Tal vez en Objetos perdidos (Tusquets, 2024), de Karla Suárez, podamos hallar varias herramientas fundamentales para contar una historia. Pensemos la obra como una casa construida para durar décadas; tiene buena estructura —incluso cuando fue amenazada por las inclemencias del tiempo—, posee cimientos sólidos, cuenta con ventanas y conductos especiales que permiten la circulación del aire, dispone de un buen sistema de drenaje y un techo firme que no deja filtrar el agua y protege de los rayos del sol.
En buena medida, la novela de la escritora cubana está formada por escenas básicas que con los elementos justos consigue atar algo al inicio de la narración que logra desatarse justo al final.
Objetos perdidos se ajusta perfectamente a la arquitectura narrativa ideal. En cada página Suárez deja constancia del panorama universal que tiene y domina, de la estructura y características que se asocian con una novela contemporánea.
A partir de ahí experimenta y busca una estructura narrativa bien elaborada, valora la economía narrativa y la forma en que cada pieza contribuye al conjunto, conduce su historia sin estancamientos, logra una profunda exploración de la subjetividad y el “yo”, y aborda problemáticas sociales, existenciales, psicológicas de la era actual.
Al deambular por la arquitectura de esta novela, el lector, al igual que la protagonista, curioseará, explorará y, en sus búsquedas, hallará quizás incluso aquello que no sabía que había perdido.
Lo interesante del asunto es que confirma que la identidad y el autodescubrimiento, las pasiones y los sueños, la memoria y el pasado, el cuerpo como medio de expresión y castigo, la feminidad y el rol de la mujer y la maternidad en la sociedad contemporánea, el exilio, la migración y la adaptación, —todas ellas preocupaciones que ya eran fundamentales en la novela del siglo XIX— permanecen vigentes en la literatura actual, aunque la obra comentada los reinterpreta y amplía con las sensibilidades y el contexto del siglo XXI.
Karla Suárez (La Habana, 1969) nos hace sufrir, pensar, reflexionar con esa mezcla de realidad y fantasía, donde conjuga las experiencias de su propia vida, sus lecturas, su lenguaje con lo imaginario y en todas las ocasiones el resultado fue capturar distintas vidas que se entrelazan además de encontrar los distintos ritmos que las unen y separan.
Volvamos a la analogía de la casa para identificar varias herramientas narrativas esenciales que Karla Suárez parece emplear con maestría en Objetos Perdidos. La novela en cuestión posee una estructura narrativa particularmente bien elaborada que no sigue un orden cronológico estricto. La protagonista, Giselle, se encuentra en un presente caótico en Barcelona, pero su mente y sus recuerdos la llevan constantemente al pasado —su vida en Cuba, su relación con su familia, su desarrollo como bailarina.
Esta alternancia entre el presente inmediato y los flashbacks no es aleatoria. Sirve para construir gradualmente el personaje de Giselle, explicar sus motivaciones, sus conflictos internos y la raíz de su crisis actual.
La estructura fragmentada del tiempo espejo el estado mental de la protagonista: perdida, desorientada y tratando de reconstruir su propia historia. El hecho de que sea “perdida” en el presente y que la historia se “pierda” en el tiempo refuerza temáticamente la estructura.
En la novela —contemporánea o no— la relación entre personaje y trama es esencial. ¿Cómo Karla Suárez creó una heroína interesante, memorable y con la que los lectores se identifiquen? ¿Una heroína digna de una novela entera escrita sobre ella? Simplemente dio a Giselle, su protagonista, tres elementos:
- Un problema o defecto que demanda una solución —el desarraigo y la pérdida de su identidad—.
- Un deseo u objetivo que perseguir — recuperar su vida y encontrar su lugar en el mundo—.
- Una necesidad o lección de vida que debe aprender — redefinir el concepto de éxito, aceptar la imperfección y encontrar su valor más allá de sus logros y posesiones externas —. La escritora cubana sabe dos cosas: que los héroes perfectos sin defectos ni problemas son aburridísimos y que el lector encontrará un héroe con defectos y con problemas, en cada gran novela jamás contada.
