Amor comunismo tropical Frida Kahlo Trotsky rivera

El amor en tiempos de comunismo tropical

Chavela Vargas, que aún era joven, pero ya parecía vieja, decía que entre Frida y Trotsky había más fuego que en un sindicato en huelga

El amor en tiempos de comunismo tropical

Si Frida Kahlo hubiese tenido Facebook, las cosas habrían sido diferentes. Pero en 1937 no existía el filtro Revolución mexicana vintage ni la función de bloquear maridos muralistas obesos y comunistas de clóset. En cambio, existía Coyoacán, ese suburbio polvoriento y bohemio, con más mezcal que agua potable y más trotskistas que árboles.

Todo empezó cuando a Frida, siempre dispuesta a convertir el sufrimiento en arte o al menos en escándalo, se le ocurrió la brillante idea de ofrecerle asilo político a León Trotsky. Porque sí, uno puede tener una casa con ranas, papagayos y cadáveres de relaciones pasadas, pero siempre hay espacio para un revolucionario en desgracia.

Trotsky llegó con cara de mártir y acento soviético, escoltado por su señora, Natalia, quien traía el mismo entusiasmo que una suegra en una boda gay. Diego Rivera, que se había pasado años pintando a obreros musculosos con torsos de calendario, pensó que darle asilo a Trotsky era la cereza socialista sobre su pastel nacionalista.frida kahlo

Pero Frida… ¡Ah, Frida! Ella lo vio y pensó: “este ruso tiene más arrugas que una tortilla mal hecha, pero algo tiene. Será su bigote leninista o esa mirada de quien ha sido traicionado por media humanidad”.

Desde que León Trotsky pisó suelo mexicano, algo olía raro. No era el tequila barato ni el sudor proletario de los campesinos, sino una mezcla sospechosa entre incienso, flores marchitas y drama. Mucho drama. Como si hubiera aterrizado no en un país, sino en una telenovela escrita por Marx, pero dirigida por Buñuel en una de sus noches más alcohólicas.

Llegó a Coyoacán, a la Casa Azul, donde los cuadros lloraban y las paredes escuchaban, llegó como quien se muda a un convento para huir del pecado, y terminó metido en una especie de cabaret ideológico donde la revolución se hacía entre sábanas, pinceles y sopas de fideo servidas por mujeres que citaban a Marx mientras te clavaban la mirada como daga.

Y entonces… apareció ella.

Frida.

Con sus cejas como alas de cuervo, cojeante, y con más intensidad que una asamblea estudiantil. Lo miró con esos ojos que decían: “Ya tuve un accidente. Tú puedes ser el segundo”.

—Bienvenido, camarada —dijo ella con su voz de mezcal y cigarro.

Los encuentros empezaron siendo discretos, como todo adulterio decente: charlas sobre dialéctica marxista, caminatas entre nopales y poemas revolucionarios mal traducidos. Natalia, su esposa, lo miraba con esa resignación que sólo dan los años y los exilios. Había seguido a su marido por medio mundo, pero ahora tenía que aguantar también a una mujer que vestía como altar de muertos.

Frida lo sedujo como una guerrillera estalinista: sin piedad, sin tregua, y con una flor en la trenza que olía a dinamita emocional. Le recitaba poemas, le mostraba cuadros con venas abiertas y lo invitaba a su recámara con la frase:

—Ven, León, te mostraré el verdadero muralismo interior.

Trotsky intentó resistirse, citó el Manifiesto Comunista, invocó a Lenin, incluso mencionó su úlcera, pero nada funcionó. Frida era más peligrosa que un juicio sumarísimo y más impredecible que una purga bolchevique.

El primer beso fue entre una discusión sobre dialéctica materialista y una tormenta que parecía orquestada por los dioses de la tragedia mexicana.

—¿Y tu esposo? —preguntó Trotsky, con la culpa dibujada en la frente.

—Diego no me pertenece. Le pertenece al pueblo… y a la mitad del Bellas Artes.

Las noches se hicieron largas, los días llenos de pretextos teóricos para justificar sus encuentros clandestinos. Él le dejaba cartas escondidas en libros de Lenin. Ella le respondía con dibujos de corazones atravesados por hoces. Por su parte, Natalia, la esposa del Trotsky ese, miraba a Diego como diciendo:

“¿Y tú qué haces aquí, Diego?” Y él: «¡Yo construí esta casa! ¡Y esta cama también, señora!» y se hacía el ciego, sordo y comunista. Bastante ocupado estaba encamándose con todas las modelos del INBA y una monja extraviada que creyó que el marxismo era una orden religiosa.

—Friducha, ¿me pintaste los cuernos otra vez?

