentimos tanto la dulzura como la pérdida.
El sentido de finitud no puede deslindarse de la nostalgia. La conciencia de que todo termina es otra raíz donde la certeza de la muerte es simbiótica y el paso del tiempo una realidad que no puede postergarse. Cada recuerdo es también un recordatorio de lo que no volverá, y esa finitud da peso y densidad a las emociones acurrucadas en el espinazo y piel, en las manos y el pecho.
Durante el invierno el aire helado y la luz menguante actúan como metáforas corporales de la nostalgia. El frío nos obliga a recogernos, buscar abrigo, y en ese recogimiento surge, inevitable y obstinadamente la memoria. El cuerpo se convierte en espejo del tiempo.
Otra raíz es la mirada ante el espejo, que se vuelve un umbral: nos muestra el rostro que cambia y las huellas del tiempo. La nostalgia se activa cuando reconocemos que el reflejo nunca es idéntico al de ayer. Es la constatación de que un tiempo que avanza en nosotros y en los entornos, en lo que llamamos realidad y verdad.
Entonces asumimos que la emoción que surge al confrontar la irreversibilidad es la nostalgia. Y no, no es tristeza vana, es certeza de que el tiempo no borra lo amado, lo transforma en impulso a cuidar, crear y permanecer. Es un acto de amor que desafía el olvido y nos invita a caminar con quienes ya no están. Así cada recuerdo es una promesa de dignidad y continuidad.
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— Fusilerías (@fusilerias) November 26, 2025

