Serafín Emiliano Pérez Cruz

Convite y camaradería

Domingo, día de acciones para agregar mejoras a la casa, reparar las averías causadas por los escuincles y su balón

—¡Vieja, levanta a los chamacos para que echen una mano y ayuden a preparar el material! —pidió Serafín a su mujer mientras se ponía la ropa de trabajo.

Domingo, día de acciones para agregar mejoras a la casa, reparar las averías causadas por los escuincles y su balón. Domingo para atender las frecuentes quejas de Tere:

—Esas láminas ya están todas agujereadas, hay que colar esa loza antes que el cemento se eche a perder, viejo. Sé que es tu día de descanso, pero ya se vienen las aguas y una se moja menos afuera que adentro.

—Ah, cómo eres de exagerada, vieja: mejor di que ya quieres estrenar techo y nos lo echamos, cómo de que no: ni que estuviera manco o qué…

Y diciendo y haciendo. Tere apartó en tinacos el agua suficiente y bajo el tejabán resguardó los bultos de cemento, para protegerlos de la humedad. Con la ayuda de sus hijos cubrió la arena para que los perros no defecaran sobre ella.

Al ver al hombre trabajando en soledad, las mujeres encarrilaron a sus maridos para que le echaran la mano a Serafín, el chofer marido de doña Tere, a quien no le gustaba pedir favores para no deberlos.

—Luego la gente anda con habladas por la ayuda que dan, y se la quieren cobrar pidiendo herramientas que luego no devuelven, o echando en cara su ayuda, para que viva uno en la eterna deuda. Así como que no va, como que no.

Sin embargo, aquellas personas lo veían poco ducho en labores de albañilería y lo sustituían en la preparación de la mezcla y el pegado de ladrillos. Agradecido, Serafín caminaba algunas cuadras hasta la tienda del Maistro y retornaba con un cartón de cervezas enfriadas sobre hielo, y el trabajo se volvía convite y camaradería, alegrada por la música ranchera que fluía desde el radio de baterías y transistores con el que Serafín volvía menos monótonas sus horas de trabajo al volante.

—Ay, Marthita: no sabe cuánto le agradecemos la ayuda de su marido y de los demás. Este hombre es un atrabancado, pero solito no hubiera podido echar el colado.

—Qué se fija Teresita: a que estén de ideáticos y con mal genio, mejor que se ocupen en algo.

—¿Más mezcla, maistro, o le remojo los adobes? —preguntaban sus espontáneos ayudantes, y Serafín respondía:

—¡Pus échenle, al fin que qué tanto es tantito! Ya falta menos que ayer.

El patio se convertía en un hormiguero de personas habilitadas como albañiles, para agregar a la casa el techo de “material” (arena, cemento, grava) y así terminar de una vez con las goteras que las granizadas creaban al dejar como cedazo las láminas de cartón enchapotado.

—¡Echen p’acá más mezcla y adobes remojados, que se nos viene la tarde encima, compas! —apresuraba Serafín, mientras, las mujeres cuidaban del arroz a la mexicana que cocinaban en la enorme cazuela de barro, a la que con frecuencia agregaban caldo de pollo para completar la cocción del cereal que sería acompañado con mole poblano y tortillas a granel.

—¡Echenle, échenle, al fin que esto nomás dura hasta que se acaba! —embromaba Serafín a sus ayudantes—. Terminando nos vamos a mover bigote, cómo de que no. Y una cheve bien helada, también…

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