Giselle no vive precisamente en el regazo del lujo en Barcelona, dejó atrás su vida desestructurada en Cuba para perseguir su sueño. Es una bailarina con una pasión inquebrantable, sí, per o la vida en el extranjero, las presiones, y quizás ciertas expectativas no cumplidas, la dejaron vulnerable. Y entonces, ¡bum! Un robo la despoja de sus pocas pertenencias, de sus documentos, de su teléfono; de todo lo que la conecta con lo conocido.
Cuando comencé a leer la novela, pensé algo como: ¡vaya, qué desastre es la vida de esta persona! Con los elementos justos Suárez consiguió atar algo al inicio de la narración que logrará, o no, desatarse justo al final.
La analogía de la casa no sólo habla de una buena estructura, sino también de una narrativa fluida y bien gestionada. La “circulación del aire” y el “drenaje” implican que la historia avanza sin estancamientos, que los conflictos se procesan y que hay una sensación de propósito y dirección. Aunque Giselle comienza en un punto de crisis y desorientación la novela no la mantiene pasiva en ese estado.
La “circulación del aire” se da en su acción constante por resolver su situación. Desde el momento del robo, Giselle no se queda paralizada por el shock; inmediatamente emprende una búsqueda activa para recuperar sus objetos, contactar a su amigo Raviel o encontrar un refugio.
Objetos perdidos, con construcción literaria sólida
La protagonista inventada por la escritora cubana tiene un objetivo y lo persigue proactivamente, Karla Suárez entiende que esa es la manera más rápida de que el lector apoye a Giselle y se enganche a su historia. Cada calle que recorre, cada persona con la que interactúa —incluso si es un encuentro breve o fallido— y cada llamada que intenta hacer, son pasos concretos que evitan el estancamiento narrativo. La historia se mueve con ella, impulsada por su necesidad urgente de salir de la vulnerabilidad extrema.
Y hablando de que la heroína consiga lo que quiere: ¿Por qué no lo ha conseguido? Casi todo deseo u objetivo tiene una fuerza igual y opuesta que impide que el héroe lo consiga. Esta fuerza a menudo se presenta como un “conflicto” o un “némesis”. Un punto muy a favor de Karla Suárez como escritora es presentar una némesis no como un personaje antagonista tradicional, sino como algo mucho más interno y existencial.
El conflicto principal de Giselle es el desarraigo, la pérdida de su identidad y la confrontación con la vulnerabilidad inherente a la vida. No es una lucha contra una persona malvada, sino contra las circunstancias que la despojan de todo lo que creía que la definía, tanto material como espiritualmente. Esta confrontación la obliga a usar nuevos conductos de expresión y procesamiento.
Por ejemplo, su memoria y la introspección se convierten en el canal a través del cual revisa y drena sus conflictos pasados, entendiendo el precio de sus sueños. De forma similar, el recuerdo de la danza, su antiguo medio de expresión corporal, aunque no pueda practicarla plenamente, le sirve como un conducto mental para reafirmar su identidad y canalizar su fuerza interior en medio del caos.
Las “ventanas” en la novela se manifiestan como los momentos en que Giselle o el lector obtienen una nueva comprensión o un cambio de punto de vista sobre su situación, su pasado o su identidad. No son meras vistas físicas, sino aperturas mentales o emocionales.
¿Quién es Giselle? 🩰 Descubre la historia de la protagonista de «Objetos perdidos», de Karla Suárez. 📖 pic.twitter.com/oiSgZ5clxM
— Literatura y Fomento a la Lectura UNAM (@LiteraturaUNAM) March 26, 2025
Así, Objetos perdidos no es solo una novela; es esa construcción literaria sólida y bien edificada que, a través de sus cimientos temáticos profundos, su estructura no lineal y la meticulosa economía de sus “materiales” narrativos, permite que el lector transite por sus “habitaciones” de introspección y conflicto.
Como una brújula en el desasosiego, la obra de Karla Suárez guía a Giselle y, por extensión, a quien la lee, en una búsqueda que trasciende lo perdido para encontrar lo esencial: la fortaleza para reconstruirse cuando las inclemencias de la vida amenazan con desmoronar el hogar que llevamos dentro.
En cada una de sus páginas, Suárez demuestra que la verdadera maestría reside en construir una historia perdurable, una que, al igual que una casa firme, nos ofrezca refugio y revelación ante la inevitable y constante búsqueda de nuestra propia identidad en un mundo en cambio perpetuo.
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