—No, Diego, sólo pinté una metáfora con genitales rusos.

Por su parte Diego escribió en su diario: “Yo la amaba. A mi manera, claro. Con exceso de comida, pintura y… otras mujeres. Pero eso no es infidelidad, ¡es expansión artística! Cuando pintas paredes de seis metros, no puedes limitarte a un solo color. Ni a una sola mujer. Uno necesita variedad, volumen, textura. Y sí, admito que la Friducha tenía algo. No sé si era su voz de calandria cruda, su andar de calavera elegante o esa forma de insultarme mientras se pintaba a sí misma crucificada con mis tripas. Era arte puro. Y masoquismo. Pero uno se acostumbra, como al picante o a la censura.

Lo que nunca me esperé fue que se metiera con Trotsky.

¿Trotsky? ¿El ruso exiliado con cara de tío amargado y voz de bibliotecario revolucionario? Ese hombre parecía una tesis con patas, no un amante. Pero claro, Frida no buscaba carne, buscaba ideología con barba. Y Trotsky, ese piojoso con ínfulas de Mesías bolchevique, se dejó seducir por mi Frida, mi paloma, mi tormenta doméstica.

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A los domingos se les llamaba “Domingos de traición”, no por la revolución, sino por el enredo de piernas, boinas y manifiestos que terminaban en la azotea con mezcales, boleros y debates sobre si Stalin era el nuevo Judas o sólo un burócrata con complejo de Dios.

Los vecinos murmuraban. Chavela Vargas, que aún era joven, pero ya parecía vieja, decía que entre Frida y Trotsky había más fuego que en un sindicato en huelga. Hasta el perro xoloitzcuintle de Frida los miraba con resignación histórica, como sabiendo que todo acabaría mal, como todo en México.trotskistas mexicanos León Trotsky Inehrm Bustamant

Un día, Frida recibió una carta de Trotsky:

“Querida mía, he soñado contigo más veces que con la revolución triunfante. Mis discursos ya no tienen sentido y mis panfletos llevan tu perfume de copal y cigarro barato”.

Frida sonrió, pintó un autorretrato donde ella era Lenin con trenzas y lo colgó en el baño, justo al lado del retrete donde Diego solía recitar sus discursos comunistas mientras evacuaba la burguesía.

Pero el romance, como todo en el país, fue breve, intenso y lleno de traiciones. Trotsky, sintiéndose observado por las sombras de Stalin y por los ojos inquisidores de su esposa, rompió con Frida. Le dijo algo sobre “el deber histórico” y “los camaradas primero”. Frida, que ya había oído excusas peores de Diego, no lloró. Pintó una obra titulada: «El amor en tiempos del estalinismo», donde ella aparece con una hoz, un martillo y una pierna de madera clavando un corazón.

Trotsky duró poco más en México. Primero lo desterraron del lecho de Frida, luego de la Casa Azul y finalmente del plano existencial, cuando un español con piolet y cero sentido del humor lo dejó más callado que un burócrata en huelga.

Manjarrez, la tv y la cultura popular*

Frida asistió al funeral con un vestido negro lleno de calaveras bordadas y se maquilló como si fuera a una boda con el Diablo. Diego, entre lágrimas de cocodrilo y sudor proletario, dijo:

—Yo siempre supe que ese ruso no era de fiar.

—Tú tampoco, Diego —respondió Frida, sirviéndose un mezcal—, pero al menos no te mataron con un piolet… todavía.

Y así acabó el amor entre una artista con el cuerpo roto y un revolucionario con el alma hecha trizas. Ambos víctimas del exilio: él del mundo soviético, ella del amor que a veces… se suicida con un tequila.

Y de Diego Rivera, que era una traición con patas.

Amor comunismo tropical Frida Kahlo Trotsky rivera
Ilustración: Manjarrez

Después de algunos años, Diego, ya sin Frida, volvió a escribir en su diario: “Porque al final, ni el arte ni la revolución nos salvan del hecho más simple: el amor, en México, siempre es una lucha de clases… y de egos.

Y ahora aquí estoy, rodeado de pinceles, con el estómago lleno y el corazón medio hueco. A veces la extraño. A veces no. A veces me arrepiento. A veces pido otro tamal.

Porque amar a Frida fue como pintar el Palacio Nacional con los ojos vendados y con una orquesta tocando corridos de traición: emocionante, trágico, inevitable.

Y así terminó todo. Yo, solo con mi mural. Trotsky, muerto y clavado. Frida, inmortal y encabronada. El comunismo, deshecho. Y el amor, como siempre en México: entre la tragedia y la carcajada”.

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